Cuaderno de Ni

(RETRATO POÉTICO DE TANTAS PERDIDAS Y DE UNA SOLA)

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pppuchades@hotmail.com

©Puchades Ferrer José

 

Autor: Puchades Ferrer José

 

 

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Este ejemplar ha sido compuesto en Junio del año 2.020, en su totalidad de texto, portada con imagen de Concepción Rodríguez Duro demás imágenes por José Puchades Ferrer, y es el propietario de todos sus derechos de autor que le pudieran corresponder.  

 

 

 

“El tiempo solo cura

todo aquello que se puede sustituir”

Benjamín Prado.

 

 

CUADERNO de NI

(retrato poético de tantas perdidas y de una sola)

 

 

CUADERNO DE NI

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22 POEMAS a una PANDEMIA + ODA al BAR.

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POSTHOMUS PORTAIT “al MEU PARE”.

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CUADERNO de “NI”

 

Ni mucho ni poco, todo lo contrario.

Ni tan vestido ni tan desnudo. Así.

Ni tan amigo ni tan adversario.

Ni negros ni blancos. Color.

Ni tan cerca ni lejos. Aquí.

Ni tenerte ni olvidarte.

Ni contigo ni sin ti.

Ni todo ni nada.

Ni luna ni sol.

Mirada de…

camaleón.

¿Amor?

¡Sí!.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

22 POEMAS a UNA PANDEMIA + ODA al BAR.

    

Este poemario se escribió desde el 15 de Marzo al 15 de Mayo de 2.020, durante el periodo de alarma sufrido en España, con más de 25.000 fallecidos declarados por la pandemia del Coronavirus (COVID 19) como en gran parte del mundo con 340.000 fallecidos declarados hasta esa fecha.

 

A finales del mes de Julio de 2.021 se contabilizaban globalmente más de 4.200.000 decesos globales. En 2025 los datos presentan 692 millones de casos confirmados por contagio, con una estimación de fallecidos confirmados de 7 millones y estimados en casos sospechosos sin verificar de entre 20 y 35 millones de personas a nivel mundial.

 

Se desconocen los orígenes y las causas originados en la ciudad china de Wuhan. Solo quedan conjeturas teóricas, algunas más conspiranoicas basadas en el habitual secretismo oficial de las autoridades chinas, que otras . Los datos iniciales proceden de los casos de personas enfermas de un tipo de neumonía desconocida, vinculadas con trabajadores del Mercado mayorista de mariscos de Huanan. La Organización Mundial de la Salud la declaró de emergencia de salud pública internacional el 30 de enero de 2020, condición que mantuvo hasta el 5 de mayo de 2023.

 

Se han desarrollado de manera urgente distintas vacunas que se empezaron a utilizar a principios del 2.021, que hasta la fecha han dado óptimos resultados sanitarios.

 

La pandemia continúa…en el temor a la demostrada vulnerabilidad del ser humano ante cualquier elemento incontrolado que puede volver a repescarnos, con distinto nombre, diferentes formulas y mismas intenciones asesinas. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

22 POEMAS de PANDEMIA + ODA al BAR.

 

      I .- “Tempestad”: El temporal que se avecina.

     II .- “Esperanza”: Hoy se reúnen, de forma extraordinaria.

    III .- “Paisaje”: Yo camino junto a mi perro.

    IV .- “Encierro”: Cárcel de dieciséis paredes.

     V .- “Primavera”: Os podría decir que mi mejor poema.

    VI .- “Sabiduría”: Intenta que cada frase.

   VII .- “Tristeza”: La tristeza comienza, por primera vez.

  VIII .- “Héroes”: Maldito carnaval.

    IX .- “Experiencia”: Si tienes la oportunidad, que la tendrás.

     X .- “Indefenso”: Todo hoy son caricias de aire.

    XI .- “Verdad”: Que nunca se calle la verdad.

   XII .- “Nostalgia”: Te quiero echar de menos y no puedo.

  XIII .- “Parece”: La ciudad parece perecida.

  XIV .- “Casi…”: Casi todo detenido.

   XV .- “El enfermero”: Me recostaré junto a ti.

  XVI .- “Manos muertas”: Quedaron como un tenedor…

 XVII .- “Honestidad”: Tan difícil será reconocer, aún por encima.

XVIII .- “Plumier”: Caen gota a gota.

  XIX .- “Desolación”: Los días siguen pasando encallados.

   XX .- “Libertad”: Por eso deseo tu libertad.

  XXI .- “Adiós” : Alto, ¡eh, alto!

 XXII .-  “Sanad”: Permaneceremos atentos.

 

       +    “Oda al bar”: El bar tiene todo lo que tenía que tener.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Que el mundo al menos diga

que esto es cierto:

que aún mientras lloramos, crecimos.

Que aún en el dolor, hubo esperanza”

 

Amanda Gorman.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I

 

“Tempestad”

 

El temporal, que se avecina,

no nos puede coger desprevenidos.

Las negras nubes galopan hacia nosotros sin descanso

con lluvia que anega sin aguacero, ni viento que calcina.

 

Habrá que acelerar a fondo,

nos queda poco tiempo para resolver la indecisión

de la ingenuidad con prisas.

La ciudad ha tomado sus medidas frente al miedo.

 

El refugio seguro para la lagartija

es el más profundo agujero de la casa.

El viejo coche en el garaje aprisionado

como el mejor jaguar americano en su jaula.

 

Los alegres pájaros cantarines del parque

han cambiado de hemisferio, ya se han ido.

Los peces de la bahía se sumergen asustados

esquivando las esquinas del espigón.

 

El semáforo hace tiempo que apagó el amarillo,

solo enciende luz en rojo.

La luna no se ve, el sol ha cambiado de trabajo.

Ahora, dejamos de ser tripas para ser… solo corazón.

 

Habrá que cerrar la puerta con tres vueltas de llave,

echar los seguros a todos los pestillos,

sujetar las ventanas como avisan las vecinas,

con la urgencia de las ambulancias chillando por las calles.

 

Habrá que amarrar fuerte, con doble nudo

el balanceo de la barca en el atraque.

Sujetar la enrollada vela atada al mástil,

y confiar en su resistencia demostrada.

 

Nos refugiaremos de todos los augurios,

de todos los demás, en el medio exacto de nosotros,

con la rota soledad mutua que nos ata.

Ya sin preguntas, cuando se sabe todo.

 

Sin sorpresas, ni mentiras, las miradas se reúnen

sin querer ponerle nombre a lo que pasa.

 

Solo querer que cuando pase: nos quede aire

en nuestra superficie, en la de los que amamos,

en la biosfera de los otros.

 

Nos despojamos de todo lo que sobra.

Nos abrazaremos desnudos

con las convencidas manos del agarre.

 

Volveremos a la página primera del atlas de geografía,

a la huerta de tu cuerpo,

a la curva irreverente de la edad.

 

Con la insistencia de un solo pálpito que nos salve,

regresar al tejido que sujeta la última lección de anatomía,

sin inconvenientes.

 

Nos desprenderemos de las cortinas,

los manteles, las sabanas que detestan el futuro.

¡Ya no las queremos!       

 

Empezaremos repasando el manual de braille

con nuestras antiguas huellas dactilares,

para clavar las yemas de los dedos,

con sus uñas salvajes, en las nalgas,

en los muslos superiores de las piernas.

 

Hacer ríos secos que dibujen escalofríos

por el mapa de piel de nuestra espalda.

 

Y nos quedaremos, así, ensamblados sin salida, sí,

casi en silencio, entre el suspiro y la respiración,

hasta que volvamos a soñar con Tarifa… con Paris.

 

Sin una sola palabra, mudos hasta que todo pase.

Sin miedo, enlazados a enfrentarse al oleaje.

 

Encerrar los labios en un beso constante

y esperar que el mundo amaine.

 

 

 

 

II

 

“Esperanza”

 

Hoy se reúnen, de forma extraordinaria,

por una sola vez en nuestra pequeña historia,

todas las mundiales religiones

unidas por un solo y fuerte miedo.

 

Por un único espanto

que avisa de las cercanas pisadas de la muerte.

 

Acude en autobuses ruidosos, barcos de colores,

trenes veloces y aviones,

pequeñas moléculas asesinas sin temor.

 

Algo callado y venenoso se aproxima,

con el silencio de una serpiente hambrienta,

capaz de engullir todos los hospitales.

 

Apto en destruir los límites de aire en las fronteras,

derribar de un golpe seco todas las puertas,

asustar los muros de las ciudades.

 

Válido para abrirse hasta cegarnos como una densa niebla.

Sin saber dónde mirar si todo se hace oscuro.

 

Cuando antes nos molestaba el ruido,

el estruendo, el humo, las carreras, las bocinas,

los empujones, la muchedumbre, los tumultos.

 

Ahora consigue atemorizarnos la pausa,

la quietud, el mutismo, el aire puro.

 

Las calles se han parado en el sigilo

de una abrupta cordillera inhabitable.

 

Todo está dispuesto para continuar

donde ahora ya no pasa nadie.

 

Las preguntas sin respuesta se amontonan,

como las antiguas piezas de un ajuar.

 

 

 

No hay una única verdad

entre las manos vacías del malabarista

detrás de la confitura de los discursos.

 

Sólo palabras apiladas entre cantos de sirenas

en tenebrosos callejones sin salida donde solo cantan grillos,

sin saber qué cantar, qué decir

sin querer asustar al miedo.

 

Solo cifras imprecisas de la vida.

Solo indecentes números crecientes

que aprendieron malcontados a sumar decesos.

 

Volvieron, de golpe, en medio de la noche atormentada

con una desconocida tiniebla en la memoria,

las verdaderas pesadillas de yedra trepadora,

cuando aún no alcanzamos el sueño de los búhos.

 

Todos los dioses conformes en su antojo

con que pronto los veamos.

 

Los todo-poderosos que nos cuidan,

nos ordenan la conciencia, la bondad,

y nos castigan los pecados de ceniza.

 

Ahora, de pronto, sin excusas

quieren que les miremos a la cara,

que conozcamos el opaco brillo de sus lentillas,

el verdadero atornasolado color de sus ojos.

 

Una voz, una sola, recogiendo todas las almas,

aunando todas las roncas gargantas

con la fuerza de las ancianas raíces del bosque.

 

Con la voluntad tenaz de todos los insectos,

con la transparente claridad de todas las ventanas,

que, aún, con pies de plomo sujeta los secretos.

 

Un solo clamor con todas las voces unidas…

como una sola voz gritará:

¡atrás, atrás, llega la vida!

 

Y de nuevo se abrirá la primavera…

como siempre: con su alegría.

 

III

 

“Paisaje”

 

Yo camino junto a mi perro por el paseo desértico

bajo las sinceras farolas encendidas,

como los fieles candiles que alumbran la vereda

rodeados de nerviosas polillas.

 

Todo frente a un Gobi edificado

con balcones que aplauden a la policía,

a los médicos y a las enfermeras.

 

Entonces todo se conmueve

entre la soledad y las olas.

Dulce admiración sincera hacia los héroes.

 

Los pasos continúan embaucados

en la espesa oscuridad que inunda

toda la certeza, la voluntad sujeta,

y el océano calado por las dudas.

 

El sol se repondrá por la mañana,

con la obligación diaria de elevarse,

rebuscando la fuerza necesaria sin pretextos.

 

La primavera aparecerá como cada año,

con su espléndido ramillete colorido

sobre los campos, en la repisa de las ventanas

con macetas y los en jarrones,

cuando hay ya demasiadas flores muertas

encima de la mesa.

 

Lágrimas llenas de lluvia en corazones afligidos

por miles de pétalos arrancados de golpe

por una sola mano atroz y fiera.

 

Inesperadamente, sin previo aviso, el forajido

recorrió veloz toda la tierra entera,

enmascarado de jinete invisible, tenebroso.

Llegó con todo el sigilo,

como quien entra en casa descalzo,

a la cruel hora exacta de la siega.

 

Verdes esperanzas azuladas frente al estanque dorado,

o sosegada madurez de vidas

de un zarpazo arrancadas con una voracidad ciega.

 

Proyectos e ilusiones anuladas de quien espera continuar,

aún, con heridas, su trayecto hecho guijarros.

 

Las vírgenes, esta vez, quedarán quietas

en sus desolados templos con sus manos policromadas

y juntas rezando envueltas en su manto, sus estrellas.

 

Los cristos crucificados cerraran sus brazos

para abrazarnos

cuando estemos abatidos de tristeza.

 

Las velas de cera no se encenderán.

Se ha apagado el fulgor de las hogueras,

y en esa penumbra agrandada no sabemos qué hacer,

ni que decir con palabras malheridas, medio muertas.

 

Si piadosos pararnos a temblar,

junto a los otros que nunca han temblado,

o a llorar con los demás que lloraran por nosotros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

IV

 

“Encierro”

 

Cárcel de dieciséis paredes

limitan las alambradas de rosal en mi frontera.

 

Diminuto país acorralado, sin anhelos,

son las rejas de mi cautiverio,

con una pequeña balconera donde me asomo

al mundo que padezco para aullarle mi franqueza.

 

Un pasillo que recorro

como el tigre de Siberia dando vueltas a sí mismo,

sin subirse al tiovivo

en la jaula que maniata su fiereza.

 

Somos peces escondidos que buscan,

sin encontrar, la salida a la pecera de acero,

ladrillo, cemento y algo de cristal.

 

Celda donde se observa la lluvia de la calle… sin agua,

la tormenta sin aguacero,

el robusto miedo de metal que atenaza y aprisiona

un paisaje desolado de silencio.

 

Jilguero enjaulado y temeroso de las garras afiladas del gato

que merodea un mínimo descuido,

con la ambición de apoderarse de la vida

que trina su relato… y silenciarlo.

 

No aspires al resto de tu existencia ilusionado.

Anhela llegar hasta mañana,

salir la próxima semana de este laberinto,

escapar de esta encrucijada.

 

La única certeza comprobada es que sobrevivimos

combatiendo a esta tormenta ceñida

sobre nuestra áspera corteza.

 

Tiempo para aprender la libertad que esconden los libros,

la música que nos hace bailar con los pies atados.

 

 

Todo lo propuesto por perder en una guerra muda

obligada a ganar aún con cuerpos magullados.

 

Guarda las bufandas tejidas por la paciencia de la madre,

sus turbias gafas viejas,

los deseos desquiciados de pasear,

siquiera, el amable jardincillo recrecido de maleza.

 

Arrestado en este férreo camarote del Dédalo,

submarino de combate encaminado al desguace.

 

En la prisión de dieciséis paredes,

al teléfono suena el afecto de amigos,

la voz de la familia nos hace vibrar… alegres,

aún descalzos, con los zapatos guardados.

 

A la intemperie sin abrigo,

hablando a solas, desolado.

 

Corazón de sobresalto.

Alma encarcelada de liebre,

contra mi voluntad de pájaro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

V

 

“Primavera”

 

Os podría decir que mi mejor poema

lo escribí en un banco del metro

esperando el vagón que me llevaba al trabajo.

 

Barco de traslado al centro del sistema.

 

Frio de febrero que me enfrenta al infierno…

congelado.

Vaho en el cristal; escondidas manos frías

echando de menos el buen tiempo.

 

A principios de abril, aún no sabemos, con seguridad,

que ocurre con lo que debe de venir.

 

Debería haber llegado y no lo ha hecho;

el alivio templado que esperamos… no se atreve a aparecer.

 

No sabemos si se ha perdido en el camino,

por no seguir las migas de pan del bosque

que preparó cuidadoso el pasado año.

 

Mientras tanto, apuntalamos al invierno.

 

En el cielo hay negras nubes que descienden

desde el cielo a las calles, a las plazas,

a los pueblos, sacudiendo su veneno.

 

Las precavidas ciudades escondidas entre sus tabiques,

sus muros de hormigón, su aluminio, sus cristales

no disimulan el peso de su miedo.

 

De la esperanza no hay noticias;

la anhelamos como al agua del deshielo

el pedregoso caudal de los ríos, las flores primerizas

en los valles asomando el presumido color de sus pétalos.

 

Aún continúan los holgazanes atardeceres

apagándose temprano,

cerrando las tardes cuanto antes.

 

 

 

La primavera la queremos…

como desea la mano con temblor

la travesura de su primera caricia.

 

Como valiente el ruiseñor quiere abandonar su letargo.

 

Como, después de tanta inmensa lágrima,

las manos inéditas, los ojos asombrados,

las palabras perdidas ansían la sonrisa.

 

Nada sabes del futuro que ilusionas.

Cuando este te pregunta: ¿Tú quién eres?

Y respondes: ¿Quién eres tú?

 

Sólo es un trozo de mentira,

sobre todo el resto, queda una verdad de aventura.

 

Es, casi, como el amor;

Algo de sí,

Mucho de no.

 

¿Lo pones tú?

¿Lo ponemos los dos?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VI

 

“Sabiduría”

 

Intenta que cada frase

guarde sin esquinas una idea.

 

Que cada idea

sujete fuerte un pensamiento.

 

Que cada pensamiento,

aún, no siendo a la primera,

haya desechado sin desdén a otros.

 

Que el elegido sea

el que contenga más sólida certeza.

 

Que la certeza atesore sin remilgos la verdad.

 

Que la verdad se envuelva cuidadosa

con decidida bondad.

 

Que la bondad, que no tropieza,

no disimule ni amenace

nunca la piedad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VII

 

“Tristeza”

 

La tristeza comienza, por primera vez,

a no saber qué hacer.

Hacia dónde ir.

 

Dónde esconderse.

Como desaparecer.

Intenta escapar furtivamente…

y no puede.

 

Lleva, ya, un rato el sol paseando la mañana,

sin querer que le pise alguna nube,

entrometiéndose entre las heridas

paralelas de la persiana.

 

La tristeza no quiere levantarse,

después del ignorante sueño

que adormila el amargor.

 

Aún sin querer, a regañadientes, el pesar

abandona las cálidas sabanas, se pone en pie

de un salto, se lava con esmero

para que nadie la vea sucia, descuidada.

 

La tristeza exquisita

se pone el mejor traje… de paseo,

sin querer que se le noten las arrugas.

intenta esbozar una sonrisa…y no le sale.

 

Nunca aprendieron a hacer trucos

los ásperos dedos torpes de tristeza.

 

Los mismos que traen a primera hora del día

otra vez, lenta niebla densa que todo lo inunda,

tapando la nitidez con la manta de lo turbio,

anudándonos las piernas y la fe.

 

Nuestras madrugadas cotidianas deben huir

del vértigo al escenario más oscuro.

 

Deberíamos empezar a imaginar,

mucho más que a recordar.

 

Son esas manos abiertamente tristes

las que acercan aromas a café bien hecho,

a fresca naranja exprimida, a pan blanco

recién tostado con rubio aceite de almazara.

 

La tristeza quiere disimular.

 

Abandonemos la nostalgia y la codicia

para canjearlo solo por el porvenir y sus abrazos.

 

Nos expone el alma a la inocencia

de las aladas esperanzas repartidas

solo a minúsculos pedazos.

 

Es la luz radiante la que busca…

la alegría,

aunque sea a pinceladas.

 

Sí, pero la primavera…

asustada o perezosa

no llegaba.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VIII

 

“Héroes”

 

Maldito carnaval…

sin guitarras, bandurrias, laudes, ni flautines,

con disfraz de científicos y expertos.

 

Maldita cabalgata con desfile militar

aburriendo con sus mítines

de político charlatán, cojo y tuerto.

 

Maldito ilusionista insolente

vistiendo una mentira de verdad.

 

Dictado de un discurso apretado con los dientes,

con la mala intención de enseñarnos a pensar a un público,

ya, indigente que hace años sacudió su ingenuidad.

 

Bendita humanidad paciente.

Santa procesión de abnegadas enfermeras, de Jesucristos

que son médicos, acróbatas sin red jugándose su vida de valientes.

 

El Santo Sepulcro saldrá solo, esta primavera,

con miles de ataúdes asfixiados sin los músicos.

 

Maldita asesina enfermedad ardiente

que no acepta ni entiende de banderas,

ni distingue entre los pobres y los ricos.

 

Ni debe hacerlo. Igual será la cruel siega

para la lágrima del triste y la sonrisa del alegre,

para el humilde y el soberbio.

 

Igual se talará la leve amapola en la pradera

que el orgulloso árbol más recio.

 

Maldito virus que camina libre las aceras.

 

Ha cruzado ya todos los puentes,

Dios nos salve, salve a todos…

¡Dios Bendito!

 

 

 

IX

 

“Experiencia”

 

Si tienes la oportunidad, que la tendrás,

te va a dar tiempo suficiente:

lee libros que te ayuden a comprender la vida,

siempre queda algo que no entiendes.

 

Pregunta a los mayores antes de que se marchen

por el camino que no presenta su salida

ni su regreso.

 

Observa la realidad de la naturaleza,

como se administra sin la mano torpe del hombre.

 

Escucha paciente los consejos de los sabios,

como hacían los buenos griegos, sin pereza.

 

Carga sobre tu frente todo lo que te asombre

e intenta descifrarlo.

 

Disfrutarás de aprender,

aprenderás para conocer,

conocerás para reflexionar.

 

Pensarás para tener el privilegio de saber,

saber para alimentar con glotonería la verdad.

Distinguir lo cierto de lo otro.

 

Poder tomar las decisiones

y acertar.

 

 

 

 

 

 

 

 

X

 

“Indefensos”

 

Todo hoy son caricias de aire,

descuidadas ambiciones de un abrazo

en la amontonada multitud de nadie.

 

Todo hoy es un sol caminante en solitario

entre tanta desolación

que repite todavía su mirada.

 

Solo pretende abrirse paso… otra vez.

Otro día.

 

Todo hoy parece un Dios embustero,

que ha roto el recipiente de arcilla

que leve nos protegía.

 

Las plegarias son la esperanza del aventurero

temblando en el cable del equilibrista,

cuando los anteriores precipicios no se ven tan altos,

ahora cuando el todo sugiere que se está desmoronando.

 

Paladar de angustia contenida en el silencio.

 

Nubarrones azabaches y ladrones

de briznas inocentes que perecen

ante la misma desbandada de consuelo.

 

Nada ayuda a defenderse,

de la rotunda oscuridad… del desvelo.

 

En la densidad desigual del horizonte

la penumbra predomina sin resquicios.

 

Confiemos como buenos seres derrotados

que después de la penúltima hora

romperá la luz engañando al laberinto.

 

Dejaremos apartados para siempre,

a pesar de los certeros disparos,

el sentirnos malheridos.

 

 

XI

 

“Verdad”

 

Que nunca se calle la verdad.

 

Que nunca se la detenga en su trayecto,

ni con violencia, se la golpee.

 

Ni por las buenas se la arreste,

ni sumarísima se la juzgue.

 

Ni con nocturnidad se la condene,

ni al amanecer,

en la tapia junto al cuartel se la ajusticie.

 

O se la lleven en la camioneta por la vereda verde

a las primeras claras del día para darle cuatro tiros…

junto a una cuneta y matarla.

¡Arrancarla de la vida!

 

Que la verdad… ni se silencie, se tuerza, ni amordace.

No se rompa, se oculte, ni se aliñe,

ni se juegue con ella.

 

Ni sirva para hacer trucos de magia,

ni se la engañe, se la mienta,

ni la ensucie el maquillaje.

 

Que nunca se oscurezca la verdad, se aprisione,

se embotelle, se asesine en su nombre,

se venda, se compre, ni comercie.

 

Se la asuste… ni se la tema.

 

Que nunca falte la verdad,

se la nombre a viva voz, se la grite,

se diga en voz baja, se cante… se defienda.

 

Que la verdad es el recto horizonte del mar,

el vuelo curvo de la gaviota.

 

 

 

 

XII

 

“Nostalgia”

 

Te quiero echar de menos y no puedo.

Ya no me cabe nada más

en mi enorme caja de añoranzas.

Será que el universo nos hace más pequeños.

 

I

 

No hay nostalgia del vestido con pólvora quemada

que perfumaba las calles y los pueblos de Valencia.

 

Ni al clamor de fiesta sobre la piel deseada de Levante,

ni al aroma que aprende a mezclar la brizna del azahar

con chocolate y aceite de olivo hirviendo al buñuelo.

 

Ni por el esplendor del desfile en la ofrenda floral

con su compañía de compases musicales.

 

Ni el brillo de las peinetas,

el pañuelo anudado del labrador,

ni el vaivén del chispeante traje de fallera.

 

No añoro ni a las palmeras ni a las hortensias gigantes

que estallan iluminando en filigrana sinfonía el escenario oscuro

con un resplandor asombrando a la noche.

 

No extraño el ruido de estruendo a “despertá”,

ni el tumulto de marzo viendo girar quieto

al “ninot” policromado de cartón piedra

que paciente ambiciona solo el fuego.

 

Como el edificio de sueño y arte anhela ser hoguera

en el rellano, la plazoleta, en la esquina

pira, ascua, pasto de la llama.

Ni añoro las canciones emotivas que brotan de la tierra.

 

II

 

No echo de menos el sol templando primavera

al calor perezoso del mediodía.

 

Ni al primer vino remojando las bocas

en la plaza con amigos

repleta entre geranios y palomas,

ni la conversación de bar en la terraza.

 

No extraño despegarnos del frío

en paseos con buen tiempo andando de la mano.

 

Tampoco a tararear las canciones que ignoramos su letra,

los bailes lentos en la playa

con los vaivenes de su melodía,

ni a las copas heladas entre abrazos,

besos y sonrisas,

despidiendo a la alargada tarde quieta.

 

III

 

No añoro, en abril, el paladar a limonero,

ni a pan frito y canela de torrija,

con los infinitos de nubes pincelados.

 

Ni las arboledas callejeras de cirios encendidos

con tambores y cornetas entre incienso.

 

No echo de menos el paso pausado

del vertical capirote nazareno,

ni el esbelto estandarte purpura, ni el golpe de campana.

 

Ni a la estatua de dolor en el calvario,

ni a los mantos bordados en oro de las vírgenes.

 

Ni a los candiles de plata incendiados

entre la muchedumbre conmovida.

 

No voy a echar de menos esa riqueza,

esa elegancia, ese fervor, esa… emoción.

 

Ese silencio roto por una garganta de saeta.

 

Ese vivaz barullo de los bares,

esas solemnes marchas militares,

ese retornar a las iglesias abiertas.

 

Hoy entendemos mejor que nunca al Cautivo,

cuando pasa por el puente y la Alameda.

Hoy sabemos bien de La Amargura,

del Prendimiento, de Las Angustias,

La Humildad y Paciencia, Lágrimas y Favores,

Penas, Rescate, Sentencia, Humillación y Estrella,

Sangre, Expiración, Misericordia, Esperanza,

de La Soledad, La Paz, Siete Palabras, La Sed, La Salud,

La Redención, El Rescate, La Misión,

La Buena (o la mala) Muerte, según se mire.

El Santo Entierro, Sepulcro y Resucitado.

 

No echare de menos los silencios de Castilla,

el respeto y los bullicios de Andalucía.

El aplauso a los ejércitos.

Todo esto será para otro año.

 

IV

 

Lo que de verdad voy a añorar

es cuantos faltan en tantas dolidas sillas solitarias,

butacas vacías de todos los que no vendrán

de su viaje sin billete de regreso.

 

Ya no estarán compartiendo cumpleaños,

ni Navidad, ni día de Reyes con regalos,

ni más vacaciones de verano,

ni más Días de la Madre, ni llamadas de teléfono.

 

Ni más: “Cuídate”, “Ven a comer”,

“Pronto nos vemos…”

”Te quiero mucho”.

Ni más momentos cotidianos.

 

Voy a echar de menos sus presencias de alegría,

su presente con fragancia de ánimo necesario,

su tranquilidad turquesa de estanque celeste.

 

Su caricia de amplio pétalo, su ayuda de luz,

de paciencia de hierro, de pasado inolvidable,

de indefenso futuro cercenado.

 

Seguiré añorando sus palabras de enseñanza,

sus ejemplos brillantes de entereza.

 

Sin, al menos, con una despedida hacia la nada,

o al celestial paraíso prometido.

 

Los voy a echar de menos a todos,

los queridos y los desconocidos.

Porque todos son los nuestros… somos nosotros.

 

Porque detrás de cada vida,

pervive una ilusión hacia el siguiente día,

aunque sea en un cuerpo dolorido.

 

Los voy a echar de menos

con mi nuevo traje marino de amargor,

la corbata de luto transparente

y un nudo en la garganta con puntos suspensivos

que no traga tanta perdida.

 

Permaneceremos en pie, después

de tanta muerte,

con los cristalinos ojos empapados

en lágrimas de constante lluvia tropical.

 

El alma mordida de tristeza,

y un cielo de balcones abarrotados

con esqueletos que han dejado de… llorar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XIII

 

“Parece”

 

La ciudad parece perecida, plomiza,

como si una ráfaga de napalm la hubiese disecado

con la mano del mejor taxidermista.

 

El viento nuevo de las alas

de todas las gaviotas del mundo

borra el viento antiguo que la protegía.

 

La lluvia cae diminuta como un vietnamita

y su constancia

acostumbrada a la respiración de cobre

que te lleva al abismo más profundo.

 

Paredes en la calle de ladrillos enrojecidos

que enjaulan a familias de los pequeños jilgueros,

a las parejas de agapornis confusos,  

sin que jueguen sus vuelos, corran los parques,

salten los columpios.

 

La ciudad perfecta parece divorciada,

entre ella y ella misma que aparece prohibida.

 

Entre los que con ansia esperan divertirse,

y los que decidieron parecer ciegos abejorros

escribiendo con golpes en los cristales

el nombre de los irresponsables. 

 

Entre los que esperan desesperados

y los desolados desaparecidos.

 

Todo parece dividido entre la vida,

y la muerte, esa egoísta anciana ambiciosa

que nos lleva en su transatlántico de lujo

donde el sol, a diario, se hunde…

en el océano de ahogados.

 

La ciudad, la ciudad.

Ay, ay, ay

y sus ciudadanos

 

XIV

 

“Casi…”

 

Casi… todo detenido, casi todo quieto

como la mohosa estatua indecisa

entre la confluencia azarosa de dos calles,

un paseo con ásperos árboles de la noche triste

y la avenida que desemboca al puerto.

 

Casi… todo inerte,

sin sentido,

entre la incertidumbre espesa y el miedo.

 

Las manos aliviadas con los dedos

cruzados de la suerte.

 

Las aceras solitarias con baldosas de desierto,

esperan huellas azules que rompan el olvido

de tanta negra tempestad, tanto seco aguacero.

Tan mal presente.

 

Casi… todo se ha parado.

Los niños alados como pájaros sin vuelo,

columpios sin vaivenes en los parques

donde se han cerrado severos los candados.

 

Las horas juegan entre ellas al escondite

persiguiéndose como en un sueño.

Las bicicletas ya no ruedan entre las risas

que recorrían descampados por la tarde.

 

Casi todo se asemeja, cada vez más, a pesadilla.

 

Casi… todo está inmóvil,

las tiendas, los almacenes ya no abren,

en la factoría fértil ya todo está fabricado.

 

Los maniquíes no se visten para los escaparates,

sus falsas sonrisas congeladas se abren paso,

extendiendo su perfume a desencanto.

 

Los tornos no giran, los juguetes no se hacen.

Ya no hay entrevistas de trabajo.

 

Casi… todo está tranquilo

menos el trasiego salvaje de hospitales,

las carreras veloces de las ambulancias,

el gemido doloroso de sus sirenas.

 

La barrera al aire con cristales la rompen los suspiros

que sujetan las lágrimas

en las inquietas salas de espera.

 

Solo queda despedirse, allá a lo lejos.

Como lo hace la luna con la noche

antes del primer momento del día,

con el maullido de un gato.

 

Adiós con el zumbido en el panal de abejas

con extraño paladar a miel y leche agria,

el rebelde ladrido del perro abandonado,

alcanzado por la cuerda de la protectora de animales.

 

El balido de la oveja en su ruta al matadero.

 

Solo la muerte sin cruzar los dedos tiene… suerte

recorriendo con un silencio sepulcral las ciudades

como la hambrienta hiena,

el tiburón voraz que aprendió a andar.

 

Casi… todo estacionado,

como las máquinas tragaperras

en el taller estropeadas.

 

Las esperanzas se agarran a la tierra

con la fiereza de la raíz del gran árbol de la vida

que ahora aparece mutilado.

 

Los vehículos no circulan… entre la densa niebla

por las autovías.

 

Los sentimientos continúan.

 

 

 

 

 

 

XV

 

“El enfermero”

 

Querido desconocido:

me recostaré junto a ti

en la cuneta de una ola derribado.

 

O en la vereda solitaria entre dos pueblos…

vencidos,

de vida agotada en pleno mes de abril.

 

Estaré contigo: con in incognito ser humano,

con un extraño sobre el liso, duro y frío suelo,

o en la mullida camilla anónima del bosque hospitalario.

 

Cuando estés absolutamente quieto,

como un salvaje animal abatido,

estaré ahí, a tu lado.

 

Con tus piernas encogidas por las rodillas cerradas,

con los brazos recogidos sobre el pecho

igual que un recién nacido.

 

O un recién muerto retorcido de dolor,

inadaptado, mal vestido, abandonado.

¡Yo permaneceré atento a tí!

 

Abrazando tu multitudinario cuerpo único

me inclinaré comprobando temeroso tu latido

de tambor roto.

 

Mediré la verdad asustada del oxigeno

paseando de puntillas en tu pulmón

aunque sea por última vez.

 

¡Soy tu enfermero!

 

Pondré mi mano sobre ti

como un escaso pañuelo blanco

pidiendo la paz y la esperanza.

 

Tus jadeos me regalan gotas con aromas

que acercan los pétalos de rosa…

abierta a tu boca.

Apartaré la brizna de tu vida,

mientras dure el pulso de tu aliento,

de la curvada guadaña ambiciosa.

 

Segando sin temor con su afilado brillo

la amplia planicie de la espiga,

al asomar miedoso el alba.

 

Antes de que se inaugure mi lamento

la separaré para protegerte.

 

Aún no sé… por cuanto tiempo.

 

La muerte escoge, manda.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XVI

 

“Manos muertas”

 

Quedaron como dos tenedores

con los dientes puestos boca arriba.

 

Cóncavas como las recias cuadernas

de una barca en construcción

que anhela volar con los pies en el agua.

 

Como los cuencos de unas conchas peregrinas

que han viajado del mar hasta la orilla

y vacías se ha sentado en un banco de estación.

 

Curvadas como las costillas de una gacela

del centro de la sabana africana,

cazada por una hambrienta manada de leonas bajo el sol.

 

Manos que así han quedado,

quietas y dispuestas a que todo se escabulla.

 

Ellas, que tanto desvelo han sujetado… con fuerza,

tantos libros han abierto,

han acarreado tantas maletas,

han movido, con coraje, tanta montaña.

 

Tantas horas fatigadas han trabajado,

han cargado tanta tristeza.

 

Tantos paquetes de regalo han envuelto,

con tanto vigor han aplaudido… 

y tantas decepciones han abierto.

 

Manos que contaron el dinero que, ya, no tienen,

escapándose escurridizo entre los dedos,

con los ojos incrédulos de un portero

al que le pasa el balón entre las piernas.

 

Ellas que con vehemencia agarraron a la vida de la solapa

para advertirla, para zarandearla.

 

También besaron cariñosas su cara de niña buena

con los labios de huella en sus yemas,

y con el dibujo de la ruta de sus palmas rayadas.

Ellas que abrazaron la tierra fértil

como a una piel suave que se deja acariciar.

 

Ellas que quisieron toquetear, sin ambiciones,

el amor para entregarlo como una fruta.

 

Sí, esas manos, hoy, están muertas,

como las palomas que salieron a revolotear

frente a las escopetas de los cazadores.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XVII

 

“Honestidad”

 

Tan difícil será reconocer, aún por encima,

sin detalle, la desplegada honestidad,

aunque sea con una leve pizca.

 

Menos todavía, bajo la espuma de discursos,

con la empalagosa promesa constante

de que todo se arreglará en los próximos días.

(Algún día será)

 

Que fácil tener presente su ausencia

entre los intermediarios, las comisiones,

los responsables obscenos intentando salir indemnes

de las miradas ciegas del batallón de los cadáveres.

 

Tantos, en su silencio, rezamos piadosos

cada uno a su verdadero Dios,

cada cual con su amuleto de la fortuna

en el cuello.

 

Nos sujetamos desesperados a nuestra fe,

igual que con la misma fuerza nos aferramos

a lo que nunca creímos…

¡a lo que jamás nos creímos!

 

Esperamos, de una vez por todas,

a que el Señor bienaventurado

se decida a mover su santa mano,

nos sane a todos,

nos guarde a salvo

de un mal tan endemoniado.

 

¡Ahora es el momento… Hazlo!

 

Hay un ruido a cerrojo,

a aleteo roto de palomas negras en el parque,

a pestillo con candado oxidado

que intentamos abrir sin conseguirlo.

 

Hay prisa, se está haciendo tarde.

 

Queremos volver a abrir la verja

al descampado de la vida,

a la pradera con fragancia a mandarina,

y hemos perdido la llave.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XVIII

 

“Plumier”

 

Caen gota a gota…

las lágrimas libres del mundo

hasta el vórtice vital de ancho rio Delaware.

 

Como a cualquier otro inmenso caudal manso

que sabe ocultar su aspecto más profundo

antes de entregarse al amplio mar.

 

A lo largo del rio Wisconsin un ejército, ya sin alma,

de troncos talados en sus laderas

avanzan serenos por su cauce de constancia.

 

Desbrozados de sus ramas,

flotan hacia los aserraderos para convertirse en tablones

ensamblados con sus férreos clavos formando ataúdes.

 

Plumieres gigantes con lápices de huesos que no escriben.

Lapiceros de colores que solo pintan en negro.

 

Gomas de borrar que han borrado demasiado.

Rectangular tristeza en forma de caja que no vuela.

Naves espaciales a la nada… conocida.

 

Naufragio general de atardecidas vidas

amarradas en la candidez al embarcadero.

 

Cansadas redes de pesca agujereadas

que nunca más en su vaivén saldrán a faenar.

 

Confianza desvanecida con el canto de las cifras

que en vez de a cantar animan… a chillar, a llorar.

 

Bosque frondoso incendiado señalando hacia arriba

solo espigados dedos negros

en la calcinada tierra humeante de ceniza.

 

Desolado escenario de paraje yerto

donde los pájaros pronto emprendieron su huida.

 

 

 

Donde la luz es de bombillas rotas,

y presas mariposas embadurnadas

con semblante de agónica impotencia.

 

Quietos arboles robustos, sin defensa,

enfrentándose a la motosierra.

 

Caballitos de mar ahogados en la orilla.

Nubes dislocadas, sin tornillos, abrazadas a los cielos.

 

Azabaches azucenas de luto

frente al precipicio, sin peldaños ni barandillas.

Boca cerrada repleta de ilusiones y palabras calladas.

 

Niños que ya no corren al sonido del timbre.

Oleaje bravío contra la roca viva.

 

No irá la luna inválida paseando

por el terciopelo marengo oscuro de la noche,

sin pintarse con cuidado los labios y la cara.

 

O pálida estará perdida antes de presentarse

ante la definitiva realidad

que el viento de poniente ha derribado.

 

Hay una muerte que traspasa el tiempo

y se sujeta a la memoria de la mano tendida

como para no soltarse, no perderse;

que no nos perdamos, como hacía nuestra madre.

 

Volverán las bocinas de los puertos que asustan

a las barnizadas gaviotas, anunciando la salida de los barcos.

 

Volverán los laboriosos marineros

al balanceo de su tarea en el centro del mar.

 

Las escandalosas sirenas ciegas de las ambulancias

buscando inocentes recorren los asfaltos.

 

Las campanas saltimbanquis redoblan sin futuro,

una y otra vez a duelo.

 

Ilusos que no querrán ser ellos…

o ninguno de los suyos.

 

 

XIX

 

“Desolación”

 

Los días siguen pasando encallados

sobre una cinta mecánica

y notamos su anestesia de derrota.

 

Nos miramos sin nitidez a través

del metacrilato mojado por la lluvia.

 

El reloj sigue con las lentas manecillas

dando vueltas sobre su eje,

aún, en su corazón parado,

su cristal de zafiro ajado y la cadena rota.

 

Las nubes cristalizadas se atornillan en el cielo,

con arandelas, tuercas de doble chapa,

como el telón espeso del escenario

de esta mayúscula tragedia cruel

que se representa de verdad

en la platea sin puntos cardinales del teatro.

 

El público universal, con miedo,

se asoma, se emociona,

llora sin consuelo, aplaude en los palcos.

 

En las anteriores guerras, los sanitarios

permanecían en la retaguardia de batalla.

 

A salvo esperaban con las camillas

a los soldados heridos,

a valientes mutilados repletos de torniquetes,

en el hospital de campaña.

 

Hoy son los primeros que saltan de la trinchera

para enfrentarse a las balas.

 

Los números van sumando

la muerte desobediente.

 

La matemática sigue atacando

con su inhumana estadística,

de la forma más indiferente.

Cálculo que no siente igual los números,

ni los aprecian con personas desconocidas.

 

Las bajas siguen cayendo indefensas

en las primeras líneas indecisas del frente más suicida.

 

Las ingenuas residencias de ancianos,

las salas esforzadas de hospitales…

a escondidas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XX

 

“Libertad”

 

Por eso deseo tu libertad, la vuestra.

 

Yo seguiré luchando por esos pequeños retazos

que aún quedan de la mía.

A pesar que deseéis que no la tenga.

¡Que me la calle!

 

Hubo un tiempo en que la libertad

era una utopía, una consigna, un anhelo,

un delito, una conquista.

 

Los que vivimos todo eso, fuimos jóvenes

que no sólo habían perdido la pelota.

 

Esto significa que tenemos muchos años,

meriendas con trozo de pan y chocolate,

ideas con solo frases que no llegaban a la boca.

 

Los ásperos zapatos de esparto incandescente,

alpargatas de campo, sabañones y juanetes.

 

El vinagre restregado por el pelo.

El hambre olvidándose entre las manos y la espalda.

 

Un corazón que solo repartía sangre obediente.

Generación vencida que supo ganar peldaños… libres.

 

Los que nos abrimos paso tropezando,

cayendo y levantándonos con las rodillas

en carne viva magulladas,

en cuerpos golpeados.

 

Dormimos satisfechos habiendo alcanzado el sueño

después de muchos años, cuando todo era sol de frente,

tierra polvorienta o barro, agua estancada dentro del mar…

corriendo delante de los guardias.

 

Los que nacieron con el cielo abierto a cada vuelo,

con palabras para seleccionar sus silabas

sin miedo, donde el punto y final

empezó a ser un punto y seguido.

Un siguiente renglón donde expresarse,

una página después con puntos suspensivos.

 

Los que encontraron los canastos llenos

para poder decidir la fruta que comerse.

 

Los que han podido escoger en el mercado

entre el surtido de especies de pescado,

el color de su camisa, el libro que le gusta,

su amigo el camarero del bar que más frecuenta,

sus estudios, su trabajo.

 

Los que jugaron sabiendo elegir entre el poder

de la espada laser de luz, la de plástico brillante,

o la espada de madera del pirata.

 

Encontrasteis países con fronteras desmontadas

de antiguas alambradas rotas,

policías amables, educadas pólvoras mojadas.

 

Esos que entendieron ser libres

dinamitando los grandes almacenes,

culpándonos del mundo que tenemos,

mientras se fotografían bajo las pancartas

de promesas convincentes.

 

Dejadme apurar mis últimos trozos de la libertad

que he perdido sin saberlo estos días.

 

Aunque sea por poco tiempo,

hoy, permitidme, frente a un batallón de fallecidos,

sujetar en pie, otra vez, mi vieja bandera prohibida

y gritar, cantar a voz en grito…

por todos los nuestros.

 

Por todos los vencidos.

 

 

 

 

 

 

 

 

XXI

 

“Adiós”

 

Alto, ¡eh, alto!

He dicho: Alto.

Parad el carro.

Un momento,

Yo me bajo.

 

No me apunto.

¡Yo no sigo!

 

Ten cuidado…

serás abatido

por los tuyos.

 

O si como yo, decides

no pertenecer a ningún bando:

en medio del tiroteo, como yo,

morirás envenenado.

 

Y si el veneno falla…

apuñalado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XXII

 

SANAD

 

Permaneceremos atentos

al desgarro de promesas,

en un tobogán de verdades colapsadas

que se contradicen.

 

Necesitamos sanar juntos.

Un solo ser humano sano

no se vanagloria.

 

Se considera enfermo.

Se siente extraño…, muerto.

 

El único muerto del mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ODA al BAR

 

(De OROS, de ESPADAS, de BASTOS… de COPAS)

 

El bar tiene todo lo que tenía que tener;

es el local perfecto donde refugiarse

entre un hogar en guerra y la alta tensión del trabajo.

 

Al socaire del decadente sol de poniente que aún arde,

de la fina lluvia que cala dentro del abrigo,

de la penitencia que escapa de palacio.

           

Es el lugar exacto donde acoger, a partir de media tarde

hasta bien entrada la noche…

a los peores gatos ariscos del barrio.

 

Y a las mejores gatas perdidas con flequillo

que maúllan con las uñas pintadas en los tejados,

también a presumidas ratas inmundas con sus anillos.

 

A canarios diamantes flautistas de pico rojo

que asustan a los felinos.

 

Los primos sonrientes del ratoncito Pérez,

que pagan sus bebidas con dientes de oro.

 

Al coyote que alcanzó al correcaminos,

y teme llegar temprano a casa.

 

A los perros más abandonados en los edificios

de una ciudad al revés, a las aristocráticas perritas

mal heridas en el corazón, las peor paradas de la provincia.

 

A escurridizas serpientes venenosas

que les gusta la humedad.

 

Y todos, cada vez, con más sed.

 

Aun estando abarrotado, cuando todo parece ser…

una tenebrosa calle estrecha que tiembla,

soporta la mayor soledad por centímetro cuadrado,

que te pudieras beber.

 

Solo te codearás con la nobleza de las diademas

más selecta que hay.

Lo mejor de cada casa con su certificado de calidad,

con los más altos pedigrís que se puedan lucir.

 

Con los garbanzos negros más azabaches,

aún, que la cerveza de Irlanda, con las ovejas negras

teñidas más rubias… que la rubia cerveza.

 

Con el hombre que mató a Liberty Valance.

Curvas, rectas… rectas para acelerar,

cambios de rasante.

 

Maquillaje a contra luz suave. 

Curvas para derrapar en el carmín de labios

pegado al borde del cristal de los vasos del naufragio.

 

El resplandor escaso en la atractiva mirada

brillante de ojos ciegos que desvanece su pasado,

la elegancia casual de la modelo venida a menos,

la etiqueta exquisita del desamparado.

 

El bar tiene un camarero que es amigo de los tres,

de ti, al entrar, de tu otro yo al salir,

y por si acaso, el mejor amigo de sí mismo, también.

 

En el local, con puntería afinada, se cazan fortunas…

y alegres se derrochan con más rapidez.

 

Hay una terraza trasera, con maceteros de buganvillas

y un limonero, donde fumar y fumar

el tabaco del fracaso… de la risa y del abrazo.

 

Taburetes altos desde donde caerse,

cómodos hombros dispuestos donde apoyarse.

 

Si te has pasado de copas,

puedes vomitar tu tristeza.

¡Y te lo dejan contar!

 

Cuenta, sin cortes de publicidad,

tus grandezas de mentira.

Cuenta tu melancolía de verdad,

tus estatuas de mantequilla,

el dique de lágrimas de tu mirada,

tu mejor sonrisa al llorar.

En el aseo hay apuestas de carreras de caballos

contra cebras y sus rallas.

 

El bar tiene babas de tantos países

que a lo largo de tu vida no podrías visitar;

tiene whiskies de la Escocia y de Tennessee,

tostado ron viejo del Caribe y blanco,

las ginebras del más allá y del por aquí,

vodka francés, ruso y polaco

para congelar tu frio ardiente y tu tibio recuerdo,

tequilas sofisticados del lejano México.

 

También los más variados refrescos del limón, la lima,

y de la naranja, de los más amargos

a las más dulces bebidas negras.

 

Y otros licores raros del Norte o del bosque.

¡No me acuerdo!

 

El bar tiene una luz con muy malas intenciones,

para que no veas venir envueltos en sigilo

las sugerentes gacelas bailarinas,

la esbeltez de la jirafa con su cuello.

Acercarse a los sedientos cocodrilos del Nilo.

 

Ni percibir a los simpáticos camellos del desierto,

con el disfraz de amables conocidos

que te pedirán prestado el dinero,

ni ver a los que té lo dejan… a deber.

 

Se trata de sobrevivir sin hacer mucho ruido.

 

Te quitan el reloj y la cartera,

la prisa por marcharte,

la memoria de otros que te esperan,

y la realidad que no lo hacen.

 

El bar tiene de todo lo que te puede postergar.

 

En la barra de ese bar del cielo,

yo pido siempre lo mismo;

un vaso ancho con dos trozos de agua pura

congelada de la Antártida de hielo…

y poco más.

Eh, camarero, eh, amigo, que le he dicho:

¡Un poco más!

antes que empiece el balbuceo.

 

El bar, de luna alada, está aquí cerca,

justo al lado de las afueras.

¡Vamos!

 

Es el que hace esquina con la farola abollada,

antes de llegar a la gasolinera.

 

A la segunda copa, de “Amor” ni hablamos…

tengo muy malas experiencias;

un recuerdo de mi derrumbe más oscuro.

 

De “Sexo” todo lo que quieras…

hablamos.

 

Tras esa puerta he encontrado el lugar ideal…

para olvidar el futuro.

 

El bar nunca cierra, como nunca cierra la pobreza.

 

¡El bar hoy está cerrado!

La pobreza permanece abierta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

POSTHOMUS PORTAIT “al MEU PARE”

  ********************

 

 

 

 

 

 

 

 

“Entonces la felicidad se convirtió en algo concreto:

estar, hacer, compartir cosas contigo.

Cualquier cosa, daba igual.”

 

 

 

POSTHUMOUS PORTAIT “al MEU PARE”

 

SEMBLANZA.

 

        I.- 07-02-1.928 A 11-01-2.009.

       II.- EL EMIGRANTE.

      III.- DE VALENCIA.

      IV.- ENTRE NARANJOS.             

       V.- NADA QUE PERDONAR.

      VI.- GUÑÓN.

     VII.- ¿TE ACUERDAS?

    VIII.- LOS PIES EN LA TIERRA.

      XI.- DESEMBOCADURA.

       X.- EL HEROE.

      XI.- “YOUR LATEST TRICK”

     XII.- SOLO UN SUEÑO.

    XIII.- ESTATUAS.

    XIV.- ELEGIA.

     XV.- POST DATA.

    XVI.- TUS HUELLLAS.

   XVII.- AQUEL ENTONCES.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Semblanza.

 

José Puchades González nació en Cuart de Poblet, provincia de Valencia en febrero de 1.928, de padre operario en una fábrica de cerámica y agricultor en horas libres, de madre ama de casa. Con 6 años, en la temporada de recoger naranjas, lo llevaban a las 6 de la mañana a los huertos para encaramarlo entre escaleras, hombros y espinas a lo más alto del árbol. Vivió la Guerra Civil española de los 8 a los 11 años. A sus padres los trataba de usted. Acudía al colegio de 7 a 9 de la tarde-noche.

Apenas con doce años por cumplir, empieza a acompañar a las 5 de la mañana al transportista del pueblo por la zona interior de Valencia, Teruel y Cuenca, vendiendo los productos de la tierra: naranjas, arroz, hortalizas, vinos, leche, huevos. Y trayendo quesos, aceite, cereal.

Al tiempo entró a trabajar de ayudante en la fábrica de ladrillos y azulejos en la que lo hacia su padre.

A los quince años empezó de aprendiz en una empresa siderúrgica denominada Refracta, y ahí se formó de mecánico industrial en sus oficios. A los dieciséis años fallece su padre de una pulmonía, hecho que le marca de forma definitiva.

A los 19 es alistado al servicio militar durante 3 largos años, donde aprende a conducir, y termina siendo el chofer del Coronel del Regimiento el Marqués del Turia, Tomás Trenor Azcarraga, que fue posterior alcalde de Valencia, hasta que Franco lo destituyo fulminantemente, por reclamar para la ciudad infraestructuras que no se producían tras las dolorosas riadas del 1.957.

Durante su servicio Militar, a finales de los años 40, conoce a Serafina, en la vecina población de Mislata, colindante a Valencia, con quien contrae matrimonio en febrero de 1.955, siendo padres de mellizos; mi hermano Vicente y yo. La familia emigra a Francia, al norte de los Alpes y lo gélido, durante dos años y medio a Montchanin-des-mines contratado por una empresa de fundición como mecánico ajustador.

A su regreso, con un impasse de dos años, en 1.962 nos trasladamos a Málaga. Lugar donde instala un almacén de perfiles de hierro laminado y progresa evolucionándolo hacia la carpintería de aluminio a principio de los años 70. Viviendo inicialmente en el barrio de Ciudad Jardín, posteriormente en Calle Mármoles donde nace su hija Ana María y finalmente en el Paseo Marítimo.

A mediados de los años 70 abandona a su esposa Serafina y se traslada a Marbella, con otra relación sentimental. En 1.985 la empresa es vendida a sus proveedores de Navarra, distribuidores de las patentes Reynols americanas. Con el importe de la venta compra algunas propiedades inmobiliarias, y la economía depende de sus rentas.

Sufre una Artrosis aguda a mediados de sus 50 años, y problemas cardiovasculares que le avocan a una intervención de válvulas coronarias en Madrid a final de la década de los 90.

Tras veinte años de ausencia, regresa con Serafina, con quien convive sus últimos quince años, achacado de Alzheimer y demencia senil durante más de 2 años, se recupera en la residencia Los Magnolios durante el verano de 2.008. Fallece en enero de 2.009 próximo a los 81 años por un enfriamiento.        

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I

 

07-02-1.928 A 11-01-2.009

 

Mecánico ajustador, soldador, tornero,

matricero, fresador.

 

Al cine los sábados por la tarde.

Los domingos por la mañana

con Dios en pantalón de pijama

y camiseta sport desayunábamos.

 

Luego íbamos por el campo

y las acequias a ver a su madre.

Jugábamos al tres en raya, a las damas.

 

Años después ya fue Dios el resto de semana,

multiplicando los peces y los panes,

dándonos el sermón de la montaña.

 

Un día se escapó de casa

como a quien se le está haciendo tarde,

como el que huye de una riada.

 

Así fue mi padre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

II

 

EL EMIGRANTE

 

Un día amable de abril, Cuart de Poblet,

¡Ay, pobre Cuart!, “Poblet” carretera de Madrid,

invadió el corazón intacto de Mislata,

con una media sonrisa y una mirada cálida,

al principio de los años cincuenta.

 

Un mecánico de Cuart rompió a hablarle a una secretaria.

(“Siglo veinte, cambalache problemático y febril”)*

Dos pequeñas poblaciones hermanas vecinas de Valencia.

Corazones humildes raptándose incautos los unos a los otros.

 

Pueblos modestos recostados sobre la tierra fértil,

entre sumisos árboles y obedientes matas de huerta.

 

Escaso júbilo… con el feliz pincel de acuarela repartiendo  

flores salpicando los bancales, las acequias

y sus culebras escondidas entre las piedras y la hierba.

 

Se convivía entre las horizontales laderas inclinadas,

el pequeño bosque de almendros mutilados, para leña,

que habitan los oscuros mirlos

de picos puntiagudos y amarillos,

y la desplegada esmeralda brillante del pinar.

 

Casas de ladrillo enrojecido y brochazos de cal

plantadas junto al camino que lleva a la gran ciudad,

como punto final de un trayecto… o de salida.

 

En medio, calles estrechas, escasez huida de riqueza y su sal.

Enfrente de la curva un cartel de abono para el campo

de Nitratos de Chile con un hombre, su corcel y su sombrero.

 

Niños a la entrada del colegio corriendo con sus zapatos viejos.

 

Manos laboriosas de mujeres que huelen a legía.

En el perol hirviendo unas patatas, unas judías verdes,

un ajo, una cebolla al candil de la cocina.

Brazos fuertes del varón en su trabajo,

con el robusto animal, o con la máquina.

 

Todos reunidos en la única trampa de la vida

cuando Dios disimulando miraba hacia otro lado

no queriendo saber el color de los ojos de la verdad,

de la pobreza, del desamparo.

 

Algunos quemaban pirámides de libros

como si lo escrito fuera su enemigo.

 

Querrían elaborar nuevas conciencias,

cuando lo que ardía solo era una montaña

de libres palabras en pavesas calcinadas.

 

El tranvía del siete atravesaba la vanidad

del pueblo hacia el arrogante centro de la capital.

 

Edificios callados de oficinas domesticadas,

almacenes donde se ordenan tejidos apilados,

talleres con chillonas sirenas de tierra adentro.

 

Fabricas acostumbradas a sus chimeneas de humos,

tiendas en su bullicio,

y el gran surtido colorido del mercado.

 

Existencias vitales entrecruzándose

entre el calor y lo gélido del transporte

con el leve paréntesis obligado,

y continuado de las previstas paradas sin permiso.

 

Miradas furtivas, con la timidez de oro.

Sonrisas fugitivas, entre: ¿Te conozco?,

¿No te conozco? ¡Alguna vez te he visto!

 

Ese fue el principio de una contienda:

envidia en ojos rojos de reojos asesinos.

 

Un joven pasajero cogiendo temeroso

la mano a plena luz del día

temblorosa de una joven morena, sincera

callada con el secreto de su escalofrío.

Bandolero apoderándose de un roce

que no le correspondía: ¡Tú qué te has creído!

Iniciada juventud buscando la alegría

en bailes con luces encendidas.

 

Ambicionando el inseguro futuro, entre pueblos

donde los hombres eran viejos, volvieron algunos…

magullados de la guerra, o están… muertos.

 

Donde las muchachas corren, trabajan,

saltan a la cuerda y sonríen.

Donde las mujeres visten del temeroso negro.

 

La corteza de los años estaba escrita

con nombres y fechas dibujadas con navajas.

 

Recordados corazones rotos y sus flechas

grabados en antiguos naranjos,

eucaliptos quietos en un lugar de terreno fecundo.

 

Donde los muchachos, aún, con esperanzas intactas,

suspiraban como lo hacen las puertas cerradas,

esperando a ser abiertas.

 

Que todo transcurra sin descanso entre ellas:

el empleo, el progreso, el amor.

Su pan tierno no terminaba de estar hecho.

 

Después hicisteis las maletas como los hambrientos

refugiados inadvertidos, los emigrantes que huyen

indefensos sin ofertas de trabajo.

 

Hacia la labor en otro país de paraíso,

escapando en el tren de cien transbordos

hacia el fondo de tus sueños.

 

En aquel estrecho cartón con cuerdas repleto de agujeros

cabía toda tu ropa, completo tu pasado,

con tu mujer y los niños de la mano.

 

Le prometiste a tu orgullo no volver al pueblo

si no era en coche de caballos.

III

 

DE VALENCIA

 

Tu vienes de una tierra de labor,

un terreno enrojecido entre vetas calizas.

 

Piedras grises, blancas, amarillas.

Un lugar de trabajo con el zumo del sudor.

 

Tu vienes del brillo orgulloso de las luces,

de la música en la calle, del borbotón de agua.

 

De la huerta del tomate y el limón,

de una época de largos espinos de naranjo.

 

Tu vienes de la grasa oscura de la fábrica,

del monótono golpe seco del cincel.

 

Del candente horno de pan y de cerámica,

del barniz de laca, del berbiquí, la lija y la tuerca.

 

De la arena rubia en la playa de olas suaves,

con el fino pincel de aprendiz del pintor de los azules.

 

Tu vienes del tropel de la pólvora,

de la brizna de arroz en la parcela anegada.

 

Del mazo del taller esculpiendo la madera, 

de la pieza en la fresa, la chapa en el troquel.

 

Tu vienes del azadón del labrador,

de la madrugada más temprana, de la pereza huida.

 

De la estatua de cartón piedra destinada a hoguera,

tu vienes a la batalla de la flor.

 

Has llegado desde el trabajo tambaleante del pescador,

del arriesgado viaje del fenicio mercader.

 

De la artesanía minuciosa del árabe,

el tesón atesorado del judío embaucador.  

 

Yo vengo del levante rutilante,

con todos estos dones al sur que me acogió.

 

Todas las tierras son valientes y dolientes.

 

Todas las razas son válidas bajo el sol.

Todas las lunas llenas son cambiantes.

 

Las tierras intrascendentes como el cielo

al viento de fuego, de hielo canjean su color.

 

Cada palmo de origen, de trayecto es importante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

IV

 

NADA QUE PERDONAR

 

No hay cuentas pendientes.

Se agotó la pila sulfatada de la calculadora,

se rompió el ábaco de un golpe.

 

Todo está pagado con las antiguas monedas de plata

que traían tu perfil en las dos caras.

 

No habrá que hacer cuentas cuando las facturas

se pagaban al contado con miradas cómplices, medias sonrisas,

besos y abrazos envueltos en tu benevolencia,

con solo pasar una caricia por la cabeza.

 

Nada que reclamar, nada que perdonar,

después de la riada del 57 que desbordó el Turia por Valencia;

Agua, barro, muerte… todo para huir del desastre. 

 

Tardaste 20 años en salir corriendo de casa,

para recoger la juventud desconocida,

que esquiva la sombra del hambre y la carencia

entre la responsabilidad de las máquinas

y el almacén de hierros, aluminios, tornillos rosca chapa.

 

Ya habías sustituido el jersey

por la aristocrática chaqueta azul marino;

la comodidad por la exquisita elegancia del traje gris

de pata de gallo inglés que mejoraba tu apariencia

con relucientes zapatos limpios,

camisas bien planchadas y la corbata a juego.

 

Cambiaste el tranvía, la bicicleta, el pequeño Renault,

por el transatlántico que daba vueltas al mundo…

sin cesar.

 

Te lo habías ganado honradamente,

con tu cordillera de trabajo…

a las espaldas.

 

Ya no te quedabas estático en los escaparates.

Ahora entrabas en las tiendas, en los restaurantes,

paseabas el Puerto Banús mirando barcos, coches caros.

 

Te quitaste lo gélido de tu semblante

junto a una rubia teñida de alegre ambición

que sabía muy bien vivir la vida y tomar el sol.

Tú siempre fuiste un hombre interesante.

 

La aventura te duró otros veinte años.

 

Todo cansa, hasta el mejor parque de atracciones,

donde la montaña rusa y el tobogán

también se hacen ancianos.

 

Para volver, donde el contenedor de lagrimas

se había secado al radiante calor mediterráneo,

se habían diluido los dolores de cabeza y las migrañas.

 

Donde se había aprendido a ser feliz… sin ti.

 

Volviste a tu madriguera a salvo del bosque de egoísmos,

al confort de tu antiguo refugio en la montaña,

a la familia que construiste como un pájaro carpintero

hace un nido encima de una rama y nunca dejó de quererte.

 

Fuimos, somos y seremos los tuyos,

porque el amor, a veces, cuando surge,

nos elige… sin remedio.

 

Es solo amor a fondo perdido.

Es tan fuerte que asusta a la alimaña,

ahuyenta a la pareja del dolor y del rencor

que pasean de la mano.

 

Nos ciega, nos enseña a andar a palpas,

nos protege.

 

Como a un cuerpo herido nos sana.

Nos hace todo corazón.

 

Nos hace seguir, vencer, cuando todo es derrota.

Cuando llega el amor… y nos prefiere,

esa es nuestra victoria.

 

Nunca hubo cuentas pendientes,

se mojaron los papeles

dentro de tanto llanto en la memoria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

V

 

GRUÑÓN

 

No quiero mentir por una vez:

Yo antes te notaba más alto,

en algo habrás menguado.

 

Es posible que hasta más alegre.

 

Será que algo te ha defraudado;

y no es por la menguada estatura,

de la que nunca presumiste

 

Es que el mundo no gira como tu esperabas.

 

Tus felices ideas ingenuas

que tanto urdiste de pacífico anarquista

a tu manera han fracasado.

 

O que te vuelve a doler la artrosis de la espalda.

 

Te acercas a mí, y casi no me reconoces;

¡no sabes bien quién soy!,

¡no sabes bien quién eres!

 

Tiemblas y es que quizás sientas temor.

 

Pacientemente te explico

que llevamos años juntos,

exactamente, toda mi vida.

 

Que hace ya tiempo somos padre e hijo.

 

Te pregunto si te acuerdas.

Ahora mientes tu:

¡claro que sí!

 

La nula memoria que te queda es para mentir.

 

Te asusta defraudar a un desconocido;

no sabes aun lo que se esconde bajo el sol.

Ni lo que asoma sobre la epidermis de la tierra.

Ahora todo es extraño para ti.

 

Yo te cuido, te protejo,

¡así es el amor!

 

Y te olvidas de mí;

también el amor es así.

 

Te has convertido sin quererlo

en el enano gruñón del cuento.

 

Pero esta fantasía sin azul

De príncipe encantado,

ni manzana, ni bruja,

ni veneno, no termina bien.

 

Ni para ti ni para mí.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VI

 

¿TE ACUERDAS?

 

¿Te acuerdas, papá?…

del amplio magnolio intemporal

que florecía en la colina que miraba al mar,

crecido en el jardín del edificio principal,

junto a la pecera de rojos peces nerviosos,

su buganvilla piramidal, su geranio y su rosal.

 

Espesa respiración de plomo

te aguanta malhumorado,

encerrándote tras su cristalera de metal.

 

No sé si te acordarás,

entraste casi sin poder andar,

como al principio de tus días,

con los cuarenta kilos de osamenta

que te sujetan en tu armadura de cristal.

 

Sentado en la silla de ruedas plegable como un abanico,

con las manos limpias y vacías,

acompañado por mí y el viento aún más anciano.

 

La mirada fija de reloj parado, ya sin cuerda,

como cuando no quieres mirar a ningún lado,

como cuando todo te ronda en la cabeza…

y no sabes qué es,

o te has cansado de buscar lo que no encuentras.

 

Llegaste tambaleante, sujeto a un cuerpo derrotado

de troceada memoria moribunda,

entre la enfermedad alemana y la demencia senil.

 

Dedos de flaco jilguero agarrado a una rama,

alas quebradas, sin arreglo para volar,  

deseando no alcanzar los ochenta y un años.

 

 

Según tú, ya habías vivido demasiado.

 

Sin ganas de alimentar a tu liviano esqueleto,

tienes poco más que hacer que entender

a las enfermeras con su tolerancia

y su amabilidad de acero inolvidable.

 

Sólo por tu bien, ¡demuestra tu obediencia!

 

Eres sólo los cirros del recuerdo de quien fuiste,

un dibujo difuminado a carboncillo poco exacto.

 

Apenas algo más que un espectro,

sombra menguada que atraviesa un charco…

y dentro del agua temblorosa se pierde indiferente.

 

Sólo obsesionado por escapar urgente del hotel

de cinco estrellas que te encierra,

aunque fuese dentro del maletero.

 

Las ideas encalladas, dando vueltas en el carrusel

de administrar lo que no es tuyo.

¡Aquí se está gastando demasiado!

 

¿Te acuerdas?, habías usado tu sabiduría milenaria

cada hora de tu vida, como el mejor libro abierto.

 

Sabías qué hacer en cada momento de desconcierto,

porque tú nunca los tuviste.

 

Poseías una honestidad de granito ya desusada,

y un orgullo humilde que sobrepasaba

la dimensión de toda una plaza principal.

 

Dueño del rosario de franqueza anticuada.

Hombre de honor de tu tiempo, de tu esfuerzo.

Un tiempo que pasó y que, ya, no te abraza.

 

Un tiempo anterior que tuvo su momento.

Estás llegando al final de tu batalla,

y la guerra del consuelo está perdida.

 

 

La belleza, la fortuna, ya no cuenta;

sólo vale la paciencia de verte sobrevivir,

apretando los dientes para no llorar

en tu emboscada de guarida.

 

Esperaré tu bendición. Nunca pediste nada para ti,

escasamente el respeto y el afecto que te tengo.

 

¿Te acuerdas, papá…? ¡Claro que no!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VII

 

LOS PIES EN LA TIERRA

 

El mar con voz cobre de muerte se enfurece,

como siempre, asustando a pacientes pescadores

con los pies sobre la tierra,

a marineros de rodillas dobladas sobre el agua

con redes descosidas.

 

Traga embarcaciones enteras,

esconde arrecifes bajo olas violentas,

engulle placidas playas amarillas,

arrebata espigones, fabrica acantilados milenarios.

 

Destruye lo que alcanza haciendo nuevas orillas.

 

El mar embravecido es un animal salvaje

que guarda chispeantes ascuas encendidas

en el centro exacto de su pecho,

y no se sacia arrebatando subsistencia viva

con las artimañas de su rebelde oleaje.

 

Con la palma de mis pies mojados en el embarcadero,

me senté en el último peldaño de mi vida.

 

Contemplé como embiste la codiciosa tormenta

que te busca en el borde de los ojos de aldeas laboriosas,

donde el esfuerzo oscurece las inscripciones de tu nombre.

 

Temo ver pasar a tu caballo sin jinete en tu despedida.

Temo decirte un conmovido “adiós” íntimo.

Temo perderte de la forma más definitiva.

 

El tiempo será, al fin y al cabo, una dorada cadena

con medallas de triviales mentiras,

harapientas miserias enlazadas sin remedio,

medias verdades escondidas

y con disimulo, trufada alguna… alegría.

 

Tus zapatos limpios continúan andando vacíos

los pasillos sin destino.

 

Mirábamos el mar fabricado de agua y esperanzas.

 

Los plazos que suturan las heridas

están hechos de paciencia intermitente,

con violines tristes de naufragio en horas atrasadas

ante unos ojos de crepúsculo candente.

 

Tiempos con impaciencia de delirio,

de permanente desafío.

 

Llegué…

corriendo del colegio con mi premio Novel bajo el brazo

de haber contestado todas las preguntas que olvidé.

 

La habitación era la infancia donde, aún, pervivo.

Donde te espero con el mismo afecto de entonces.

 

Permitiéndome, a mi medida, los pecados veniales,

oscuros libros prohibidos que no entendí que lo fueran,

en un mundo que no acepta hacer todo lo posible,

como algo suficiente,

si no viaja con el fresco laurel verde del triunfo sobre la cabeza.

 

Memoria de puntillas de un hombre atado a su costumbre.

 

Época almidonada donde la sombra, la apariencia,

y la verdad eran países divididos

esperando tú derrumbe.

 

El mar nocturno salió de cacería.

Tú y yo, estremecidos…

permanecemos a la deriva.

 

 

 

 

 

 

VIII

 

DESEMBOCADURA

 

El contenido de tus años sumergidos

es el tibio hervor del futuro indefenso

de tu raza.

 

Nada nos pertenece; efímeros momentos

que queremos sujetar,

se nos escapan de entre los dedos,

como las flores que murmuran frases breves

antes de naufragar en la profundidad del estanque.

 

Nada te reemplazará en mi desesperación,

ni las fotos antiguas, ni tus colonias en mi piel,

ni el recuerdo en la planicie quieta del espejo

que, ya, no da tu imagen,

ni tus palabras de consejo fiel.

 

Que te recoja la postrera hora

en las inmensas aguas de su tiempo sin regreso

con las aspiraciones de promesas ya cumplidas,

los sueños despiertos realizados

y las decepciones deshilachadas,

con el paladar inédito a la sorpresa,

como nueva desconocida de la vida.

 

Ahora pronto retornaras a la nada infinita

como de unas largas vacaciones

por la existencia

que te obligó a la labor y te dejó…

mirar el mar.

 

Aún continúas completando de arcoíris mis cegueras.

Estando junto a ti, contigo,

no sé por qué pensé que no te habrías ido.

 

Hélice encajada y silenciosa de su ronco estruendo

que no habla.

Sobrepasados límites encallados.

 

Hace tiempo, para ser precisos, hace mucho tiempo

que notamos tu último relámpago.

 

Tu camisa y tu sombra siguieron paseando

por la casa, pero tú no estabas ya en ellos.

 

Los llevaba tu maniquí escueto sin sonrisa,

sin presentimientos.

Una sola decima de ti los movían.

 

Los ojos despedidos del trabajo y las obligaciones,

ya solo almacenes de nostalgias contagiosas,

hasta la cruel desembocadura de la vida.  

 

Hasta que vuelva a desparramarse la muerte

por los suelos de la estancia

con esa pegajosa laca fría

que embadurna los muebles.

 

Ensucia las cortinas,

los policromados cuadros hermosos,

los azulejos celestes en la cocina

de un hollín, carbón molido de luto.

 

Como si viniéramos de un incendio…

cada vez más pavoroso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

IX

 

EL HEROE

 

Los ojos, hay días, que llegan

entre las rejas cerradas de las lágrimas.

 

La hiel, hasta con azúcar, está andando descuidada,

otra vez, por la férrea cuerda floja.

 

Entonces estuve buscando héroes entre la tropa.

Esos que no fracasan con facilidad.

 

Los que se juegan todo a una carta

con una baraja trucada, en una partida de tahúres.

 

Los que están dispuestos a perder…

todo en un momento y no defraudar.

 

No me puedo engañar, ni engañarnos.

El primer héroe también fue el último.

 

El primero porqué yo era un niño

con la fantasía de la infancia y su desconocimiento.

 

El último después desde los años de experiencia.

 

Los avatares entre las rayas de las manos

deshaciéndose con su capa voladora,

su acero en el pecho, su magia hipnotizante.

 

Todos sus poderes sobrenaturales…

como si tal cosa, ¡como los de antes!

 

Fue un héroe desapercibido. El más necesario,

siempre, dentro de la casa es el que falta.

 

Cuando se fue, hacía tiempo que se había ido

por qué se le hacía tarde en su reloj dormido.

 

Tarde para retroceder.

Era mi padre.

 

XII

 

YOUR LATEST TRICK

 “Tu ultimo truco”

 

Dijiste las palabras mágicas que yo esperaba oír…

desde antes del primer diluvio.

¡Ahora las temía!

 

Era solo tu voz escasa que escapaba

de una garganta milenaria, como un susurro

que proviene de la tierra de nadie.

 

El sonido amable que atenúa la rudeza del invierno

en el lado mejor debilitado del futuro.

 

Eran simples, las más fáciles y frágiles

que antes de las pesadillas, a las doce y media

de la noche, cantan los búhos.

 

Las que suelen pronunciarse en las despedidas:

“Adiós, cariño mío”

 

Estas tres palabras me hubiesen servido

para seguir amándote durante años.

¡Eran suficientes!

 

A sabiendas que no había ningún engaño,

por muy últimas que fueran.

 

Me las dijiste cogiéndome las manos,

acariciando mis mejillas.

 

Y postrado tus ojos se ahogaron…

con una sola lagrima.

 

Una sola lagrima que hizo que flotaran holgados

todos los barcos varados de este mundo.

 

Que rebosaran hasta el límite todos los pantanos.

 

 

Ese naufragio tuyo me hace amarte hasta después

que la luz del universo completo se concluya.

 

Este fue el último truco del más grande de los magos.

 

Sabías atraparme el corazón sin mi permiso,

cuando entero te lo había dado.

 

Nada por aquí, nada por allá.

 

En la mañana de aquel once de enero,

habías desaparecido tras el telón final,

de verdad y para siempre.

 

Un chasquido de dedos,

y ya… no estás.

 

Pero estarás.

Para quién lea estas palabras…

vivirás.

 

Donde vayas, espérame papá,

te buscaré.

 

Mucho más allá… de mis sueños.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XIII

 

SOLO UN SUEÑO

“Just a dream, dad”

 

No sabía si te lo iba a decir:

Anoche soñé contigo, otra vez.

Te lo confieso, volví a sentirme afortunado.

 

Muy feliz en la emboscada del desfiladero nocturno

entre la nebulosa y la inconciencia,

entre la bruma gris perla y la niebla taciturna.

 

No sé, me había dormido, como siempre,

navegando entre el tiempo que transcurre

y sus despojos.

 

Entre sus devaneos, el cansancio, las discusiones,

el avatar de los días, los recuerdos,

los anhelos y su contracorriente.

 

Antes, mi vida entra en el agua como un remo

que quiere avanzar,

dejando atrás todo el líquido pasado,

 

sin apenas, la oportunidad de girar la mirada

y contemplar la estela de la barca

que me despide.

 

Surgiste, como antes, como siempre,

de lo más profundo de mi mismo,

como hurgando en la raíz secreta de mi historia.

 

Leyendo lo escrito en el papiro con un lenguaje…

desconocido, con el dibujo de una letra antigua,

como cuando garabateaba siendo niño.

 

Me sumergí en el recóndito sueño,

buscándote en mi subconsciente.

 

 

Estabas lejano hablando con tu hermano muerto,

con tu pantalón oscuro, tu camisa clara,

tu jersey de lana y tus zapatillas de andar por casa.

 

Recuerdo los minúsculos detalles,

los datos más insignificantes.

 

Caminamos aproximándonos despacio

con pasos casi indiferentes.

Nos abrazamos fuerte.

 

Entre todo lo que se diluye, convive el afecto

sin envoltorio en escenario, sin fondo, ni decoración,

ni jardín, ni calle, y al momento se reconstruye obligatorio.

 

No sabía si te lo iba a decir.

Nunca te gustó verme llorar.

 

Los brazos nos ataron durante horas.

La noche no pedía madrugadas.

Las lágrimas felices surgieron de repente.

 

Yo no quería despertar,

cuando tu presencia inerte mantiene el pálpito

y en la inconciencia del sueño continue.

 

Dejadme en esta certeza,

qué en mis manos, aún,

el calor del tacto de su piel sobrevive.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XIV

 

ESTATUAS

 

En un cruce de caminos polvorientos

entre Kenia, Namibia y Zimbabue,

sobre la planicie más extensa de la sabana

hay una mole de plata con la figura

de un rinoceronte, de plata blanca.

 

Sobre la montaña recia, que se ve a lo lejos

de cualquier país del norte,

se alfombra de un denso bosque

con un alto claro donde se levanta elegante

un ciervo de orgulloso bronce.

 

Frente a un mar oscuro y frío

descansa reflexiva sobre una piedra

una hermosa sirena verdecida de humedad,

de sincero misterio entre cuentos infantiles,

canciones de viajes de Ulises y parte de verdad.

 

En el aire limpio del valle flota suspendida,

sin ningún cable, la nítida imagen

de una metálica águila dorada,

majestuosa gira con el viento, se eleva, planea,

otea el panorama… se divierte.

 

En la plaza del centro de la ciudad

hay una esbelta escultura en cobre oscurecido

de un noble rey déspota a caballo.

Su peana la rodea un amable terreno ajardinado

que le otorga colorido y está prohibido pasear.

 

Todas las figuras alardean de nocturna soledad

iluminada por la lejana bombilla encendida de la luna.

 

En el medio de mi pecho hay una estatua,

entre madera ajada y robusto mármol de Carrara,

de un sentado hombre muerto…

que vive erguido aquí adentro,

con el que dialogo a menudo cada día que arde.

 

Sabe cómo se abre la flor de la humildad…

en mi orgullo:

Solo es mi padre.

Y es suficiente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XV

 

ELEGIA

 

Ya te he perdido…

y he perdido también el miedo

a la rabiosa, a la ambiciosa muerte

perpetua y voraz.

 

Ni dolor pequeño, ni grande, ni mediano.

 

Solo dolor repleto de todo su significado,

dolor abierto y desplegado hasta su último borde,

alisando el más lejano de sus pliegues,

con toda la abundante tonelada gigante

sobre tu doloroso adiós de cifra incalculable.

 

Enrojecida brasa dorada dentro de un humeante hielo,

clavo ardiendo de la fragua golpeado en el yunque,

estaca con astillas de mil puntas clavadas

en el corazón.

 

Corona de espinas repetidas con su ambición

punzante sin rencor.

 

Comienzan los húmedos cristales rotos

a desbordarse de los ojos.

Erizos de plata perforando silenciosos el alma

que no se encuentra.

 

Se pregunta por ella, se interroga,

se registra el cuerpo, se busca y no se encuentra.

 

El ánimo no se recompone dando vueltas

al árbol talado de un solo hachazo,

no necesitaba más que uno;

al barco hundido a ras de un charco en el asfalto,

al puente derribado que unía a cien países.

 

Al único leopardo libre abatido.

 

Tú saliste de tu madre la acequia, la huerta,

y de tu padre el naranjo, el arrozal inundado,

para ser un niño a la intemperie de la guerra

interminable que aún continua.

 

Un joven aprendiz de mecánico, traje azul raído

de mono azul marino en el trabajo,

negra grasa en las manos negras engrasadas,

en el levante de las tierras del murciélago.

 

Frio y horas, desplazamientos, más frio, más horas,

en verano las horas con el calor sudando por el cuello,

bajando por la espalda y por el pecho,

vuelta al frío inerte y a las horas perpetuas

con la minuciosidad del maestro relojero

y la tenacidad de un minero.

Hay quien aún le llama suerte.

 

Yo, ya no podré tenerte,

ni regresarte a mis horas verdes de las tardes,

ni ir a pescar contigo al espigón del puerto

con tu nieto.

 

Ya no tendré tu risa escasa que arrancaba

con mi rosario de tonterías,

ni veremos las calles con procesiones y tumultos

de velas incendiadas.

 

Tu ausencia va dejando huellas de palabras,

nunca dichas que, ahora, se repiten malditas

como pequeños arañazos de gato sobre los papeles

con renglones inclinados hacia arriba.

 

Las que firmaste con las fuerzas que te salen,

en las paredes de las arterias del despacho

de tu mente.

 

Algunas heridas prometieron cicatrizar…

y no lo hacen.

 

Los espejos, ya, no te miran,

y la fresca fruta encarnada en los canastos…

no te espera, ni la caricia que te peina con cuidado.

 

Te has llevado el libro milenario de mi historia

y de mi tribu que escribiste,

hoy ya solo, semblanza de zapatos limpios,

sin armarios, ni destinos, que no sean de difunto.

 

He perdido contigo las letras mayúsculas

de mi piel, mi sangre y de mi orgullo.

 

Cada día, de estos últimos días

se fueron convirtiendo en una piedra preciosa,

que la memoria que todo lo incendia,

y todo lo pierde… intentará, sin conseguirlo,

convertir en ceniza.

 

Apenas sólo queda un montón de detalles

retorcidos por el fuego con su aroma a exterminio,

y su densa humareda de añoranza.

 

La goma de borrar esta vez ha fracasado;

no hay hoguera ni fogata, ni humo,

sólo el aire puro nos rellena de ti,

de tu conciencia de antigua montaña,

de frágil amapola ensangrentada

en el límite de nuestro rumbo,

de refrescante agua clara,

de tu serena tranquilidad de muralla.

 

Mi dicha la pusiste al lado tuyo.

 

Nunca te ocultaste, sólo hasta detrás de ti,

dando la cara.

 

Siempre dijiste la verdad,

aunque esta no fuese piadosa.

 

Siempre supiste perdonar menos a ti mismo.

 

Nunca escapaste de nada, que no fuera el invierno,

pero cuando quisiste huir… tenías las piernas preparadas,

y para regresar dejaste las encendidas luciérnagas

en los senderos del bosque pintadas de blanco.

 

Que yo sepa, de tu camino de rosas brillantes

siempre recogiste más espinos que flores,

más intereses y traiciones que amigos,

es el precio de conseguir ser importante.

 

Ya me contarás como te va,

¿Cuántos planetas has visitado de turista?,

¿Cómo son los astros de la nada?

¿La promesa del eterno infinito universal?

 

¿Qué ascensor de lujo con transparente cristal curvo

hay que coger al cielo,

y qué montacargas sucio hacia el infierno?

¿Qué botón rojo o azul hay que pulsar?

 

Tu ausencia trae recuerdos de Dios imperfecto,

a quien no hay que rezar.

¡Pero en el que hay que creer!

Fe recibida de raza honesta, y besos.

 

Abrígate, ahí donde estés,

lo gélido nunca te fue bien.

 

Sujétate fuerte,

qué en las alturas celestiales, dicen,

que hay mucha turbulencia;

no te vayas a caer.

 

Ten mucho cuidado…

y cuídate.

 

Ya no podré tenerte…

ni olvidarte.

Pronto pasaré a verte.

¡Hablamos!

 

XIV

 

POST DATA

 

Desde que te fuiste,

en las finanzas solo hay tiburones codiciosos.

 

En las calles hay un desfile de negras tarántulas

peludas, serpientes cobra venenosas,

valerosos escorpiones rojo oscuro,

a los que se les aplaude

protegidos por las policías y los ejércitos.

 

Los obreros cada día cobran menos,

emplean más horas y sus trabajos

les convierten en más pobres, en más míseros. 

 

Tranquilo, los días continúan sucediendo

a las noches, como siempre.

Las tardes ansiosas cortejan a las mañanas, como antes.

 

A mediodía asoma el hambre, y al anochecer también,

sobre todo, acompañada de la sed.

¡Vaya pareja! Como ves, todo está en orden.

 

En las tiendas de las calles y los centros comerciales

solo hay productos en oferta con tristes dependientas,

que si no las venden…las despiden.

Juventud sin informática, ni idiomas carentes de futuro.

 

Ahora todo es huidizo, rápido,

nada prevalece, nada perdura.

 

En el hipódromo han disecado los caballos

para dar vueltas en el carrusel.

 

Ya sólo corretean liebres perseguidas

por el instinto veloz de feroces galgos alegres.

 

Desde que tú te has ido,

la tristeza se sucede… a sí misma.

 

XV

 

TUS HUELLAS

 

En el fondo de mi pecho estamos juntos,

en el corazón de la naranja,

en la solitaria oscuridad

de los secretos estamos juntos.

 

Y nos encontramos en la humedad de la sombra

donde florecen los abrazos ciegos.

 

Las noches me regalan el cansancio

de arrastrar tú recuerdo todo el santo día.

 

De cargar sobre mis hombros

la cantidad de melancolía que asusta al océano.

 

Y empezar de nuevo “La vida es sueño”.

 

No quiero ir con mis pasos más allá de tus huellas.

 

Lo que me queda de vida;

quiero arder de tu llama,

solo mirar con tus ojos,

solo volar con tus alas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XVI

 

 AQUEL ENTONCES

 

Algo después supimos

que en muchos momentos de aquel entonces

fuimos muy felices.

Sólo necesitábamos estar juntos.

 

Que el tiempo pasease al lado nuestro

haciendo algo superficial, algo insignificante.

 

Nos soltase la mano sin cuidado,

dejando transcurrir sin prisa lo efímero,

desdeñando la importancia de lo cotidiano,

sujetando fuerte, con bridas de barco, lo pasajero.

Disfrutando lo aburrido.

 

Los días en el rellano de pinos en la presa,

con los tíos, los primos y los yayos.

 

Las tardes de Semana Santa en el campo del Regacho,

la pelota y las monas de Pascua.

 

Los sábados al cine Cultural, sesión doble,

y: “entonces, entonces, empezaron a correr los caballos…

del oeste americano”.

 

Las mañanas de los domingos del estío a la playa…

de Torremolinos, los atascos de la carretera de Cádiz,

antes de la Azucarera y el rio desembocando despacio.

 

En el almacén haciendo inventario de tornillos

cuadradillo del catorce, dieciséis, veinte y remaches,

cortando flejes, contando albaranes.

 

Las aceitunas Aloreñas, los espetos de sardinas,

los tintos del verano.  

 

Los trayectos a la residencia, mamá está muy cansada.

Los regresos del asilo de lujo y sus cuidados.

 

Entonces lo ignorábamos.

Hoy lo aprecio, lo añoro.

Fuimos muy felices.

¡Tan sólo estando juntos!

 

Hoy nos queda un retazo de memoria

dentro de un tarro de cristal confitando afectos.

 

Solo vestigios de aquel entonces mezclados con almíbar.

Reliquias que nos sonríen en el interior.

 

Esos que cuando perecen… permanecen.

Tan sólo amores verdaderos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CUADERNO DE NI.

 

INDICE:

CUADRENO de NI…………………………………………………………..              5

 

22 POEMAS a una PANDEMIA + ODA al BAR.

      I.- TEMPESTAD……………………………………………..…………..             9

     II.- ESPERANZA………………………………………………………….           11

    III.- PAISAJE……………………………………………………………….           13

    IV.- ENCIERRO……………………………………………………………           15

     V.- PRIMAVERA………………………………………………………….           17

    VI.- SABIDURIA……………………………………………………………          19

   VII.- TRISTEZA…………………………………………………………….           20

  VIII.- HEROES………………………………………………………………           22

    IX.- ESPERIENCIA……………………………………………………….            23

     X.- INDEFENSOS………………………………………………………..           24

    XI.- VERDAD………………………………………………………………           25

   XII.- NOSTALGIA………………………………………………………….            27  

  XIII.- PARECE………………………………………………………………           30

  XIV.- CASI…………………………………………………………………..            31

   XV.- EL ENFERMERO…………..………………………………………..           33

  XVI.- MANOS MUERTAS…………………………………………………..          35

 XVII.- HONESTIDAD…………………………………………………………         37

XVIII.- PLUMIER……………………………………………………………….         39

  XIX.- DESOLACIÓN………………………………………………………….        41

   XX.- LIBERTAD………………………………………………………………        43

  XXI.- ADIOS……………………………………………………………………       45

 XXII.- SANAD…………………………………………………………………..        46

      +.- ODA al BAR……………………………………………………………..       47    

           

 POSTHUMOUS PORTAIT “Al MEU PARE”.

Semblanza…………………………………………………………………………     53                                                   

           I.- 07-02-1.928 A 11-01-2.011…………………………………………..     55         

          II.- EL EMIGRANTE………..……………………………………………..     56

         III.- DE VALENCIA…………………………………………………………     59       

         IV.- NADA QUE PERDONAR…………………………………………….     61      

          V.- GRUÑON………………………………………………….……………     64 

         VI.- ¿TE ACUERDAS?…………………………………………………….     66 

      VII.- LOS PIES EN LA TIERRA………………………………….………..       69            

     VIII.- DESEMBOCADURA………………………………………………….       71           

       IX.- EL HEROE…………………………………………………………….       73           

        X.- “YOUR LATERS TRICK”………….………………………………….       74           

       XI.- SOLO UN SUEÑO……………………………….……………………      76          

      XII.- ESTATUAS…………………………………………………………….       78           

     XIII.- ELEGIA………………………………….……………………………..       80                        

    XIV.- POST DATA……………….……………………………………………       84                               

     XV.- TUS HUELLAS…… ………………………………….……………….       85   

    XVI.- AQUEL ENTONCES…………………………………………………..      86

 

 

 

 

 

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