Esta página contraportada de la semana pasada solo aspira a ser una escueta felicitación navideña, cuando en los bombos de la lotería han empezado a girar las bolitas repartiendo mucha menos suerte que decepción.
Mañana el móvil permanecerá exhausto de tanta “fotito, mensajito, wuasapito” deseando lo mejor del corazón hacia los demás. Que se canse, que se cargue la batería, que almacene todo el afecto, la simpatía y la cordialidad del entorno, que, al fin y al cabo, resume un micro universo personal e intransferible de constancia que no sobramos en este mundo. Humildemente, nos hace falta. Añoraremos a los ausentes que tanta felicidad nos dieron y regresamos a la Navidad como a esa deliciosa isla que una vez al año nos invita a disfrutar de los nuestros.
Celebraremos, entre sonrisas, brindis, “delicatesen” unas más que otras y el cariño pleno, el significado real de la palabra Navidad, y todo lo que esconde, dedicada al “nacimiento” de Jesús, el hijo de Dios; la persona más relevante de toda la historia. (Hasta para los no creyentes).
Es Jesús, el que ha dejado más huella en nuestra cultura occidental, el eje de la doctrina hacia la creencia en la bondad, el respeto al próximo, la ayuda al necesitado, el sacrificio y la generosidad hacia los demás. Impulsor de aquel dogma de “Paz y Amor”, siglos después, recogido en los años 70 por el colectivo hippy, tan reacio al champú, al peluquero y tan avenidos al “porro” como revolución hacia los tiempos modernos. (¡Qué eslogan! Cosas de la libertad).
Pero con el debido respeto (como se dice en las películas norteamericanas cuando se intenta interrumpir a un ser superior), según el sagrado libro de la Biblia, en Romanos 8:14-32, en Juan 1:12, en Gálatas 3:26 “Porque todos somos hijos de Dios”, en Juan 3:1 “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios” y así, con esos ojos de adoración, hemos mirado, en muchas ocasiones, a nuestros abuelos, a los que hemos conocido, a nuestros padres, con pocas excepciones, como a dioses dorados durante unos años, a nuestros hijos pequeños, medianos y mayores como sus sucesores, y algún atolondrado de todos ellos, a nosotros mismos como esos desdibujados dioses e hijos de dioses incrédulos. Todos y cada uno de ellos han alentado nuestras vidas con su esfuerzo y generosidad, o al menos es la intención.
Si, Papa Noel, traerá regalos inesperados, mientras esperamos a los mismísimos Reyes Magos con ilusión. El Belén continuará recordándonos el mayor acontecimiento de fe universal, con un verdadero ejército de bondad hacia el prójimo con misioneros en países peligrosos hasta para los cooperantes, en comedores y camas para necesitados en nuestras ciudades, en voluntarios que se entregan para ayudar a través de la iglesia cristiana, o no, a los que lo precisan.
Otras personas anónimas han hecho milagros inverosímiles en la medicina más avanzada, la ciencia, las comunicaciones, la tecnología, comodidad y casi todo lo que nos rodea, como anónimos pequeños dioses sin nombre que nos mejoran la existencia.
Festejamos el nacimiento de Jesús, y de todos sus “hermanos” (de buena voluntad).
El jueves, estamos en plena celebración. Descansamos del deporte deseando Paz, Amor y Feliz Navidad para todos. (No ha salido tan escueta. Otra vez se me ha ido de las manos. Disculpas)


