Capital de mil amores
(Deuda mal pagada a la ciudad de Málaga)
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©Puchades Ferrer José
Ediciones del Genal
Título: Capital de mil amores
Autor: Puchades Ferrer José
Diseño y Maquetación: Lucía Pineda Rodríguez Edita: Promotora Cultural Malagueña Coordina: Ediciones del Genal
Colabora: Librerías Proteo y Prometeo
ISBN: 979-13-87577-4G-9
Depósito Legal: MA.1303-2025 Málaga, 2025
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La imagen de portada es “Playas de El Palo junto al Puerto del Candado”.
CAPITAL de MIL AMORES.
(Deuda mal pagada a la ciudad de Málaga)
I.- MÁLAGA A LA LUZ
II.- PERLAS DE LÁGRIMA.
III.- MUY HOSPITALARIA.
IV.- GUADALMEDINA.
V.- BAHÍA.
VI.- VALLE ENTRE MONTES. VII.- VEGETACIÓN.
VIII.- ETERNIDAD. IX.- PERCHEL
X.- JARDINES COLGANTES. XI.- MEDITERRANEO.
XII.- RIBERAS.
XIII.- GOLONDRINAS. XIV.- ANTEPASADOS.
XV.- LA HERMOSA TARDE DE LOS POBRES. * XVI.- TRASHUMANTES.
XVII.- ARENA DESNUDA. XVIII.- BODEGA QUITAPENAS. XIX.- CIUDAD LIBRE.
XX.- EL PLANO EN EL DESVÁN. XXI.- PASEO DE LA FAROLA. XXII.- Y DE AMOR ¿QUÉ?
XXIII.- ALMENDRO, LIMONERO. XXIV.- HUIDA HACIA DELANTE.
XXV.- AQUELLA CASITA DE MÁLAGA. XXVI.- ANTIGUA MONEDA.
XXVII.- LOS RELOJES DE DALÍ. XXVIII.- ETERNA CIUDAD PARAISO. XXIX.- LA VIDA.
XXX.- ARQUITECTO.
XXXI.- CARTA A MI NIETA. *
*Publicado en “Los mejores poemas de POESÍA LU\ de Tarifa (Cádiz)” años 2.022 y 2.023, respectivamente.
Dedicado:
“A la primera en el peligro de la libertad. Muy hospitalaria, muy benéfica, la muy noble y muy leal
Ciudad de Málaga”
INTRODUCCIÓN:
“Un lugar en el mundo”
Este slogan, algo manido, de “Un lugar en el mundo” es el título de una película argentina estrenada en el año 1.992 donde, después de regresar del exilio, un maestro inspira a sus vecinos oprimidos a luchar contra un terrateniente cruel. Es una historia de trashuman- tes, huidos de la vida propia contra su voluntad, buscando reencon- trarla en un recodo vital que los acoja, los comprenda y les permita progresar junto a los anclados a la tierra, su costumbre y tradición sujeta al escalón social que ocupan.
Exactamente no es el caso, por momentos lo contrario, quizás sea más el nombre que, si las hay, semejanzas en las intenciones, y solo el título evoque una realidad multiplicada donde tanto personas como familias completas escaparon de sus orígenes buscando otras oportunidades, otros destinos, geografías diferentes a sus vivencias iniciales, a su primigenio orgullo terrenal.
Probablemente, llegue a ser un objetivo de ambición mejorar y arriesgar lo establecido en el lugar de referencia, de nacimiento, por alcanzar nuevos horizontes. Avanzar hacia lo desconocido con la esperanza decidida de conseguir algo más que una cotidianidad insatisfecha, con un paladar de conformismo cercano a un interior fracaso.
Fuimos, y queremos seguir pensando que somos, una familia humilde que llegó a Málaga en el año 1.ç62, procedentes de pueblos perimetrales, laboriosos y campesinos de la ciudad de Valencia: Mis- lata y Cuart de Poblet, en la carretera de entonces dirección a Ma- drid. Yo contaba seis años. Anteriormente habíamos estado en Fran- cia, en el norte de los Alpes durante dos años y medio a través del contrato de mecánico industrial de mi padre en una empresa side- rúrgica en MontChanaix del Mines, en la región de Borgoña-franco Condado, cerca de Dijón, donde el frío hacia honor a su significado.
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Y mi padre, después de aquella determinación de mejora, persistió en la iniciativa de obligatoria experiencia económica decidiendo buscar lugares más soleados.
Anteriormente, se testó Zaragoza, donde ya residía su her- mano mayor Onofre, pero el gélido cierzo del Moncayo lo impidió. Y aquella ciudad al sur, de clima benigno abrigada entre montes y abierta en un valle que desembocaba al mar, por entonces interme- dio embrión de municipio a dimensionar al principio de los años sesenta, que había olvidado sus esplendores industriales (segunda provincia productora en el país tras Barcelona) desde mediados del siglo diecinueve mantenidos, aunque tambaleantes, hasta los albores del veinte. Donde, a posteriori, su sociedad de toda índo- le, medio repuesta de una “in memoriam” postguerra, comenzó a recuperar una renovada tradición productiva y mercantil, que ade- más vislumbraba oportunidades de ser una provincia esencial en convertir barrios y poblaciones de pescadores en Meca del turismo mundial con unas infraestructuras admirables, tanto en obra civil como en construcción habitable, en agricultura y en referencia tec- nológica en el presente siglo XXI con la prosperidad que proporcio- na y el desafío de armonía que requiere en su progresión. Promesas calladas de expansión llamadas “Málaga”; ese fue el lugar elegido para instalarse y buscar la fortuna del bienestar.
La frase obligada inicial de encontrar “Un lugar en el mun- do” a mí, siempre me pareció una alegoría. Nunca lo pensé como algo concreto. No había sondeo ni elección posible: mis huesos se alargaron en su natural desarrollo vital entre La Sagrada Familia de Ciudad Jardín y la Calle de Mármoles, el pelo me creció sin complejos entre Martiricos, la Trinidad de San Pablo y frente a la
\amarrilla, para completar la juventud en el Paseo Marítimo de la Malagueta.
Comprendo el desarraigo de alguno, también la raigambre hu- mana cerca a la vanidad del origen ensalzándolo por encima de las demás, las raíces de la tierra que te llaman, que te reclaman, pero
“yo no fui de aquí, pero me hice aquí”. Crecí aquí, jugué y estudié aquí, trabajé, viajé Andalucía de acá para allá, caí y me levanté aquí, mis rodillas tuvieron postillas de aquí, empecé a amar y a fracasar aquí, volví a amar otra vez.
Podría ser Málaga un lugar común, quizás sin nada extraor- dinario, y tal vez lo sea visto desde fuera, o hasta desde dentro, no se identifiquen las ventajas o las taras que la diferencian. Pero esa aseveración conllevaría una soberbia impropia de un lugar así, po- blado con seres humanos repletos de una humanidad que no con- tiene tanta altanería.
Es probable que sea mejor verlo así, tal cual, con la humildad elegante de no competir, a sabiendas que todos tienen sus logros, sus tesoros, su historia que por ser más milenaria, más antigua o más moderna no lo mejora, dramas, tragedias trufadas con éxitos. También defectos, personas y personajes que adornan con otros que estropean; nada especial.
Me apoyo, con cierta desvergüenza en el atraco de prologar esta obra, en dos compañeros de adolescencia y juventud de pupi- tre, de viajes por España y Dublín, de servicio militar en el Campa- mento Benítez, de Heliomar en Churriana, de furgoneta a la playa de Los Álamos y Carvajal, de oír a Carole King y Janis Joplin, de ir al bar Peñón y Marengo de cacería y salir siempre de vacío sin sa- ber que éramos, tan solo, señuelos. Madrugadas ebrias de risa en la feria del Rincón de la Victoria. Amigos, cómplices malagueños de vida, José Luis Quintero Maeso y José Luis Ortiz Montero, rociero y cofrade, de pro respectivamente, que llegaron a ser laboralmente, uno, inquilino, el otro vecino de quién esperábamos ávidos su poe- ma de felicitación navideña año tras año, quienes conocieron mis primeros versos y los siguientes, con su anónima inquietud literaria. Siempre fueron críticos y siempre bien recibidos por su agudeza y sinceridad.
Pero hay que atestiguar que la específica huerta poética de Málaga es, tanto en cantidad como calidad, de una fructífera pro- ducción admirable, con autores más que reconocidos en la historia de la literatura en lengua española, con sus inicios en la figura de Shelomoh Ibn Gabirol (1.022). Probablemente el más grande neopla- tónico de la filosofía medieval árabe, posiblemente el más destacado poeta medieval hebreo y ahí parece haber empezado una tradición lírica impagable que atesorar hasta nuestros días.
Uso el combustible poético (incombustible) de autores mala- gueños de nacimiento o de espíritu declarado cómo referencias seña- ladas en Salvador Rueda, Rafael Pérez Estrada, Manuel Altolaguirre, Juan Manuel Villalba, Emilio Prados, María Victoria Atencia, Au- rora Luque, Rosa Romojano, Francisco Ruiz Noguera, nada menos, sin olvidar a otros que ilustran el caudal del verso malagueño: Ma- nuel Alcántara, Alfonso Canales, José María Hinojosa, Pedro Luis de Gálvez, José Infante, Rafael Inglada, Salvador López Becerra, Fran- cisco Muñoz Soler, Arturo Reyes Aguilar, José Antonio Mesa Toré, José Moreno Villa, Rafael Saravia, José Sarria, Pedro Pérez-Clotet, José María Souvirón y tantos más que aportan su inspiración y obra al mosaico brillante de la granada poética malagueña.
Mi raíz es de la tierra de levante, pero he sido trasplantado voluntaria y gozosamente al cauce del Guadalmedina, frente al mar de Alborán injertado generando una deuda intangible. Aprendí a vivir y viví en Málaga… aún lo hago; mis hijos han nacido aquí, han estudiado, trabajado fuera de aquí y están de retorno. El que aún no lo ha hecho, lo anhela. Ellos son mi extensión. Aquí tengo mi luz, mi amor y mi futuro.
Nunca busqué “mi lugar en el mundo”, yo ya estaba en él, qui- zá para incomodar al poder injusto, por pequeño que yo fuera, en lo posible, para continuar erguido o tan solo para dejarme arrastrar.
Pero este es mi sitio: Málaga es mi lugar hecho con la cortesía de mil amores.
PROLOGO A “CAPITAL DE MIL AMORES”.
Afronta tus miedos y confía en el proceso del universo
En el viaje de la vida, todos enfrentamos miedos que pueden paralizarnos e impedirnos alcanzar nuestro máximo talento. Sin embargo, es fundamental recordar que el miedo es una emoción natural que nos indica que estamos saliendo de nuestra zona de có- moda costumbre asegurada y aventurándonos en territorio desco- nocido.
Mi amigo del alma, un hermano que no tuve, pero que la vida me dio, me ha pedido que le prologue esta obra que estáis a punto de comenzar.
Nacimos en lugares diferentes y casi en el mismo año y poco a poco el destino nos concedió una vecindad más de amistad que fí- sica, que empezó a los 12 años y que aún hoy continua y continuará.
Sin duda a lo largo de todos estos años y sin saberlo, confiába- mos en que el universo tenía un plan divino para nosotros que nos brindaría la paz y la fortaleza necesarias para superar nuestros te- mores. Esta confianza nos recuerda que no estamos solos en nuestro camino y que, a pesar de los desafíos que podamos enfrentar, todo sucede por una razón.
Y nuestra razón es la de estar unidos por el cariño a muchas cosas comunes, una de ellas, la poesía.
Juntos leímos a Machado, a Miguel Hernández, a Góngora, a Quevedo; juntos estudiamos latín, griego, lingüística y literatura en aquel fantástico bachiller de letras, y aún mejor INEM Mixto “Sierra Bermeja” (de las postrimerías de la capital hacia Granada) donde, gracias a su profesorado PNN (Don Antonio Vico, Don Francisco
Chica, Doña Rosa Francia, y otros tantos “maestros” (hasta el padre Vera nos bendijo) de los que aprendimos lo que era la enseñanza libre (más humanitaria que humanista) y democrática.
La fe, independientemente de la religión que profesemos, pue- de ser una fuente inagotable de esperanza, motivación y creativi- dad. En nuestra juventud, la tuvimos y encontramos el valor para enfrentar nuestros avatares y seguir adelante, con determinación, en nuestras opciones vitales.
Es esencial reconocer que todos, sin excepción, experimen- tamos indecisiones en diferentes momentos de nuestras vidas. No debemos avergonzarnos de ellos y aceptar la madurez como parte de nuestra condición humana. Al considerar y aceptar el paso del tiempo, podemos comenzar a trabajar con serenidad y convertirlo en la oportunidad de crecimiento personal. Y tú lo has conseguido, amigo.
La confianza en uno mismo es un pilar fundamental para construir relaciones sólidas y exitosas. Cuando confiamos en nues- tras propias capacidades y en nuestro potencial, transmitimos esa confianza a los demás. Esa confianza me ha inspirado y es la que inspira para decirle a tus futuros lectores que crean en nosotros, en aquella generación que, llegando desde una dictadura, supo crecer en la libertad y parir una democracia.
Somos los supervivientes del Vespino, de los últimos estertores de una sociedad mojigata atemorizante y protectoramente cínica, que crecimos entre (aparentes) reuniones subversivas en salones uni- versitarios y conciertos de Atahualpa Yupanqui y Jorge Cafrune, en la ciudad que se extendía al empuje del turismo y el progreso que soñamos, luchamos y apoyamos proyectos y metas de las que hoy se benefician nuestros hijos y nietos.
Leer Capital de Mil amores, ha sido regresar a todo aquello, volver a aceptar mis miedos de juventud y llegar a pensar que todo sucede por alguna razón; ha fortalecido mi fe en la amistad y me ha demostrado que sigues manteniendo una excelente capacidad y vista poética del mundo
Gracias por confiar en mí, gracias por tu amistad, Gracias por tus letras.
José Luis Quintero
Un amigo de Ciudad Jardín, en Málaga, capital de mil amores.
PROLOGO A “CAPITAL DE MIL AMORES”.
Conocí a Pepe Puchades en aquel viaje de estudios en autobús, de inolvidable recuerdo, con el instituto Sierra Bermeja de Ciudad Jardín, a Valencia, Barcelona, Monasterio de Piedra y Madrid. Eso debió ser a primeros de los setenta. A partir de entonces pasó a formar parte de mi grupo de amigos más íntimos, junto con Pepe Quintero y por ello doy gracias a Dios al haberlos puesto en mi vida.
Quedábamos en la esquina del Banco de Vizcaya en calle Larios, junto a Ceisa, para salir a divertirnos las tardes de los fines de semana, como los jóvenes que éramos. Y en adelante compartimos épocas de romances, inquietudes, la mili en el Campamento Benítez, y sobre todo su enorme generosidad para conmigo, ayudándome y poniendo a mi disposición cuanto pudo en mis comienzos profesionales.
Hijo de José y Serafina. Su padre fue un empresario hecho a sí mismo que se convirtió en el referente en el sector del aluminio y que infundió en sus hijos el valor del esfuerzo, la sencillez y la austeridad.
José Puchades Ferrer, valenciano de nacimiento, enraizado en sus orígenes, vive y se enorgullece como malagueño donde nacen sus tres hijos y desarrolla e inspira su producción literaria, “una poesía del sentimiento y la emoción”, de permanente presencia en sus versos.
En estos poemas 31, que componen “Capital de Mil Amores, Pepe nos introduce en su caminar de enamorado maduro, sin em- belesos por la “Ciudad del Paraíso” con coloridas instantáneas mi- nimalistas:
“en un aroma de azahar,
un sorbo de agua en un balanceo del chorrillo de la fuente, en un ruiseñor que te habla… alguna otra insignificancia”
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Al igual que presenta una poesía, que se evade de círculos labe- rínticos predeterminados y complejidad académica, para avanzar cuidadosamente con estrofas tejidas milimétricamente sin medida, más hacia la profundidad de la intención expuesta que a la ajustada expresión en formas impuestas.
Y de su mano nos lleva por barrios con aromas empapados de la sal del rebalaje, y la luminosidad del cielo claro en el que cada mañana le gusta chapotear. Es, quizás tan solo, al fin y al cabo, una carta de amor adulto y agradecido, con toda la esperanza que este produce.
Quienes hayan compartido con él vivencias reconocerán lugares, personas y amores que en esta obra se citan. Y los que no, encon- traran asequibles, rincones, sentimientos y aspiraciones comunes.
En diciembre del 74 (han pasado cincuenta años) le pedí a Pepe una letra para un villancico con el que nos presentamos a un cer- tamen de los que en esas fechas se solían organizar. Su título era “Niño, llora”
“Me han pedido que te escriba un poema; he recogido mis hojas del otoño
para traerte mi ofrenda.
Quizás alguien te traiga oro, pero mi tesoro es la tierra, he traído las hojas del otoño
para que comprendas mi pena”.
José Puchades Ferrer, 7/12/1ç74
Para quien subscribe, el hecho de que José Puchades Ferrer me haya solicitado estas líneas es una prueba más de su amistad y gene- rosidad pues esta es la única razón que puede justificar que yo haya realizado el presente escrito.
José Luis Ortiz Montero
“Cuando llegue tu barca a nueva tierra pregunta quién tiene el poder… y témelo, desconfía de él, aunque sonría”
Gonzalo Sánchez-Terán.
I
MÁLAGA A LA LUZ.
“ que todos los días que no hayamos bailado, como poco una vez, se pierdan para nosotros, y que nos parezca falsa toda verdad que no traiga consigo, cuanto menos, una alegría”
Friedrich Nietzsche.
El alba se despereza como la niñez;
desde levante un astro tímido lo alumbra con sigilo.
Todo comienza, otra vez, desde la aurora triunfante de la vida con ropa de regalo.
Málaga agasaja a la rosa con su luz; Ciudad de Dios y de los hombres,
de las diosas del trabajo y de la casa. Lugar de musas, de sol y de caricias.
Alma mitad de joven alondra que vuela,
la otra mitad de recio olivo atado a su raíz.
Media naranja de luna de ribera y edificio abraza a la otra media de azules submarinos.
Meticulosa armonía de esta creación que asombre al vegetal, al divino natural
y al humano, con la recostada sonrisa de franqueza varada al sur de Europa
El pasado, ya tan solo, está al trasluz, como la memoria clavada en un monte.
Aspa gigante de cruz santa que nos sana,
nos salva y nos recuenta el tiempo que galopa.
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Pozo limpio de quietud y de inquietud, al trasiego del cirio con su lumbre.
Flor que arropa a la ilusión con la viveza de su manto de barcaza mecida en el azur.
Gran camaleón, con epidermis de traje nuevo, canjea a destajo, al albur su color al tono exacto,
la promesa del progreso que acelera
el campanilleo del futuro en que se amasa.
La esperanza que nos guía se adelanta
a milenarias losas fenicias que sujetan nuestro nombre.
Orígenes oscuros sin memoria y lejanos nos advierten que son sólidos cimientos de bahía luminosa.
Voz de trino es su silencio entre las ramas, cascabel de olas que se afanan en llegar
a esta tierra de dulzura que no rompe
ni su orgullo, ni costumbre, ni su aprecio.
Luz de luces, infinita de celestes encelados, noches de mi noche que tu sombra aclama
como un recio faro incandescente para arder en los tejados de estrellas que nos llaman.
Si lejos estoy, te echo en falta como a la infancia, busco los caminos que me traigan hacia ti.
Si he llegado, me recreo, ya descanso;
estando aquí, en la existencia, es cuando más te deseo.
Ciudad y mucho más… y nada más que un lugar de corazones libres que saben sonreír y laborar.
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Al invierno lo halaga el soplo de poniente
con escenas de rasguños en el cielo con un guante.
Las escamas de la vida escapan de los juegos. Málaga, ya no se asusta, ni se esconde de los retos.
Ni desafiante, ni cobarde, sabe que ha venido,
paso a paso, a bailar… con toda “la vida por delante”.
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PERLAS DE LÁGRIMA.
Pradera de aguas marinas, siembra de barcas, valle ampliado con perlas de lágrima,
donde los boquerones silban
a las sirenas disfrazadas de sardina.
Al principio de la nueva madrugada, luces imprecisas viven en redes
sin cesar de ocultarse como un intruso, mojadas de terciopelo azulina y bucean.
Noche vacilante de estrellas sonrientes
que descienden los peldaños de la penumbra,
dando portazos entre nubes pardas
y bailando la música del crepitar en las hogueras.
Noche con miradas de oro a la sombra de una bodega donde el dulce mosto
adormecido descansa en el vientre de una carcasa de tinaja cerrada.
El día se abre suave con un haz reluciente, como un animalito recién nacido y frágil
que se despereza, se hará adulto y trabajador, apenas con un par de horas de vida.
Y de repente, entre las araucarias al azar, en ese precioso momento,
es cuando comienzan las perlas de lágrimas de nácar a vivir… a brillar amaneciendo.
MUY HOSPITALARIA.
Capital en el punto exacto donde gira el aire.
En el epicentro donde termina el sudeste estepario de mar, donde las colinas, los riscos como los gatos, huyen del oleaje.
Del otro lado, el oeste irregular de altiplano, donde la luz solar avanza
con cotidiana parsimonia, se despide, nos guiña y descansa sin mirar a nadie.
El lugar principal del universo radica donde nuestros pies se plantan.
El punto, preciso, se modifica según… y cuanto se camina.
¡Ese, solo ese, es el eje del mundo!
Ciudad de refugio con compuertas abiertas, madrigueras coquetas sin ventanas,
ni misterios obtusos que ocultar.
Babel de lenguajes y ascensores con maletas.
Lugar, no voy a mentir, como otro cualquiera, con verdes de jardín, tierra fértil
y piedra estéril, vías robustas de tren, dientes de plata y de marfil.
Tras cada oscuridad hay un temor
que se esconde bajo la almohada del sueño.
Se asoma una sonrisa en la boca del iceberg ocultando bajo el agua salada el resto de su cuerpo.
Muy noble, canta el lema de su escudo.
Pueblo de faro, de limonero, palomar
y de galera, de canción por malagueñas, pandereta, violín nervioso de verdial… garganta con cuerdas de saeta.
No es un lugar tan especial,
con rosal en rosaleda, con pescadores de madrugadas sin temporal,
con huertas de cañas para la miel a las afueras.
El sol, como en todo lugar, en otro sitio, tuesta las mejillas, el viento recorre
las callejuelas de laberinto despeinando los flequillos de niñas que buscan sombra.
Baile de pétalos en flores blancas, malvas… amarillas.
La luna de alondra curiosea las noches con garabato de linterna, los murmullos
de amantes son los mismos, las luciérnagas discuten con los grillos del estío.
Es una ciudad cualquiera, pero en un aroma de azahar, un sorbo de agua en un balanceo del chorrillo de la fuente, en un ruiseñor que te habla… alguna otra insignificancia.
Ahí comienza la diferencia.
GUADALMEDINA.
Rio seco de piedra rodada,
arenisca, hojarasca, llaga abierta y ortiga, Guadalmedina de cuchillada.
Agua por un día de travesía
entre edificios ancianos que se miran a la cara preguntándose los años.
Ambidiestro, rectilíneo como la luz, el cauce huidizo del pan con hambre de aceite y moscas en la cocina.
Minúsculo hilo antaño de riego sin edad, ni conciencia que alienta rescoldos de pequeñas memorias.
Soles de poniente alumbran cortinas, desconchones de disimulo
en las fachadas orientales.
Aristocracia de recio postín
recién inaugurada, de ladrillo barnizado y azulejo multicolor.
Soles de levante alumbran ceñidos callejones de Trinidad,
casas bajas, gatos desengañados de amor.
Almacén de postales que sueñan paisajes en el pasillo vetusto de ilusión apilada, iglesia y severo cuartel en guardia.
Cristaleras donde se reflejan en sus vidrios frágiles el espejo
malhumorado frente al día injusto.
BAHIA.
“El agua, como un ĩálamo amoroso, te ofirece sus crisĩales movedizos donde tiendes tu cuerpo luminoso.”
Salvador Rueda.
Media luna de bahía irregular e invertebrada; asta puntiaguda de toro mal afeitado
que descansa junto al agua.
Casi siempre mar en calma de caricia.
Mar que ríe, camina, que mece
y acurruca, pocas veces mar que riñe, que lucha, mar que grita
su bravura astifina y amenaza.
Mar de yunque golpeado, como la vida, con martillo de cristal, de fragua forjadora, de lecho de pétalos, de mullida almohada
donde acomodar los sueños con pizcas de sal.
Siempre mar al frente y a las espaldas.
Luz gris, verde tenue, azul marino anaranjado que me ve surgir de las galerías
de un mar descolorido.
Que me ve sobrevivir con la dolorosa levedad de un cuerpo zarandeado a la deriva,
sin la noción del astronauta con la gravedad perdida.
Con la inconsciencia de una habilidad desconocida, comienzo a sujetarme hacia la orilla
con pasos oscilantes de péndulo agotado.
Salgo del agua ungido de muerte,
con el brillo de la humedad embadurnado y en la frente renaciendo al día venidero.
VALLE ENTRE MURALLAS.
Montes de Málaga me guardan.
Alfombras cóncavas mirando los bordes de África con arrugas de pinar brillante de esmeraldas.
Observan cómo germinan despacio edificios
de orugas verticales que alumbraran mariposas, niñas hermosas y delicadas,
aleteos en laderas de piña irregular, rascacielos medianos de uñas cortadas, de cristales templados que nos guardan.
En tierras y campos se extienden hormigueros al viento para hormigas de dos piernas,
en casas plantadas a flor de piedra y arena
sobre el valle del Guadalhorce, con el rito usurero de arañar espacios de huerta al limonero,
a los naranjos, a la higuera, a los árboles del níspero.
Desafiantes mantos ásperos de azotea hirviente, capuchones de tejas encarnadas,
piel febril de armadillo dispuesto
a las calderas ardientes del estío, antenas de erizo,
solapa de gajos para lluvias escasas.
Calladas nubes veloces color calabaza que el viento azuza,
y a su paso nos miran…
bajo un cielo pintado a muñequilla,
con esmero, dan sombra a veredas doradas en los montes de Málaga.
VEGETACIÓN.
“Los jardineros de Alejandría llegaron a crear un rosal magnético para aliviar con sus flores
las indecisiones de los navegantes.”
Rafael Pérez Estrada.
Yo vi sonreír el eucalipto a la palmera, la palmera al pino piñonero,
la chumbera al almencino, el geranio a la primavera.
Yo vi crecer la caña de azúcar a la salida del tren… camino a Torremolinos.
Yo vi a la adelfa de frontera,
a la yedra trepadora haciendo muro de hojarasca, hospital de insectos,
fachada fresca de bandera andaluza sobre la cal.
Yo vi a la dama de noche adueñarse del afecto del aire.
La gitanilla bailarle colorida… al ficus benjamina con el viento, el mandarino tocar las palmas
con su locura esperando abril.
Vi al pinsapo cantarle al pino carrasco.
La sonrisa a fragancia intensa de jazmín,
su reunión de familia, en biznaga aún perdura.
ETERNIDAD.
La ciudad no quería perecer,
y en los oficios de sus hijos buscó eternidad.
En el pintor que le dio paz a la paloma, y palomas a la paz.
Que dio luz a la tristeza, y a la tristeza conmovió.
Que golpeó a la injusticia, y la injusticia se tambaleó.
Pintores que eligieron la belleza serena, la preciosa impavidez adormecida.
La belleza despierta y rutilante,
el sueño hermoso que no termina.
Actores con epidermis de camaleón, ojos que viajan por los focos del mundo
con las máscaras del truhan… y del amor.
Bandera de una nación infinita con espíritu de rincón.
Escritores y poetas, editores de raigambre,
lunas contemplan sus obras y soles las alumbran.
Cocineros de mantel de hilo fino y de papel, espeteros de caña, sardina, gazpachuelo y jurel.
Arquitectos, artistas, comerciantes fenicios, albañiles, camareros, sefardíes y conversos,
médicos, vinateros, policías, maestros y cantantes, naturales y extranjeros por la ciudad se dejan querer.
Todos conversan con el cristal de las medusas, galopan a lomos del caballito de mar,
les deslumbran sus estrellitas vivas
de minúsculas láminas de plata… y de sal.
Trabajadores, todos, alimentan esta tierra, con sudor en la frente, tesón en la testa
y lágrimas por la cara, estiran todos a una
su edad milenaria más allá de una estrella fugaz. Más aún de la aurora boreal.
PERCHEL.
Callejones del perchel,
donde los gatos maúllan por malagueñas, sobre la humedad entre la piel
de solería empedrada en la calle.
Recodos de aire caprichoso donde el universo se empequeñece y pasean los gigantes,
donde se esconden los invertebrados deseos. Donde el detalle más pequeño se agranda.
Casas a las afueras de murallas derribadas. Adoquines de alma arabesca y cristiana que aún recorre los misterios de esquina,
de torcedura de trasiego, de luna con hadas.
Humildad en las macetas de campanillas silvestres y clavel que acaricia con sus pétalos sonrojados al son que, a la guitarra,
les marca Rafael Flores “El Piyayo”.
“Dios mortal” cumpliendo el adjetivo: sucumbiendo, desapareciendo.
Y el sustantivo… perdurando.
Neblinas con notas de oro perpetuas dibujan sus manos de mármol y madera sobre el tiempo, por siempre,
de magos con trucos adormecidos.
Callejuelas y placita donde la tarde advierte la penumbra y frescura venidera, donde se rinden las armas y los cuerpos se entregan a las ramas del olvido.
Pensemos, ilusionemos sin temores, ni arrogancias… el mañana.
JARDINES COLGANTES.
“No me causa miedo reconocerme,
ni busco a nadie, no. Le has dado a mi semblante sin saberlo, una luz interior que me hace fiuerte,
para mayores soledades”
Manuel Altolaguirre.
Rincones en Puerta Oscura de atalayas floridas, frondosa ensombrecida senda
con recovecos para besos en la comisura.
Besos absortos que buscan ser amantes jugando al escondite con sus miedos;
manos que se hacen alcoba de yedra trepadora.
Prudencia, que hay inocentes niños paseando en la claridad descalza de la espesura.
La oportunidad salpica a los amores suplentes.
Babilonia busca jardines con templos
del árbol de la vida… de alegría indómita. Miradores de nácar perduran con sauces llorones.
En mosaicos cerámicos, en fuentes de agua bendita nadan peces zafiro
con la anaranjada cárcel de ataduras amargas.
Susurro frío de oscurecidas letras gravadas a navaja en troncos de corazones antiguos que aún palpitan, sangran hortensias…
clavelinas de dulzura.
MEDITERRANEO
“En el fiallo de todas las sentencias se oculĩa una inscripción:
perderse es encontrar otro camino.”
Juan Manuel Villalba.
Sonoros puntos cardinales te señalan sin pedir cuentas de cristal, ni lóbregas monedas de cobre, ni ancianos cofres relucientes de lata
recién acarreados de las islas del tesoro.
Despides Mediterráneo a tu poniente, recibes Mediterráneo a tu levante, miras a África y no la encuentras entre la bruma acostada al horizonte.
Tribus nómadas navegan a la ventura buscando tu fondeo hospitalario
de goletas, navíos, barcazas.
Velas al viento, timón de cordura.
Luces sin trabas alumbran suaves luciérnagas flotantes urdiendo madrugadas.
Almaceno en mis parpados
tu verdad indulgente y portuaria.
Balsa gigante de frontera liquida entre el norte del verdadero sur, y el sur cálido del norte gélido.
Lago marino con urgente puerta de huida.
Ortografía dibuja fechas perdidas, iniciales y signos de amor en la arena de improviso, provisionales por si acaso,
con sabor húmedo a tierra prometida,
a lugar de siempre, a media naranja por exprimir, con sus terráqueos gajos cortados en palabra de honor
sobre el balcón del agua.
RIBERAS.
Lucidez y empedrado conviven
junto a la brusca herida divisoria del rio, donde se desvanece el laberinto del pasado,
el tacto de una temeraria hermosura imprecisa.
Como un rumor tambaleante escrito en el vaho opaco del cristal esmerilado, la luz anémica prepara minuciosa
la fraternidad de unas razas por puentes unidas.
La humana enfermedad mortal de cacería constante termina.
Escapa de las calles con aceras movedizas donde se enquistan los anhelos.
Los fantasmales augurios se desnudan de sus velos cuando la certeza
reparte las penitencias veniales en las orillas de las dos riberas.
La desembocadura se aprecia con sosiego, como el final de una carrera de galgos agotados que aúllan a la liebre que persiguen que pare, que se detenga, que no muerden.
No hay cansancio en los regresos de promesa. Ya se observa al frente, a ras de suelo,
la paz que acuna mi existencia.
La inmensidad de un planeta diferente: azulado, turbio, aplanado, sin aire, repleto de seres con branquias,
con aletas, con escamas.
GOLONDRINAS.
“¿Qué es la poesía si no puede salvar a una nación… o una persona?”
Czeslaw Milosz.
Ciudad de mil países con sandalias de idiomas perifrásticos rodeados
de palmeras, aves del paraíso, ficus y azafrán, como una bufanda de aire renovado.
Ciudad con cuerpo de hogaza blanca de pan mordisqueada por los dientes azules del mar.
Palomas y gaviotas se reparten
mástiles temblando y estatuas de farolas.
Bandada de mil golondrinas paseando en los techos del “puente de Mármoles”,
candiles en la altura trabajan de vigilante disecado, sentados en la “tribuna de los pobres”.
Tejida conspiración de las esperanzas, ebrias de estrellas, saciadas del mijo alimentario, de alas y pico sin vergüenza.
Calles que se adentran en las postrimerías, en las tierras generosas del limonero, pinares en sus caderas, faldas de amapolas.
Como una preciosa rosaleda triunfante frente al rescoldo dorado de una hoguera que perece cuando todo está recién nacido.
Todo lo antepasado de muralla era de difícil comprensión.
Era otro pasado en otra luz,
en otro misterio más antiguo aún, en otra percepción de vida.
A pesar, sin pedirlo ni quererlo, forma parte de nuestro origen.
Sí, ese lugar recóndito de vestigios
es donde se explican los propios límites, nos pertenecen y sin pudor nos señalan.
ANTEPASADOS.
Un libro cerrado donde tememos acudir a buscar una verdad que nos inquiete.
¡Qué nos acuse!
Ahí, y solo ahí se soportan nuestras cicatrices.
Una mano inocente de ciudad, que te conoce, te toca la espalda, te saluda, en confianza… te habla.
Cabizbajo en tus asuntos, te giras sorprendido, ante una voz suave
que te dice: ¡vive!
¡Levanta, no decaigas, continua, empuja… y viviremos juntos!
te.
LA HERMOSA TARDE DE LOS POBRES.
La perfecta línea horizontal divide los aterciopelados celestes a lo lejos, inalcanzables como siempre.
Como deseos que cuando se alcanzan mudan, se deprecian. Se desprecian.
Nos sentamos a hablar de los anhelos como castillos de barro y ferralla en el bajo muro del espigón viendo como los niños corretean en la arena.
Descalzos ángeles sonrientes tan parecidos a seres felices.
Sobre el mar aplanado, una bandada
de balandros compiten en el tapiz marino con sus velas blancas de algodón de azúcar.
Trasluchan balanceantes entre ellas con el aire a favor sobre un pentagrama salado.
Más allá, la majestad silenciosa de la montaña
todo lo contempla y lo permite, como un Dios benevolen-
Alberga águilas y liebres con una libertad inusitada.
Arriba, por el cielo, las viajeras nubes coquetean de frente a la cara con el viento resistiéndose al procaz manoseo.
Se desgarran, se dejan llevar, abandonándose…
en el juego de esconderse contra su voluntad a contrapelo.
Hay un fuego lento con leña áspera
de rescoldo dentro de una barca varada donde despacio tuestan el pescado.
Donde crepitan ascuas y la humareda caprichosa se reparte.
Un ejército de gaviotas alza su vuelo redondo de travesura entre el agua, la piedra y la tierra.
Un escenario de telones azules suaves les sonríe; sobre tablones donde pasean bicicletas y patines.
Esta tarde se asemeja a otras… desapercibidas, sin memoria,
en un paraíso carente de pecado.
Las manos fabrican caricias sigilosas que se acercan al azar.
El horizonte recto de agua y cielo se tambalea, con su distancia perpetua
y su frialdad crepuscular.
Las palabras se han parado, los besos ya comienzan…
La vida inesperada, hermosa nos asombra. Aunque no lo creas, también su belleza nos acecha.
TRASHUMANTE.
En carretas de madera barnizadas,
buques metálicos de remaches oxidados, camionetas y autobuses de postguerra, maletas de cartón con cuerdas amarradas.
Buscadores pobres del oro de futuro esperanzado con hatillos anudados a una caña.
Tesoro escaso de trashumantes
con posesiones efímeras y zapatos sucios.
Coches viejos descienden por la calle
de curvas sinuosas sin casas en la montaña que abriga el sol cuando nace temprano, hasta cuando… se despide sin ruido.
Familias aventureras de ojos asombrados han llegado y han sido recibidas con abrazos.
Con todos los esplendores merecidos, en las bienvenidas al huésped honorario.
Al día siguiente, como uno más de la cabaña. Vienen huyendo, sin saberlo, hasta Málaga.
Les esperan horas de penalidades calurosas, aventuras destempladas, incertidumbres, fatigas, constancia en los trabajos.
Razas nuevas hospedadas en barcazas hogareñas de ladrillos con ventanas de aluminio.
Orquídeas delicadas en el jarro de porcelana que dedican su belleza a la sonrisa de los niños.
ARENA DESNUDA.
“Al encontrarlo, un ángel negro, una gigante sombra, se me acercó a los ojos,
y entró en ellos silencioso y tenaz igual que un rio”
Emilio Prados.
Como una sirena de Capri esperando a Ulises, varada, inmóvil, permanecía casi desnuda, tumbada sobre la rubia arena frente al horizonte.
Despierta, inquieta, las oscuras gafas de sol escondían en una emboscada secreta
el misterio obtuso del color de su mirada.
Sus nalgas, sus pechos verdaderos al descubierto observaban, como un escaparate de canastos
de fruta fresca, mis pasos por el rebalaje del agua.
Ocultaba su intención, todas sus aspiraciones; deslumbrada por los rayos de luz reflejados en la calma.
A cambio ofrecía el esplendor de su geografía en plenitud.
En un inesperado instante, por sorpresa, aquella estatua de bronce caramelo se levantó con su cuerpo de ninfa… y se adentró en el mar.
Aquella perfección de esbelto campanario de aguja cimbreante…de catedral llamando a oficio al feligrés
de la belleza, se inició con tan solo unos leves movimien- tos.
Aún no había terminado mi paseo en ese escenario
y aquella juventud tan desbordante, quizás tan ingenua, aquella gracia de lirio de Etiopía… me sobrecogió.
Quizás, por haber olvidado tanto desboque en el encanto, tanto silencio… bendecido, tan enorme resplandor.
Me sentí gratificado ante esa exposición;
transeúnte sonrojado, agradecido refugié, yo también, la mirada tras mis viejas gafas de sol.
BODEGA QUITAPENAS.
Pequeño…
terso vientre redondo de uva.
A la mano luna en racimo verde de ojos verdes esmeralda,
o tostada mirada dulce guardada en el vidrio.
Tierra removida al sudor de sol y esfuerzo de agua,
en sarmiento de andamio frente al aire.
Alquimia de milenario milagro, con paciente gestación tranquila
en la oscura cárcel de tonel y tinaja.
Libertad en la boca. Dorado resplandor suave.
Luz de alma serena esperándote sin temor entre la piel de cristal.
Vierte el enrojecido néctar de la vida
o su pálido polen líquido
en la copa de transparente azucena. Despierta, bebe, comienza… la risa.
No está la alegría, saltando sobre los días, buscándote… sin que te sacudas la tristeza.
¡Sin que te quites la pena! Sin, que de una vez:
¡te arranques la pena!
CIUDAD LIBRE.
Tus leyes, entre letargos de calles del aire, se escriben con tinta negra de calamar sobre papeles mojados en agua santificada de azahar.
Por el rio seco navegan pájaros
sin sueño alimentados de insectos,
en esa ciudad libre que entre la alameda y el parque… desemboca un puerto.
Ciudad que rompe soledades de espigón con solo alzar la vista cara al viento; cruza una bicicleta de carmín primavera bajo solemnes ramas de higuera.
Una única caña de pesca oscila en una piedra con su hilo de seda, esperando recompensa de la nueva madrugada. Una familia de gatos desdichados permanece a la espera.
El oficio sencillo de observar el panorama, sin ruido, discretamente nos acompaña
en esta tierra fértil; una cerveza fría,
unas aceitunas… y echamos raíces de jacaranda.
Habrá una raya leve de dibujo en el suelo, entre la tierra de azada y de ladrido,
otra en el agua, más profunda, de vértice de barca.
Solo el iluso y la vanidad aspiran a eternidad. Esta reunión de casas habitadas llamada Málaga sabe muy bien donde está y lo que quiere.
Las ciudades honestas solo anhelan ciudadanos felices. Si es así: esa ciudad será envidiada.
Se hará invulnerable… indestructible.
EL PLANO EN EL DESVÁN.
Capital de provincia sin importancia, casi nada, más allá de un asmático orgullo rocoso y ancestral. Milenios la contemplan con su serenidad.
Se acudió a la búsqueda de oportunidad,
de progreso sin alharacas, con derroche juvenil. Lugar de refugio laboral con excesos.
Era de una belleza esbelta sin presumir,
teatro de Roma enterrado, fortaleza musulmana. Encaramados miradores a las callejas de catedral.
Palios, capirotes, cirios, vírgenes y cristos de grandeza. Farolillos, lunares, palmas al son de guitarras de fiesta con un discreto orgullo aristócrata de humildad interna.
Una franja de viviendas acostadas, o algo parecido, entre un valle y unas montañas donde el viento
de levante las refresca y el terral las recalienta.
Anduve por el barrio de Las Flores,
las Mangas Verdes, la Tana, el Molinillo.
Viví en la Sagrada Familia de Ciudad Jardín junto al rio.
Caminé por San Andrés, la Puerta Blanca,
el Huelin de pescadores, el camino viejo de Churriana, la Trinidad del Cautivo, el mismísimo Perchel.
Me iluminé en el barrio de la Luz,
en el Torcal compartí, en el Bulto y San Rafael, en Miraflores de los Ángeles bebí en sus jarrones.
Bailé en las verbenas de los caminos de Antequera, probé la leche de fresa, de pantera y la cerveza.
Me excedí en las ventas del Puerto de la Torre.
Me emborraché en la Campana con dos Pedros
frente a la Plaza de Toros junto al Cementerio… Inglés.
Viví en la calle Mármoles, mi abuela en la Calle Tiro. Jugué a la pelota entre los eucaliptos de Martirícos, descubrí los espigones del Palo y Pedregalejo;
en sus aguas buceé.
Hay un lugar que no necesita apariencias ni disimulo junto al monte con corona forjada de virreina, sencillez multiplicada con palmillas de palmera.
Fenicios, romanos, árabes acudieron a su llamada. A esta carcajada con penas de bahía en el mar.
Castellanos y judíos, fieles e infieles, legales y forajidos.
Hay un plano de esta orilla olvidado en el desván donde está dibujado cada hora de esfuerzo,
cada rebeldía infantil, cada beso, cada alegría.
Ciudad abierta, que convive sin destacar,
que no quiere darse la importancia de desvelo, de la arrogancia si tu no se la quieres dar.
Disfrútala y no la juzgues.
Los paraísos antes de perderse son así. No tiene nada que ocultar.
PASEO DE LA FAROLA.
“Propongo yo misma mi balance entre firuĩa y olvido; entre amor y desprecio con las luces del alba,
o las yerĩas palabras que acoge un laberinto de nácar y las vierte contra el rumor del puerto.”
María Victoria Atencia.
Al final del paseo de su nombre, inesperada, con unas ráfagas intermitentes de luz anciana,
se abre paso “la farola” entre un desfile de palmeras como estatuas coronadas de vaivenes.
Es apenas un torreón solitario enfrentado a la tiniebla de la inmensidad.
Un claro de haz brilla en la densa escaramuza que barre la oscura solería liquida del mar.
Trabajo de advertencia a los desencaminados con los pies en el agua de cimientos profundos.
A los necesitados de guía mar adentro, con un destello de asombros imposibles.
La voz cautiva en los días castigados,
afónica, sin el esplendor de faroles migratorios
y su salvavidas con lumbres de aliento, grita. Torre de vigía que predice un desembarco.
Primer paso hacia el piélago por delante, hacia atrás, un traspié en tierra firme.
Y DE AMOR… ¿QUÉ?.
Pongamos algo de orden: Primero fue tu forma de mirar,
igual de claro que turbio en un momento. Ahí empezó el misterio.
Segundo, era tu boca de exceso frutal. Ese sencillo detalle de apéndice carnal tan imposible de besar con desinterés.
Aquella serena indiferencia falsificada que ocultaba un alma en llamas,
como una granada a punto de abrirse por sí sola.
Aquel talle esbelto de primavera prohibido para alguien proscrito como yo.
De ese cúmulo de libros escritos
con tu nombre que no supe entender si no era adentrándome.
En aquella conjunción de estrellas venenosas me enamoré de ti.
Tenía razones sobradas para hacerlo, con la más consciente…
de mis inconsciencias.
En esta ciudad consagrada entre biznagas, bajo las sombras cómplices de los amantes
tumbados en la arena entre barcas varadas… te amé.
Te amé bajo los almendros del extrarradio, en los portales opacos, en las azoteas del aire,
bajo los árboles junto al mar, sobre los helechos.
En los recónditos aparcamientos solitarios de los restaurantes cerrados,
cuando oscurece, te amé sin límites.
Pero lo que más amé fue tu devoción; que dejases de tratarme como… alguien desapercibido,
Que me trataras como nadie hasta entonces lo había hecho.
Con el tacto de un hallazgo dado por perdido.
Como un mineral precioso me observabas con respeto,
con la admiración de un valioso logro.
Dejé de amarte a ti, para empezar a amar, exactamente, como me amabas,
y era más que suficiente.
Todo transcurría hacia el parnaso
de los dioses y las musas, entre naranjos que no dejan de hacerse ofrecimientos.
Tanto embeleso sucumbió como lo hace todo lo hermoso que el tiempo puede derribar.
Hay demasiados enemigos invisibles al acecho.
Un barracón infundado de sospechas entre aspiraciones truncadas.
Déjame mantenerlo en un poso
de la poca memoria que aún me queda.
Aunque ese recuerdo de los rincones de Málaga, de aquel monte sagrado, con ventanas y escaleras a sus cielos, sea yo el único en retenerlo.
ALMEDRO, LIMONERO.
“Azuloscuro y sabio es el deseo, lira que desde lejos obligase a la danza, a componer un himno de latidos:
la sola inteligencia de vivir en deseo perpetuo de naufiragio.”
Aurora Luque.
Quisiera ser almendro o limonero, para levantar la mañana imperturbable desde la tierra adoptiva hasta el cielo.
Sombra de copas paraguas, lunas de plata, óvalos de oro rodando inexactos al suelo, evitando los besos amargos de pomelo.
Ciudad con edificios de alma, ilusión urdida y esperanzas fundadas frente a las estructuras de olas mirando fijamente la tarde.
Los pacíficos pájaros emigrantes entre blancos y grises, a su trasiego reciben y abandonan la bahía entrometidos en su bandada de ejercito al aire.
Disimulan soledad danzando sobre los arboles de esta ciudad ajena al hielo, carente de odio, de maldad palpitando entre sus dedos.
Quisiera ser almendro o limonero con raíces crecientes en esta tierra digna; alondra, ruiseñor sujeto entre las ramas, alzado aspirando la libertad…
que estas calles me regalan.
Los recién llegados
hemos sido bien recibidos.
Nos hemos abierto paso
HUIDA HACIA DELANTE.
abandonando nuestro origen.
Solo traemos un destino intrépido entre ceja y ceja:
huir del hambre y la pobreza.
Conocemos el precio exacto para conseguirlo: la constancia en la sagacidad
del trabajo y… la sonrisa.
Sobre el primer risco que bosteza, el vértigo inanimado con los pies
sobre una piedra se escabulle con frecuencia.
Con la decisión del orgullo
de una tribu leal a la creencia que el oleaje estalla siempre en espuma.
Se observa, tras las brasas del tiempo, el desconcierto que aún no capitula, en las siluetas del silencio sobrecogido, frente al féretro de un fracaso.
Casi siempre, la supervivencia
se convierte, irremediable, obligatoria de forma cimbreante, en la escaramuza circular de unas monedas.
Los minuciosos días vacilantes se persiguen entre ellos, acarreando sobre nuestra espalda el pesar de sus distintas tristezas aturdidas para la misma escasa lluvia obnubilada.
Seguiré trasladando mi cadáver por lugares inverosímiles, llevándolo a beber, a vivir… a bailar, a dar sus últimos pasos infinitos
por una existencia sujeta a la búsqueda de un poema…
Al amor desperdigado de unos hijos, y reunido en una mujer cuyo nombre solo ella bien lo sabe.
A volver a admirar el paisaje, humano también…
con la mirada solo de sus ojos.
XXV
AQUELLA CASITA DE MÁLAGA.
“Ha sido un largo caminar a oscuras rastreando esĩas palabras huidas en la sombra.
Se oculĩaban lo mismo que se oculĩa y se pierde la voz de un país sometido”
Rosa Romojano.
Los niños siguen jugueteando por la playa, las madres les ponen cremas por la espalda para protegerlos.
Que apariencia de eternidad a tener en cuenta. Regresamos a la casa por la tarde.
La sombra de refugio del árbol de aguacates no era tan grande como imaginamos.
Esos pespuntes de sol no nos resultaron tan extraños.
Las contraventanas confiadas permanecen abiertas con un color desmesurado buscando identidad.
No quise cambiar nada, ni el búcaro en el mantel sucio de la cocina, entre las moscas rondando migas de pan junto a frutas frescas del verano.
Todo me gustaba así, quizás como tú eras.
Quizás tan solo con algo más de pintura
en la pared del tono de viveza… que prefieras.
Sobre la mesa había poemas de tristeza esperando tu silencio, tu media sonrisa, y solo encontraban una lágrima porqué hablaban de nosotros.
Encima de la repisa de la entrada encontré un sobre vacío de promesas con mi nombre: deduje una despedida.
En aquella casa de trinchera en un barrio obrero (de Málaga) fui dichoso intentando que tú también lo fueras.
Todo cansa, el patio, el ruido de la calle,
el repetido murmullo, la misma almohada.
Los espléndidos jóvenes llenos de vida,
hasta los adultos aburridos de la misma insistencia de las horas, se dispersan.
El nombre del fracaso, del olvido traicionado, de la indiferencia hay días que parece el mismo.
Si los que te rodean no son felices, tu felicidad no sirve. Aquella cómoda casa con terracita sin amor,
de flor marchita se convirtió en un lugar árido.
Hasta esta ciudad, sin amor, semejaba una ciudad… dolida.
Aunque fuera vencida, perdida por un instante; una apariencia… por poco tiempo.
ANTIGUA MONEDA.
El afán de un mundo hostil rodea la belleza.
Se apresura a malgastarla como una moneda antigua o una campana muda puesta boca arriba.
Aquella aldea, a la sombra de los tiempos,
se ha multiplicado como el cuerpo de la ballena, que de embrión agranda al mayor de los mamíferos.
Aquel lugar brillante de media luna acostada junto al mar ha sido amorosamente invadido por los ejércitos provisionales de visita.
No es un armisticio pactado entre bandos, ni una rendición a la desesperada.
Aparenta más una bienvenida.
Acercan sus sonrisas a los mostos dulces,
a la humildad del habitante habitual que camina con orgullo terrenal… del que ha sido de aquí.
De donde decidió no huir.
Capital de mil amores donde las horas intrascendentes pasan a ser decisivas
para ser feliz con su liturgia acostumbrada…
Hay un déficit trágico aquí superado
de consciente armonía que solo nos elige para gritar las ganas de vivir.
Todos los senderos asfaltados confluyen en azuladas luces deslumbrantes con advertencias que previenen oleajes.
LOS RELOJES DE DALÍ.
“Es la tierra de nadie quien marca la firontera entre nuestro propósito y la página en blanco”
Francisco Ruiz Noguera.
Hay capitales enteras en una sola calle, hay países encuadernados en una plaza, universos libres que dormitan
en rincones… de una tarde.
En los silencios de la sombra de un jardín crecen saltarinas risas de gorriones,
entre la música de azucenas las abejas escarban por su polen.
Los relojes derretidos de Dalí,
surrealistas, en Málaga dan las horas puntuales, cuando ganamos, por sorpresa, la noción
de no haber perdido el tiempo.
Una caudalosa ciudad convertida,
de repente, contra el viento de poniente, con el esmero del detalle,
en el proyecto fallido… de paraíso perdido.
Es un torrente adelante de pétalos de alegría engarzados en una biznaga…
a un latido.
ETERNA CUIDAD PARAISO.
Llegué a la ciudad de oro en la mazorca, del dulzor de la caña de azúcar en la boca.
Unas ordenadas calles que querían ver el mar. Desordenadas esquinas desnudas esperando el sol.
Todo justifica haber llegado al paraíso. Nadie se perdonará haberlo abandonado.
Solo caminé por ella y tu cintura… sabiéndome salvado. Fuera de ellas deambulé perdido.
Terrazas y comercios jadeantes, tumultos artificiales rompiendo una calma inexistente en mí.
Solo, accidental, se parece al deseo más soñado. Nada es como imaginaba…, tan perfecto.
A veces, se busca un lugar definitivo para siempre que te amarre como un navío que nunca naufraga.
Cuando el cielo se hunde hay una ciudad que flota detrás de las montañas con sus luces encendidas.
Con sus perros por las calles y sus mendigos,
sus personas modestas y sus millonarias ilusiones.
Una fuente, una callejuela, un rincón de aire
entre los árboles que sobrevive cuando todo se disuelve.
Es una gran ciudad, majestuosa en orgullo
con una sola calle, una sola casa con una sola ventana.
Donde se asoma una mujer de nombre extraño… tan hermoso que coincide con el tuyo.
LA VIDA.
“ yo me iré; y esĩaré solo, sin hogar, sin árbol verde, sin pozo blanco, sin cielo azul y plácido/…/
se quedarán los pájaros canĩando.”
Juan Ramón Jiménez.
Habré de morir: lo acepto.
Querré morir en esta ciudad superviviente que perdura incesante
entre trompicones y afectos.
Tendré que hacerlo también hacia el olvido. Nada quedará de mí,
y eso será lo bastante.
Si acaso un libro escrito con mi letra entre la pila de libros de la casa
y algunas fotos indiferentes de aquel entonces.
Yo habré hecho mi trabajo,
y la muerte hará el suyo inclemente, sin resquicios ni perdones.
La muerte, desde siempre, me reclama. Me persigue… yo la esquivo.
La vida me esconde.
Pronto la muerte inexorable me dará alcance.
Simple señal de que he vivido. Nunca sabré hasta donde.
ARQUITECTO.
“Le llamamos Dios a todo lo desconocido que nos dio el primer aliento.
Que nos justifique.”
En esta ciudad de quejosas naderías sobre el calor medieval que sufre el sur y la frialdad que desborda
la humedad otoñal advirtiendo
del final de octubre, se aprecia un aroma
que ha vencido a la muerte.
Perdurará más allá…
de los correteos infantiles
que a la velocidad de la tortuga se han hecho añicos,
de las viejas palabras derrotadas por los tiempos
que discuten entre ellos.
Por esa memoria que nos devuelve aquellas ataduras a la vida,
a las obligaciones…
a los perennes amores de hoja caduca
ya difuminada… y a los nuevos que crecen en la añeja geografía con las mismas pieles.
A esos destellos que construyen
las azarosas hebras mezcladas del ahora y del porvenir perpetuo que acudirá endurecido con esperanzas endulzadas.
Tan solo vivir aquí de pie,
erguido, zarandeando la adversidad y su vicisitud
en un lugar soleado, hasta en la crudeza invernal, da sentido a la existencia…
A la creencia de quién fabricó todo esto.
¡A quién nos permitió estar aquí, buscad un nombre y ponédselo!
También dadle las gracias.
Créeme, hazme caso:
XXXI
CARTA A MI NIETA MARTA.
(A sus diez años, el anhelo más longevo
de perdurar en la memoria. La última brizna florecida en Málaga de mí estirpe.)
Tu no provienes de la costilla de alguien dormido, ni de la soñolienta tribu esclava que vagaba errante en el desierto a la búsqueda de tierras prometidas.
No has llegado para hacer el mundo más redondo, solo más eterno…, ni a cargar a tus espaldas su pecado. Ni a que te limiten con medias lunas ni con cruces.
Tu eres la dueña de la tierra que pisas y sus baldosas donde el olivo de tus horas, lento, agarra sus raíces
entre las amapolas y las músicas que nadie más que tú eliges.
Haces bien, como el humilde mar, aprendiendo de la constancia de las olas,
para que las cicatrices tracen sus propios rumbos,
Haz como hacen las palomas desde sus cornisas, desde las palmeras de la alameda que sale al puerto, enseñando a volar a las gaviotas.
Eres por ti sola, sin pretenderlo, el suave destello
de una estrella que alumbra a plena luz del mediodía, ahuyentando al desánimo en la serenidad de la penumbra.
No has venido a un país buscando príncipes
con estandartes de oropel y carrozas donde pasearte. Vienes buscando el conocimiento que te fabrique el futuro.
Tu eres la única propietaria de tu cuerpo
y de la extensión creciente de tu piel para que la abrace sin claroscuros, solo, quien tú admitas a esa fiesta.
Recuerda estas palabras:
“Que no se desvanezca nunca tu conciencia, ni por el mejor aspecto de la costumbre.
No te acomodes en lugares extraviados
y decide siempre cuando dejar de ser ingenua.
Sin permitir que nadie te derrumbe,
ni te empuje en el borde de los acantilados.
Que tu voluntad jamás se adormezca,
ni que el resplandor de la oscuridad te deslumbre.”
Tú serás la poseedora del trayecto de tus días, sorteando las arenas movedizas
y las piedras escarpadas del camino.
Tus dedos harán el chasquido de alegría en la fogata hermosa de tus noches.
Tú pondrás los rayos necesarios a tu amanecer hasta que tu mirada vibre… brille
en la partitura de augurios que mejoran la esperanza.
Tú has venido con el elegante traje de mujer y avanzas sin fronteras que aten la libertad…
de tus ideas, de tu corazón, ni de tu alma libre.
CAPITAL DE MIL AMORES
Índice:
Introducción…………………………………………………………………………… 13
Prólogo: “Afronta tus miedos…” José Luis Quintero Maeso .. 17
Prólogo: José Luis Ortiz Montero……………………………………………… 1ç
I.- MALAGA A LA LU\………………………………………………………… 25
II.- PERLAS DE LÁGRIMA……………………………………………………. 28
III.- MUY HOSPITALARIA……………………………………………………… 2ç
IV.- GUADALMEDINA…………………………………………………………… 31
V.- BAHÍA…………………………………………………………………………………. 32
VI.- VALLE ENTRE MURALLAS…………………………………………. 33
VII.- VEGETACIÓN………………………………………………………………… 34
VIII.- ETERNIDAD………………………………………………………………… 35
IX.- PERCHEL………………………………………………………………………….. 37
X.- JARDINES COLGANTES………………………………………. 38
XI.- MEDITERRANÉO……………………………………………….. 3ç
XII.- RIBÉRAS………………………………………………………….. 41
XIII.- GOLONDRINAS……………………………………………………………. 42
XIV.- ANTEPASADOS……………………………………………………………. 43
XV.- LA HERMOSA TARDE DE LOS POBRES…………………. 44
XVI.- TRASHUMANTES………………………………………………………… 46
XVII.- ARENA DESNUDA……………………………………………………. 47
XVIII.- BODEGAS QUITAPENAS………………………………… 4ç
XIX.- CIUDAD LIBRE……………………………………………………………. 50
XX.- EL PLANO EN EL DESVAN………………………………………… 51
XXI.- PASEO DE LA FAROLA……………………………………………….. 53
XXII.- Y DE AMOR ¿QUÉ?…………………………………………. 54
XXIII.- ALMENDRO, LIMONERO……………………………………….. 56
XXIV.- HUIDA HACIA DELANTE……………………………………….. 57
XXV.- AQUELLA CASITA DE MÁLAGA………………………… 5ç
XXVI.- ANTIGUA MONEDA…………………………………………………. 61
XXVII.- LOS RELOJES DE DALÍ…………………………………. 62
XXVIII.- ETERNA CIUDAD PARAISO………………………………. 63
XXIX.- LA VIDA……………………………………………………………………….. 64
XXX.- ARQUITECTO………………………………………………….. 65
XXXI.- CARTA A MI NIETA…………………………………………………. 67
Referencias:
Preámbulo: Gonzalo Sánchez-Terán……………………………………….. 23
I Málaga a la luz: Friedrich Nietzsche……………………………………….. 25
V Bahía: Salvador Rueda………………………………………………………. 32
VII Vegetación: Rafael Pérez Estrada………………………………………… 34
X Jardines Colgantes: Manuel Altolaguirre……………………………….. 38
XI Mediterráneo: Juan Manuel Villalba……………………………… 3ç
XIII Golondrinas: Czeslaw Milos………………………………………….. 42
XVII Arena desnuda: Emilio Prados………………………………….. 47
XXI Paseo de la Farola: María Victoria Atencia…………………………. 53
XXIII Almendro, limonero: Aurora Luque…………………………. 56
XXV Aquella casita deMálaga: Rosa Romojano…………….. 5ç
XXVII Los Relojes de Dalí: Francisco Ruiz Noguera…………. 62
XXIX La vida: Juan Ramón Jiménez…………………………………… 64
Este libro se terminó de imprimir en octubre de 2025 Publicado por Ediciones del Genal.
Al cuidado de esta edición Librerías Proteo y Prometeo