Patologías previas

(del animal salvaje)

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©Puchades Ferrer José

Autor: Puchades Ferrer José

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Este ejemplar ha sido compuesto en Junio del año 2022, en su totalidad de texto, portada con imagen de Concepción Rodríguez Duro demás imágenes por José Puchades Ferrer, y es el propietario de todos sus derechos de autor que le pudieran corresponder.  

“La buena poesía no elude nada,

ni se escapa, ni huye de nada humano…

de nada natural.

Más al contrario, lo afronta de frente,

da la cara, acepta el reto a que se la partan

con un solo golpe de la falta de respeto que combate”

 

PRÓLOGO A “PATOLOGÍAS PREVIAS”

 

 

 

En el siglo XI, el filósofo, poeta y médico Ibn Sina Avicena escribía:

 

“La imaginación es la mitad de la enfermedad;

la tranquilidad es la mitad del remedio

y la paciencia es el comienzo de la cura.”

 

Así, con permiso del polímata persa, me gustaría añadir “y la poesía, bálsamo y refugio durante ese trayecto”.

 

En estas páginas, José Puchades nos invita a acompañarle en un viaje a través de sus pensamientos, emociones y experiencias más íntimas, en unas circunstancias tan inesperadas como adversas. Cada poema aquí refleja un instante congelado en el tiempo, un destello de vida atrapada en palabras que intentan expresar lo inefable.

 

A lo largo de este poemario, encontrarás ecos de amor y desaliento, “todo adquiere futuro vestido de sombra”, de incredulidad por la arbitrariedad de la naturaleza, “la vida como algo aleatorio” y de aceptación, no exenta de estupor por la complejidad de la existencia.

 

Estos versos debieron ser sus compañeros, su apoyo en la soledad y sus aliados en la lucha diaria, aunque más que lucha debería decir resistencia, porque en el tránsito de una dolencia que compromete la vida somos más campo de batalla que guerreros. Así pues, su poética se teje en la fragilidad de un momento en el que precisamos comprender y asumir la adversidad tanto cómo aprender a gestionarla con nuestros seres queridos, o como dice él, sus afectos. “Y volveré al amor en que confío con la alegría de las transparentes lágrimas”

 

La poesía, en su esencia, es un puente entre los seres humanos. Nos permite conectar con otros, compartir vulnerabilidades y encontrar consuelo en la incertidumbre, en suma, identificarnos en voces ajenas. Nos ofrece José Puchades la oportunidad de sumergirnos en estos poemas como si fueran propios, cada uno llevándolos a nuestro paisaje personal repleto de sensaciones y reflexiones similares, transformando sus palabras en un reflejo que alcanza a aquellos que también han enfrentado el desafío de la enfermedad.

 

Son estas páginas a su vez un abrazo cálido en la soledad y una luz en la negrura de la incertidumbre. No estamos pues ante un simple libro; es más bien un grito que invita a explorar el latido del alma en la intimidad de la experiencia humana.

 

Que cada poema resuene en ti, estimado lector, y encuentres en ellos aquello que ayude a tu corazón a descubrir que, incluso en la lucha más difícil, existe belleza y significado.

Bienvenido a este viaje poético.

 

José Ferrer Alba

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 PATOLOGÍAS PREVIAS

(del animal salvaje)

 

          I.- PRIMERA PREGUNTA.

         II.- DOLOR DE CORAZÓN.

        III.- PROPOSITO DE ERMIENDA.

        IV.- ARREPENTIMIENTO.

         V.- PENITENCIA.

        VI.- CONTINUACIÓN: VUELTA A LAS ANDADAS.

       VII.- CANCER.

      VIII.- LA ALBERCA.*

         IX.- HOSPITAL.

          X.- SONAMBULO.

         XI.- AGUA VARADA.

        XII.- POEMA A LA MONTAÑA.

       XIII.- EQUIPAJE.

       XIV.- DESEMBARCO.

        XV.- DESCAMPADO.

       XVI.- DESESPERANZA.

      XVII.- MAS PERRO QUE LOBO,

     XVIII.- TEMPERATURAS ANTAGONICAS.

        XIX.- EL TRASTO VIEJO.

         XX.- ALGUNAS LÁGRIMAS.

        XXI.- LA NOCHE INSOMNE.

       XXII.- L A FLOR SILVESTRE.

      XXIII.- UNA BUENA MANO.

      XXIV.- INVENTARIO.

       XXV.- LOS CONFINES DE LA PALABRA.

      XXVI.- EL PINTOR, EL ESCRITOR, EL FOTOGRAFO…

     XXVII.- INMORTAL.*

    XXVIII.- LA ÚLTIMA VEZ.

       XXIX.- EL DESENLACE.

        XXX.- DOMICILIO DEFINITIVO.

       

 

 

 

Poemas publicados en “Los mejores poemas del XXVIII y XXIX Premios de Poesía Luz” convocado por el Excelentísimo Ayuntamiento de Tarifa (Cádiz) en 2.022 y 2.023, respectivamente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Introducción.

 

 

     Todo empezó con una circunstancia adversa a finales de octubre de 2.005, a poco de cumplir 50 años (hasta entonces, la mejor edad del hombre); donde todo iba con su naturalidad saludable de encontrarse bien. Se reunieron momentos de tensión al abandonar un trabajo e iniciar la labor en otra empresa, con su necesario reajuste; cuando comenzó a avanzar una protuberancia incolora en la parte lateral izquierda del cuello, hasta unas dimensiones notables y preocupantes, lo que se podría definir como “un huevo cocido”.

    La ignorancia multiplicaba las cávalas, las interrogantes elucubraciones del que será. Aquello no dolía, pero era llamativo. La participación de mi madre (siempre las madres infravaloradas) precipitó que la visita al médico se tornara obligatoria, y en esa colección de tramites en exploraciones, análisis y biopsias al final, en pocos días, se alumbró el diagnóstico: “tumoración con metástasis cervical de cabo desconocido”.

     La sorpresa fue mayúscula, permanecí atónito; tenía un cáncer contra el que batallar y alguien que se había mantenido con una salud, podría decir “envidiable” sin mayores achaques en el transcurso de su existencia, vislumbraba las enormes posibilidades de pasar por una quirina de martirio, con un final próximo.

     La escena en aquella habitación a modo de despacho, con una escueta mesa rectangular rodeada de doctores de batas blancas o verdes, según el rango o la labor asignada, catedráticos y aprendices, con dos tristes sillas frente a ellos, como la de los reos juzgados por un Supremo Tribunal definitivo, en esa península que solo presentaba la puerta como el único istmo hacia el resto del universo resultó desoladora.

     La conversación fue clara en voz tenue: “usted, concéntrese en superar este trance”, como si yo tuviera algo que hacer. La inquietud buscaba un salvavidas, la absurda tranquilidad, ya, desvanecida se trufaba de sospechas inquietantes. Los plazos vitales eran inconcretos, la esperanza una utopía obligatoria. 

      A los pocos días fui intervenido de urgencia quirúrgicamente. La operación trataba de la extracción del tumor, su contorno que eran los ganglios circundantes y un posible origen en el tabique nasal para el posterior análisis patológicos. Todo se realizó con puntualidad, y tengo que decir que fui atendido maravillosamente (en la maravilla que puede rodear esta circunstancia) por los profesionales del hospital de la Seguridad Social.

     Tuve un episodio accidentado al agotarse el antiinflamatorio en la zona afectada, al tercer día, que me produjo un ahogamiento paulatino que obligó a una traqueotomía súbita, salvándome la vida el Doctor Miguel Ángel Pertierra de servicio de guardia en otorrinolaringología esa noche.

    A la semana fui dado de alta, con el resultado de los análisis favorables a la salud, a la supervivencia normalizada, a que no precisaba unos tratamientos posteriores, más allá de revisiones periódicas rutinarias. Fui diagnosticado de “curación inexplicada”, sinónimo de “milagro”.

     Esta situación descrita supuso una fuerte convulsión en mi vida, y es probable, que incluso aún más en mi familia sentimental; ascendientes, descendientes y demás afectos.

     Recibí todo su volumen de cariño inimaginable, al principio como tratándose de una despedida ante los malos augurios, y ya después como el que recibe a un nuevo recién nacido o al soldado que regresa de una cruenta guerra (no hay guerras incruentas).

     Siendo así, sin ningún estruendo, esta experiencia alteró percepciones habituales, automáticas, del sentido de la vida, del tiempo malgastado, de otorgar la importancia según a que cosas y hasta del compromiso en el amor, del que podría decir, me sentía tan maltratado a la vez que tan afortunado.

     Pensé que esta circunstancia del destino me había dado la posibilidad de remodelar mi trayectoria a partir de entonces. A simplificar las aptitudes, a restar beligerancia a diferencias, a entender el tiempo por delante como una herramienta para alcanzar la bondad y la dicha alejada de egoísmos. Quizás solo pretenda ser una aptitud que persigue un logro, y no el logro en sí.

     Las obligatorias revisiones y visitas médicas, más allá del saludo se iniciaban con la pertinente pregunta de: “Patologías previas”.

     Todo lo ocurrido en aquellos veinte días y las reflexiones posteriores son el germen de este poemario.

 

 

Puchades Ferrer, José.

Junio 2.022                    

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Ninguna derrota se compone solo de derrota,

pues el mundo que abre siempre

es un lugar hasta entonces insospechado.

Un mundo perdido…”

 

William Carlos William.

 

 

 

 

 

 

“A veces la victoria

no consiste en doblegar el viento

sino en domesticar una mirada”

 

Raquel Lanseros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I

 

PRIMERA PREGUNTA.

 

Atravesé el umbral de los temores.

Fuera quedaron las ambulancias aparcadas

a la espera de transportes.

 

A lo lejos ya se divisaba el prendido pestañeo

intencionado de una letra suelta en el neón del hospital.

Un sincero hospital hospitalario.

 

Lo confieso: nunca fui un valiente,

no era necesario.

 

Se deslizaron los telones asustados

de los nervios cuando todo advierte

que algo no anda bien.

 

Y no es obligatoria la cojera ni el suplicio

en el costado. Todo molesta igual que en la sopa

el pelo de una sabandija.

 

Los transeúntes deambulando

con cargas repartidas entre preocupación,

angustia y el disimulo de tristeza.

 

Entraba en la catedral de vidrio de los enfermos.

La respiración con aire entrecortado,

el halito indispuesto.

 

Avanzaba hacia la consulta con el paladar

de la injusticia… y la pregunta insolente de:

¿por qué yo, si no me duele nada?

 

Las amables enfermeras me distrajeron

con su trasiego.

 

Los blancos batines ya me indicaron paciencia;

me tocará el aviso en la repleta sala de espera de cristal

y metal que tanto desespera con miradas de impaciencia.

 

 

Llegó mi turno: me atenderá el médico

repasando mi informe con un silencio fúnebre…

que sin intención me atemoriza.

 

El rubor se aproxima veloz al pavor

que siempre tuve a las agujas, a los cascabeles

de serpientes venenosas, a la tarántula peluda.

 

La cobardía que me envuelve era algo patente.

Me asusta el dolor, lo reconozco.

 

Primera pregunta: ¿patologías previas?

Respuesta: lo siento, casi todas.

 

Mis antecedentes solo me advierten de la muerte.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

II

 

DOLOR DE CORAZÓN.

 

Doctor: vengo de los golpes repartidos de la vida.

 

He vivido en el callejón estrecho

de la bombilla apedreada hecha astillas,

donde nunca encontré la salida.

 

Los años traicioneros me despojaron silenciosamente

de aquella vitalidad qué embalada en juventud,

 o algo parecido, poseía.

 

Me fueron arrebatando aquel denso envoltorio

de afectos que tanto me abrigaban,

donde me guarecía e invernaba todo el año.

 

Era el lugar perfecto de paraíso deshabitado

donde inventar la música…

de una sonrisa sin hacer estragos.

 

El tiempo me fue canjeando la fuerza

razonable por inútil debilidad.

De mi vendaval apenas queda brisa.

 

La rapidez que disfrutaba mudó,

sin previo aviso, por la parsimoniosa lentitud

insoportable de tortuga.

 

La ingenuidad acordada la convirtió

en un depósito de agrio desengaño.

La tersa piel de la manzana solo es arruga.

 

Las prometedoras ofertas del frondoso trabajo

se transformaron, inesperadas, en despidos

como hojas caídas ante el frío.

 

Las rutilantes fabricas con nuevas maquinarias

que auguraron pingües beneficios

han apagado sus chimeneas.

 

 

Las esperanzas han caído en la refriega. 

Sin dinero el amor verdadero

ha cerrado los pestillos en sus cancelas.

 

Aquellas miradas tiernas de emoción

han escapado a la carrera.

 

Si Doctor: ¿comprende el por qué me duele el corazón? 

De todo aquello que anhelé poseer,

a mis años, estoy ya desprovisto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

III

 

PROPOSITO DE ERMIENDA.

 

“La huella de aquel sueño

me ayudará a cruzar

con esperanza

caminos prohibidos”

Ángeles Mora.

 

Un severo mundo nuevo tan similar al viejo mundo:

los escorpiones se agazapan bajo las piedras del sendero

afilando su aguijón repleto de veneno.

 

No es maldad, quizás precaución de sentirse acorralado.

Temen al peligro mirándose al espejo.

Conviven tan tranquilos alimentándose de insectos.

 

Es como un sonriente banquero, con su traje elegante,

su despacho transparente y su mano tendida de amigo.

Sin que te descuides, es su instinto: te saltará al cuello.

 

El noble disfruta de privilegios, de báculos y palios

que el siervo no ha soñado.

Los que no cumplen sus normas serán sus enemigos.

 

Que anden con cuidado, pueden ser devorados

por el hielo… o por el fuego.

 

No queda arrepentimiento para el inhumano

que pasea por la vereda en un coche de caballos.

 

Vanidad orgullosa saludando con su sombrero

a todo lo que desprecia a ras de suelo.

El mundo está cambiado, o eso dicen.

 

Todo es más cómodo, más rápido, más moderno.

La ira permanece junto a la injusticia.

 

La clemencia se hace más necesaria en los malvados.

La bondad en los bienaventurados continúa.

 

 

IV

 

       ARREPENTIMIENTO.

 

Quizás debería haber bebido menos;

la sed de desierto me lo pedía a gritos.

 

Quizás podría haber trabajado más;

nunca supe dónde estaba el equilibrio.

 

Quizás, si hubiera amado menos, el corazón,

ese musculo inocente, no tendría todo lo sufrido.

 

Quizás, si hubiese estudiado más,

todo me habría ido mejor,

con más inteligencia, más conocimiento.

 

Quizás debería haber dormido menos;

los laureles son buenas almohadas

para perder lo conseguido.

 

Arrepentirse es un ejercicio de gimnasia

que cuando termina los huesos

de la conciencia quedan doloridos.

 

Aprender de la humildad de los días

sin importancia, es saber que al calendario

le quedan muchos alaridos. 

 

Continúan los días justicieros

repletos de minutos impunes con la mueca

de humedad que dejan los aguaceros. 

 

Al final, todo es empezar de nuevo

con lo aprendido salvaguardado

en los bolsillos llenos… de agujeros.

 

 

 

 

 

 

 

V

 

DÍA DE PENITENCIA.

 

Siete de la tarde y todo parece yerto.

 

Es una desbandada huyendo del color de la luz,

quizás, sin pretenderlo.

 

Se ha desnudado la tarde de invierno en el pueblo,

sus aceras se dibujan de solido desierto

dejando corretear al gato en el callejón del frio.

 

Es la hora de abandonar el cielo a las palomas,

de acurrucarse en la cornisa,

de indultar al último jilguero volador.

 

Siete de la tarde y se está haciendo tarde…

para no abandonar el regreso a la sonrisa,

a todo lo que creemos como cierto.

 

A encender la altiva lumbre suave en la mirada

que recorre una pradera de piel aun revestida,

y las gemelas lomas de una boca esperanzada.

 

No importa la exactitud de la hora que asesina

la claridad a cambio de penumbra,

la tristeza del tañido de la campana por silencio.

 

Siete de la tarde y todo luce su oropel de despedida.

 

Todo adquiere futuro vestido de sombra

mirando pasivos a la tenue claridad que se derrumba.

 

Hablan de la muerte como algo obligatorio,

ante la presencia de una penitencia que camina.

 

También de la vida como algo aleatorio.

 

El beso lento de la tarde anuncia “au reboir” con la autoridad

que tiene la derrota sobre la víctima del día.

 

Siete de la tarde… y ya es tarde.

VI

 

CONTINUACIÓN: VUELTA A LAS ANDADAS.

 

La vida soñando… y soñando

se quedó dormida sobre el alféizar.

 

Los ojos cerrados volando

a cualquier hora extraviada del día.

 

Las ciegas miradas fijas

en los rostros amados de los antepasados.

 

Solo trozos de una anciana memoria inacabada,

viajante hacia un porvenir con pies de arcilla.

 

Los sueños andando… andando entraron                                        

en la puerta extraña del rescoldo de la pesadilla.

 

La vida en un sobresalto del sueño,

en medio de la noche, despertó deprisa.

 

Siguió caminando dolorida.

A pata coja a mitad de la huida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VII

                                                                                                        CANCER.

 

También es una línea imaginaria

de círculo terrestre, llamado trópico,

del hemisferio norte.

 

Es, a su vez, una constelación

de ciento cuatro estrellas débiles y pequeñas,

suspendidas en el mismo frío.

 

Un horóscopo de agua, sensible y emocional,

que abre los estíos, con forma de cangrejo

que no camina hacia adelante.

 

Es un escalofrío seguido de un temblor,

un balbuceo, una incredulidad

al escuchar el diagnóstico del médico.

 

Una sola palabra que puede hundir una familia,

derribar todos los puentes colgantes,

sucumbir entera una pétrea fortaleza en arenas movedizas.

 

Una única persona, por qué no, puede ser por sí sola el aprecio

de toda una ciudad escondida en su casa, que se siente amenazado

ante el temor de un análisis prohibiendo su existencia.

 

Arruinar toda esperanza bienaventurada de futuro.

Cerrar todas las puertas sagradas

de una vez, de un portazo, de un solo golpe.

 

Dejar de ver jugar a los niños…

verlos crecer.

No asistir a su altiva juventud desobediente.                    

 

Saber que la casa se derrumba con nosotros dentro

y no quedan piernas para correr dentro del lodo…

para salvarse.

 

Reconocí mi estampa en las muñecas sin ojos,

en los pájaros viajeros sin alas,

en los ríos sin agua.

Recibí mal la noticia de la condena,

luego me recuperé:

¡ya tenía antecedentes penales!

 

El juez del tribunal supremo que reparte la salud

no acepta más recursos.

Golpeó severo con su mazo la sentencia.

 

Y de todos mis afectos, agradecí ser yo el elegido.

 

Disparadme en el pecho:

¡aquí está el tío!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VIII

 

LA ALBERCA.

 

Hace una hora. Si, exacta

y milimétricamente una hora de reloj de arena,

tenía una anónima hora más de vida.

 

Lo reconozco, no me queda más remedio,

me avergüenza hacerlo: no he hecho nada

de provecho en sus sesenta minutos perezosos.

 

Ensimismado, ha sido una hora perdida.

Al menos, eso parece, como si utilizar

sus segundos a cuenta gotas fuese algo obligatorio.

 

Quizás, también tenga derecho a ese derroche irresponsable.

No sé si puedo permitirme tanto despilfarro.

Dependerá del uso de los momentos que atesore.

 

Tan solo he estado contemplando la alberca

de esta pequeñísima parcela, que llevamos tiempo

rellenando de lluvia para regar la tierra de la sonrisa.

 

Ese vaso gigante de grisáceo cemento áspero

donde almacenamos la sangre trasparente

que alimenta los años de nuestra pequeña huerta.

 

Solo es una copa triste sobre la triste mesa

esperando derramarse como una catarata

en el geranio que alegra la ventana.

 

A pizcas y ápices la llenamos de agua cristalina

como una alcancía de plateadas monedas

liquidas que temen las sequias.

 

Poco a poco la hermosa esperanza la fue reverdeciendo.

Los otoños y sus estragos, la oscurecieron

con sus hojas desprendidas…

 

Recuerdo cuando refrescábamos nuestro amor

bañándonos entre los pétalos amarillos del estío,

y emergiendo… como silvestres flores de loto humanas. 

Ya, ahora sí, irremediable, con una hora menos

en las pupilas, casi todo se aparece tan cercano…

a la rutina, a cualquier disfraz de la mentira.

 

Y tan reciente como las corolas vencidas

claudican en las orquídeas marchitas.

 

Con esta hora dislocada menos en mis manos,

perdiendo el tiempo los dedos sin acariciarte,

es como el tesoro que solemos malgastar.

 

En esa hora inútil, las ideas paseaban despreocupadas;

Y creo que lo único importante de mi existencia

ha sido intentar amar y… amarte.

 

No sé si aún lo recuerdas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

IX

 

HOSPITAL.

 

“¿Es esta la habitación del hombre?

En ella gasto mis años de verdor.

El ostensible vacío de luz se hace.

Nace el mundo de nuevo.

Ya probado el fruto está:

seremos como dioses.”

Alfonso Canales Pérez-Bryan.

 

Mariposas invisibles aletean

por las calles asfaltadas de gris marengo,

por los pasillos repletos de puertas, por las oficinas,

por los hospitales repartiendo mensajes al teléfono.

 

El ebrio grito continuado

de las ambulancias se aproxima

veloz a las urgencias.

 

Es cuestión de vida entera o muerte eterna

abierta la bocina que espantada

huye en la reyerta de las horas.

 

Serenidad, algo de calma, tranquilos

sin prisa que tropiece a trompicón ni sin pausa.

 

El daño se estudia, se radiografía, se ecografía,

se evalúa, se venda, se sutura.

 

Si duele se anestesia, si está roto se escayola.

Si el corazón se para… se masajea,

o se recambia y continúa.

 

Cuando arranca el palpito de nuevo,

de entre el sueño y el miedo,

amanece con los mismos sentimientos.

 

El alma magullada,

como una ola que estalla en una roca,

se desvanece, se rehace y persiste en el empeño.

 

Las mariposas en su tambaleo

siguen repartiendo las noticias

que mezclan sonrisas emocionadas con lágrimas,

o lágrimas profundas de duelo.

 

Penas, pérdidas;

profundos océanos húmedos de desconsuelo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

X

 

SONAMBULO.

 

Las raíces del mal de las células se adentran,

hurgan, avanzan con sus zarpas bajo la piel.

A veces duelen, otras, ni se notan.

 

Toda la vida anterior a ese día

fue del grosor de la espuma de fría cerveza.

Maniquíes sonámbulos en los escaparates de una cueva.

 

La enfermedad busca luces inocentes

para robarle las bombillas y apagarlas

de forma imperceptible sin la prisa del reloj de la madera.

 

Nace suspendida como las arañas tejedoras

de tupidas redes con calles dibujadas de tristeza

en la ciudad pegajosa que muerde como fiera.

 

Salud inaccesible, que fotografía sueños de sonrisas,

de barcas encalladas con mendigos en los semáforos,

buscando entre los escombros de los helechos medicinas.

 

Cruza los dedos, busca el trébol de la suerte,

reza tus oraciones sobre las claraboyas transparentes

de los sueños en una loma de emigrantes hacia el norte.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XI

 

AGUA VARADA.

 

“No me hables de nuncas que no existen,

sino de siempres nuestros para siempre,

o quizás todavías que nos aguardan”

José Antonio Muñoz Rojas.

 

No, no acepto el mar condescendiente.

Ni el mar plácido, ni mudo, ni la calma chicha.

 

No al mar como como un plato de alubias

en un denso caldo frio.

 

No quiero un plano sobre el agua

de horizonte intrascendente que no habla.

 

Que acepta el mundo como es.

Sin la alevosía del susurro y del grito.

 

Eso no es el mar, el mar injusto y feroz.

El mar que acoge al rio.

 

El mar de verdad… de la verdad:

la vida rebelde del mar.

 

Prefiero el mar embravecido, irritado,

iracundo, salvaje y enojado al saber los derroteros

de una tierra aparcada que observa los satélites.

 

Que lo pudre con residuos de plásticos y aceites.

 

El mar se hizo juntando lagrimas eternas.

 

La tierra se fabricó cerrando puños

con perfume a arena de tristezas.

 

Caminamos descalzos huyendo de la tiniebla.

 

 

 

 

XII

 

POEMA A LA MONTAÑA.

 

En la geografía vertical hay un lugar en el sur

(al relativo sur del norte, según se mire)

que anhela… ser recio norte.

 

Ser incólume frio, inalcanzable altura,

áspero risco, inhóspita colina helada,

 ártica ventisca y alud.

 

Arboles desnudos, bosque de pino

en un noviembre de nieve, arisca grama

escondida bajo la escarcha acristalada.

 

Es un lugar elevado donde abrazar nubes,

acariciar cielos y dejarse acariciar

por soles vagabundos.

 

Es la montaña que corona una región amable.

Su deshielo riega una dorada vega,

un valle sonoro, una planicie entera.

 

Peregrinan los silencios de huesos

frágiles del invierno a deslizarse con esquís

entre sabanas albinas como amantes de primavera.

 

Llegan las caravanas de almas ávidas

abandonándose a su inercia,

a dejarse ir… ladera abajo como seres libres.

 

Garzas reales de plata estiran de los cables tensados.

La aurora boreal está por dibujar

en el lienzo de la tarde.

 

Las terrazas lucen multicolor su bullicio,

esperando rodar sobre la nieve.

 

Las tiendas encienden sus cristaleras.

El comercio afila su momento de cacería a destajo.

 

 

A los niños abrigados de chaquetones y bufandas

les hacen fotografías a contra luz,

cuando sonríen en el escenario blanco.

 

Es tan solo en la solemnidad de la montaña adornada

con su manto de armiño donde se aletarga

la cabra montés, la liebre y el caballo salvaje.

 

Ya han puesto el árbol gigante de Navidad

con su chisporroteo de destellos en detalles

y canciones en la plaza principal.

 

Nada hay más parecido a la felicidad

cuando el sol endulza el mediodía

con su luz de tenue quemadura.

 

Entonces el frio se desvanece

al norte del sur de verdad.

 

Nosotros pasaremos como el ribete

de la bruma de una niebla: inadvertidos

 

La montaña tras los siglos permanece…

permanecerá.

 

Y nos esperará saliendo del estío.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XIII

 

EQUIPAJE.

 

Tengo que cerrar la maleta, con su murmullo de ropa.

Acarrear los bártulos que nos cubren la epidermis.

Por fin nos iremos de aquí.

 

Mi mujer desde el fondo de la habitación,

ya junto a la puerta: “no se te puede olvidar nada,

y revísalo todo bien.”

 

“Necesitamos las pastillas, acuérdate de ellas.

Mira debajo de la cama, revisa el fondo del cajón.

Recoge la ropa interior de entre las sábanas.”

 

No te preocupes, intentare hacerlo bien.

Me acordaré de todo. No dejaré nada atrás.

Ni mi mujer ni su pesadez a días tan liviana.

 

Ya nos vamos de la montaña de tela de bufanda,

donde el viento se hace trampa de araña fugaz,

frío que corta, días malheridos que se agotan.

 

No abandonamos nada; cargado está el equipaje

a la espalda, también nos llevamos los recuerdos,

huimos a la playa frente al mar.

 

¿Nos falta, o nos sobra eternidad?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XIV

 

DESEMBARCO.

 

“¿Es el mar lo que escuchas en mi interior,

sus insatisfacciones?

¿O fue la voz de la nada

lo que te enloqueció?

Sylvia Plath.

 

Fue a la orilla del mar

donde encontré abandonada en la arena

una pluma rota de gaviota,

un plástico insolente meciéndose en el agua,

una botella desdichada sin mensaje

solitaria entre las rocas.

 

Todo eran vestigios de una derrota.

 

El caballito de mar ya no trotaba.

La apagada estrellita flotaba con una punta menos.

 

A lo lejos, por la carretera, dos cuerpos viejos

se acercaban, por primera vez, a ver el mar

con ojos de asombro y perplejidad.

 

Las brabuconas olas amainaron

aceptando la visita inesperada.

 

Al alcanzar la orilla, los ancianos no se detuvieron.

 

Continuaron mar adentro sonriendo

hasta que se lo bebieron sin dejar rastro,

donde se pierden las sombras.

 

Todo anunciaba una victoria.

El mar es ahora un solar nuevo donde edificar.

 

Salieron tres veces a orinar,

como solían hacerlo en la taberna de su pueblo.

 

Se conocieron en la casa de socorro.

Ante su destino trabaron amistad.

Habían recibido un fatal diagnóstico certero

y fueron a celebrarlo haciendo el viaje juntos.

 

La muerte les pisaba los talones,

sin que ninguno fuese Cary Grant.

 

Ya no le hacen efecto las pastillas.

El tiempo con achaques no era tanto regalo.

 

El dolor iba ganando terreno en la partida,

empezó a hacerse un nido entre costillas.

 

En la fosa común del parque acuático

de almas inquietas hay una fiesta.

 

Han llegado dos borrachos ebrios de mar y océano.

Son muy simpáticos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XV

 

DESCAMPADO.

 

Junto a un rio destartalado por una sequía perpetua

que enseña desnudas sus piedras roídas y molida arenisca,

algún matojo seco, desniveles a su antojo

entre los muros inalcanzables de cauce que lo encarcela.

 

Tan solo el sueño perdido de ser catarata, desborde,

salto generoso de rebelde manantial, riqueza o exceso de agua,

intento de muerte lenta, hilo húmedo 

que solo un milagro o una desgracia consigue.

 

Es como una estática serpiente silenciosa

de colores ocres, lascas blanquecinas, cerrados ojos.

 

Culebra que se adentra en la ciudad a dividirla

entre la dulce aristocracia y los ásperos obreros. 

 

Hay un descampado de tierra rojiza, descolorida

donde se engordan los limones e ingenuas mandarinas

amarradas en un manto verde de virgen que se estira

bordado de oro con aromas que disimulan a enemigos.

 

Es un lugar de misterio donde acuden los pájaros

tarambanas del mundo buscando inesperado refugio.

 

Donde las niñas jugueteando sin querer, aprenden

lo que escapa de los libros, de la conciencia.

 

Junto al río hay huertas donde viven las hormigas

caminando en obediente fila india.

 

Avispas, abejas trabajosas en sus colmenas

revolotean entre el polen silvestre de flotes amarillas.

 

También los escarabajos hurgan la tierra,

las orugas anhelan convertirse en mariposas.

 

Seres invertebrados como nosotros revolotean:

libélulas, musarañas, mantis religiosas, arañas diminutas.

 

No te quiero mentir: ahora no paran las hormigoneras.

La grava, la arenisca se amontonan.

El hormigón rellena las pilastras, las tirantas.

 

En aquella ladera donde enterramos nuestra infancia,

donde quisimos ser delincuentes siendo inocentes,

se han levantado estructuras de gavilla y cemento.

 

Aquellas hormigas se han perdido entre las calles,

no entienden los semáforos, han roto filas,

a las citas llegan tarde, los relojes aprietan su tiempo.

 

Donde había limoneros, hoy hay ropa tendida,

Geranios moribundos de una sola maceta en el alfeizar.

Los insectos no reconocen a nadie.

 

Aportan vida a la naturaleza, tan solo se alimentan;

es su instinto.

Huyen de los insecticidas asesinos.

 

Los seres humanos empezamos a conocernos.

Nos reconciliaremos con el arte, con los logros.

¡También sabemos que hay peligro!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XVI

 

DESESPERANZA.

 

“Uno olvida que cada día, Dios nos pone tierra

bajo los pies, aire sobre la boca y azul en las pupilas.

Uno se olvida que el corazón se apoya,

 cada día como un blando sillar, en otro corazón”

Alfonso Canales Pérez Bryan.

 

Con el escoplo del tiempo entre los árboles de hueso

quedan aturdidas las virutas de esperanza

esparcidas por el suelo.

 

Hay que barrer el piso de cristales afilados

que nos hacen mirar la vida con la garganta

repleta de palabras extraídas de entre el fuego.

 

De la fina epidermis antigua de mi estirpe

siguen saliendo lascas doloridas de la fragua

de promesas que parecían y luego no lo eran.

 

El torno gira sin descanso apartando la rebaba

sobrante de mis perdidas horas de agua,

de mis hilvanados secretos en momentos imprecisos.

 

Sombras de altos almencinos me vigilan

como un desfiladero que prepara para un niño,

en nombre del futuro, toda una emboscada.

 

Poco obtiene tanta importancia indómita,

que convive entre enemigos, envidias y mendigos,

como la ira contenida ante el desdén de la justicia.

 

Como un ruido inútil desmoronando

los compases armoniosos de la música.

 

Cuando ya todo lo damos por perdido,

aceptamos domesticados las renuncias,

las palabras muertas que rechazan miradas ciegas

en el laberintico jardín baldío de los juegos acabados.

 

 

Florece inesperado, sin aviso ni permiso,

de vez en cuando, entre ramitas verdecidas

otra embriaguez entre amantes, entre equilibristas,

otra brizna de esperanza hacia la alegría.

 

Otro nuevo anhelo imprevisto,

otra luz indiferente que deslumbra por sorpresa,

sin intención premeditada, al horizonte.

 

Como el perenne amor perpetuo,

inconmensurable… a la familia

antes del desplome indiferente de las lágrimas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XVII

 

MÁS PERRO QUE LOBO.

 

Frente a un escaparate recién apagado,

a la hora exacta del crepúsculo,

una imagen de neblina se observa reflejada:

ciegos focos a los maniquíes y su indumentaria.

 

La iluminación de las farolas en las aceras

alumbran un animal multiplicado

que se mira y se remira en la amplia cristalera

con la mirada de una fiera paseante sin calumnias.

 

Espejo turbio, impreciso para el resto.

Se aprecia el movimiento, algún detalle,

una presunción entre timidez y vanidad

que apenas se resalta desde lo oscuro.

 

Hay una mezcla entre humano y animal

en aquella figura vertebrada

al final de la tarde.

 

Alguien aparentemente aseado,

quizás presumido. También algo sucio,

con la suciedad del barro de la edad.

 

A momentos se asemeja a un perro

domesticado, un hermoso guardián fiel

de propiedades en el bosque.

 

Una compañía leal de personalidad

insospechada que sabe escuchar

y ahuyentar la soledad con un aullido al silencio.

 

También parece un lobo

escapado de la maleza.

Alguien que de puntillas disimula lo salvaje.

 

Un ser vivo que abandona la espesura,

sigiloso, ojos brillantes,

hermoso pelaje suave.

 

Detrás de ese trasluz hay alguien

Disfrazado entre la serenidad

y la ira irremediable.

 

Alguien que alimentar a diario,

y el mismo que necesita buscarse la comida.

 

Tan solo alguien que busca la paz…

y la justicia.

 

Alguien que asusta, y el mismo está… asustado. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XVIII

 

TEMPERATURAS ANTAGONICAS.

 

Doctor, al principio fue el fuego;

¡ella no sé si se acordará!

 

Era una constante incandescente,

lo más semejante al zarpazo de elevada comodidad.

 

Un instante mantenido entre un incendio

con la temperatura confortable que produce

y la insoportable combustión que gradual…

nos consume.

 

Esa fue la parte hermosa y su verdad.

Una hoguera de pasión, un desnudo misterio…

al descubierto.

 

La candela de ascuas que vibra

entre dos cuerpos con la eternidad

que sostiene el estímulo de la ignorancia.

 

Fue una doble apropiación indebida…

y permitida por dos almas moribundas de deseo.

 

Doctor, no había resquemor, ni quemadura,

tan solo la inconsciencia del matiz de la emoción.

 

Era todo a lo que se podía aspirar entre la bruma

que tejen los sueños del agua evadiéndose entre los dedos.

 

La fogata de un entusiasmo que aspira a infinidad

como un aire limpio de mensajes mentirosos.

 

Un fuego incontrolado entre ladrillos refractarios

que nos protege y nos denuncia.

 

Fue, se lo reconozco, quizás algo insano,

donde el peligro formaba parte del trato.

 

El único riesgo era no haberlo vivirlo,

no disfrutarlo. Habérselo perdido.

Doctor, se lo confieso, aquel fulgor no me dolía.

Era un dulzor de mermelada y su sonrisa.

 

Luego, no mucho más tarde, o eso creo,

qué difícil es medir la rapidez del tiempo…para mí.

 

 Y para ella que lento.

Que despacio anda el desamor que tiene prisa.

 

Después, de improviso, sin avisar, llegó el hielo.

Las manos gélidas del congelador encogidas,

el cuerpo tieso y su reverso.

 

Llegó el dorso de la espalda y su espina erguida

de orgullo como una blanca bandera anónima

que se aleja entre inalcanzables montañas

con una inscripción a despedida.

 

Doctor, era un hielo tal… con una frialdad

de escalofrío en la mirada oceánica.

 

Todo un largo invierno de indiferencia helada

en la escasa palabra cargada de desdén

como hacia un desconocido.

 

En definitiva, doctor, convivo en una estación ártica

que abrasa, que devasta un paraíso malgastado.  

 

Entre el recuerdo de un tesoro perdido,

un bosque calcinado, y su refugio glacial.

 

El relato de una muerte embustera,

que se debate entre la memoria del rescoldo de la flama,

la escarcha de cristal roto…

 

Y un corazón que entre tanta ceniza de madera

permanece junto al frio.

 

 

 

 

 

 

XIX

 

EL TRASTO VIEJO.

 

“Deja que la lluvia te bese. Deja que la lluvia

golpee la cabeza con sus gotas plateadas.

Deja que la lluvia te cante una canción de cuna.

Lantong Hughes.

 

Al final lo he conseguido, no sin esfuerzo.

 

Ya descanso en el lóbrego cuarto

de las ratas junto a las bicicletas

oxidadas del verano.

 

Ahí termina la autopista del pasillo a la derecha.

 

Antes era una gentil habitación

para invitados, que nunca estrenaron

las visitas, solo los enojos.

 

Es un lugar apacible, tranquilo, sin ruidos

que ilumina el ojo patio.

 

Donde la humedad no se nota

demasiado entre los libros

aún no leídos y la pelota desgastada.

 

En esta estancia no se me considera un huésped.

 

Sino uno más en el deshielo

de inútiles elementos desechables

que nada sienten ni padecen.

 

Duermo plácidamente junto al retrato de mi madre.

 

Agazapado del frío bajo la antigua manta

zamorana de mi abuelo, con sus lecciones,

su estilo y mis recuerdos.

 

Aquí me siento con orgullo como un nuevo trasto viejo.

 

 

Este es mi sitio, mi meta, lejos de las turbas,

las algaradas, entre este tumulto

silencioso de objetos detenidos.

 

Disfrutando de la merma y su retiro.

 

Como el agujero en la suela esperando

ir al zapatero y el dolor con la paciencia

necesaria para acudir al médico.

 

Retazos de pasado me rodean liberando a un preso.

 

Sentado frente al gris oscuro

del abrigo apulgarado, frente a una luz

anciana que perfora la ventana.

 

Soy feliz imaginando este sepulcro de aventura.

 

Descubriendo los detalles

de aquel entonces en el amarillento

álbum de fotos de familia.

 

Convivo con la aparcada tabla de la plancha.

 

Con las maletas que no viajan

sobre el armario, la música que me emociona

y la radio que me habla.

 

La casa no es tan grande para que sea un desván.

 

Tan solo un refugio de cuatro paredes

alejadas de las moscas donde se amontonan

taciturnos los cacharros.

 

Donde esconderse, con esa mala intención:

la de no ser hallado por lo grosero, lo violento,

por el discurso zafio, la envidia, la lastima o el desengaño.

 

Es el rincón de una sucia playa … entreabierta.

 

Bajo la tormenta exterior,

donde en su penumbra… toman el sol,

como turistas, ilusas barcas olvidadas.

Es la última trinchera que soporta la avalancha.

 

Todo el desgaste de las piezas roídas

en la armadura que intenta protegernos

de las enemigas flechas afiladas.

Sombras quietas sin ideales, sin cordura.

 

Que ingenuas persiguen quimeras imposibles

en la inquieta sombra pendular

de la ternura de los días.

 

Cachorros vivos indefensos

que serán orgullosos trofeos

de animales disecados a la fuga.

 

Seres esperando, sin horario ni billete,

que nos recoja, como un desecho,

el furgón rutilante de la basura. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XX

 

ALGUNAS LÁGRIMAS.

 

El cristal brillante de zirconitas licuadas,

gota a gota, en lágrimas se rompe escondiendo

la bravura humana, como una plegaria

que se derrama desde la conciencia.

 

Los grises marengos de nubes pueblan

los salones interiores de un cuerpo donde el baile

se ha acabado y los músicos recogen los bártulos

de la derrota, en una pacífica estampida.

 

Las lágrimas, a veces, son luces que resbalan

por las mejillas, encogiendo al valor mordido

de las palabras de la rabia, con la perdida fortaleza

de toda una voz delante de un incendio.

 

Solo el amor, sí, el amor, aunque sorprenda,

es capaz de iluminar una senda oscurecida

por el hollín de la quemadura, rescatar la barca…

hundida en el naufragio de los tiempos.

 

Nadie conocerá el grosor de telaraña tejida,

sin trampas, con las raíces del árbol de madera de alma

que sobresalen de la tierra, como venas salidas de la piel

queriendo escapar, fugarse, huir de entre tanto fuego.

 

Hay nudos en la garganta que arrastran

trasatlánticos, sujetan puentes entre desfiladeros

donde circulan vehículos pesados, pero no saben

sostener dentro de los parpados a las lágrimas.      

 

Hay una casa dentro del bosque que crece sin aviso.

Es un refugio con ojos de mirada tierna,

brazos para el abrazo, piernas para acudir, espalda de carga

y pecho de cobertizo repleto de emociones.

 

Algunos días, llegado el momento, las fieras silvestres

tienen guardada en sus pupilas más humanidad

que muchos seres queridos que dicen… que nos aman,

algunos amigos de los intereses, algunos vecinos de existencia.

Lágrimas antiguas que hicieron surcos,

lágrimas nuevas de mis hijos que me amaron,

después me odiaron, con paciencia me aceptaron,

y aprendieron a perdonarme.

 

Yo regresaré, aunque no haga falta,

de entre tanta hojarasca por los suelos,

volando como un pájaro, con el dolor de un ala

quebrada por el viento en contra.

 

Y volveré al amor en que confío

con la alegría de las transparentes lágrimas…

de plata.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XXI

 

 LA NOCHE INSOMNE.

 

La noche paciente se deshilacha por si sola

con cuerdas que no sujetan bien el dolor

al continuo tiovivo persistente de las horas

 

Hay penumbras oscurecidas

que la luna no contempla.

 

Ni planetas ancianos que concilian el descanso,

esperando la alegría perdida frente al arco iris.

 

Nadie devolverá antiguos esplendores,

ni siquiera, el radiante día nuevo

dejando a mi hija en la entrada del colegio.

 

Su alboroto femenino,

la algarabía desatada de las niñas.   

Añoranzas deformes vestidas con ansias de eternidad.

 

Todo ha crecido hacia un pasado de arañazo felino;

la abierta herida de una certera claridad

avanzando… hacia las ruinas.

 

El riesgo de mañana termina en el lugar ciego

de la buhardilla rasgada de luz, con la paciencia

que sabe zafarse de las beligerancias.

 

Emprenderé la fuga de ese claroscuro

atormentado, que no concede tregua.

 

No da margen a los gruñones, a las balanceantes

seniles mecedoras ajadas de salud.

 

Escaparé de las espigas de cereal

en el momento antes de la siega

que no entiende de demoras: ¡de ahora después!

 

Ni da espacio a los indultos, ni a las limosnas huecas.

Quizás, todo se resuma nada más,

en ser solo nosotros (casi los de siempre).

Nada menos, sumados a otras pequeñas cosas

por hacer y muchas que ya están mal hechas.

 

Ya no dormimos como antes.

 

Insomnes murciélagos pasajeros

dentro de la cueva milenaria

que ha perdido todos los sueños.

     

Quizás, la noche se reabra soltando sus pespuntes

de hilo negro, queriendo sujetar el pañuelo

de una definitiva promesa,

 

A sabiendas que solo es la muerte

quien cumple su palabra. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XXII

 

LA FLOR SILVESTRE.

 

Todos los países saben que las margaritas

silvestres tienen los pétalos rabiosamente

blancos, alineados

como soldados de marinería obedientes.

 

Espontaneas como una familia adornan

cualquier ladera; en una cuneta, un descampado

conviven en ramillete agarradas a la tierra

o en el búcaro festivo de una promesa.

 

Nacen donde quieren, crecen libres

y sonríen sin más motivo aparente

que su existencia.

Las rodean las ortigas enemigas de la belleza.

 

Las margaritas ingenuas sobresalen

sin saberlo, sin darse cuenta resaltan

su inocencia emboscada,

tímidamente, entre tanta maleza.  

 

 Sus hojas ordenadas se agarran

al corazón amarillo donde las abejas

van a robar polen todos los días;

furtivas delincuentes aladas revolotean su tristeza.

 

Simple flor, tan simple como un sol cotidiano

que transporta la dulce luz

madurando al membrillo, sencilla naturaleza

repleta de alegría y de vida.  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XXIII

 

UNA BUENA MANO.

 

“Te veía hacer esas cosas sencillas que tú haces

para que el mundo entre en razón;

Y no sabía a quién darle las gracias.”

Karmelo C. Iribarren.

 

Deja tu mano encima de la mía,

aunque tan solo parezca que protege,

que hay algo, todavía, dispuesto entre nosotros

que avanza más allá de un gesto de acaricia.

 

Dejaré mi mano quieta bajo la tuya,

a punto de girarse y abrazártela en un soplo,

como una oferta certera que asombra al futuro

sembrado de verdades, huyendo de traiciones.

 

Dejaremos nuestras manos predispuestas a la lluvia

como una sola extremidad que culmina el silencio

sonoro de dos cuerpos que han pactado un nudo,

un amarre de maroma en el mismo bolardo del puerto.

 

¡Ya está! Ya era la hora exacta del toque de campana.

Ya hemos llegado descalzos al mismo huerto,

abrochados por los deseos que enroscan esta tuerca

que derriba muros, salta vallas y abre puertas.

 

Lo que un día fueron dos manos indecisas,

hasta temblorosas con su carga de temores desnudos,

como unos dedos que rasgan la guitarra sin cuerdas,

la panza de un tambor que resuena en su interior.

 

Hoy, juntas, reunidas suman, multiplican la ilusión.

No hay lugar para ocultarse, ni necesidad que tropieza

al tararear nuestra canción de madrugada al caer el sol.

Dejaré mis manos a tu alcance al llegar la tarde.

 

Venimos de las penumbras del desierto de los días

buscando, tan solo, la impensable redención.

Un lugar donde llegar al fin, donde pararnos

para empezar a creer… a crecer.

Una mano sobre otra, otra sobre una, quizás al fin,

podría intentar no significar nada, sin remedio,

tan solo una pretensión, tal vez, aventurada…

y nada más. Y a la vez solo esa nebulosa.

 

Las manos juntas, establecen promesas

tan claras, sin obligación de ser cumplidas,

como ese pequeño bosque de árboles libres

donde el aire trascurre sin límites ni deudas.

 

Dejaré mis manos a la vista, para que tu concluyas

el poema que supone llevar las manos juntas.    

La luz que se desprende de un alma acompañada

que camina decidida por la ruta sin penumbras.

 

Dejaré, con intención, mis manos a tu alcance,

cerca de ti, para que puedas hacerlas tuyas,

para que puedas posarlas a lo largo de tu vida,

en tu alegría, hasta en tus lágrimas y tu cintura.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XXIV

          INVENTARIO.

 

“Caerán los años. Te cansarán los libros.

Descenderás aún más, e incluso,

perderás la poesía.

El ruido de la ciudad en los cristales

acabará por ser tu única música,

y las cartas de amor que habías guardado

serán tu última literatura.

Joan Margarit.

 

Os habrá pasado a vosotros, o eso creo,

con este cúmulo de días, hasta de años a las espaldas,

que alguna vez se os ha ocurrido hacer un inventario.

 

Contabilizar esos escasos adornos de triunfos embusteros,

de los amores encontrados en un cruce de miradas

que solo el azar los hizo tan persistentes como efímeros.

 

También los fracasos vestidos de preñada derrota,

rotos continuos en el esfuerzo duradero,

entusiasmo del maniquí de escaparate que se acaba.

 

Lastres de relucientes oscuridades encapotadas

que arrastramos cautivos por el callejón sucio del recuerdo

donde apenas guardamos memorias de la infancia.

 

Del amor es más difícil hacer algún recuento

con el castigo disperso que irrumpía la madrugada

en las pieles humanas que generosas me cubrieron.

 

A veces pienso que todas ellas fueron una sola

repartida poniendo su ladrillo, su adobe, su teja

en el abandonado edificio tapiado de mis sentimientos.

 

Sustituyéndose unas a otras en una suerte de equilibrios

cuando falta una tiranta, una viga maestra, un cimiento

que todo lo tambalea para reparar su vacío de la nada.

 

Todo fue una búsqueda constante de un solo afecto;

el mío propio a la buenaventura de darse

cómo hay que darse, columna de forma desinteresada.

Creo, sinceramente, que todo mi amor…

fue a una sola epidermis exhausta con distintos nombres,

ciudades diferentes, otras estancias con luces apagadas.

 

Huellas anónimas de cien manos y mil caricias,

multitud de bocas con labios húmedos

para el mismo beso siempre necesario.

 

Difícil soledad al desamparo en la senda

que se alfombra de alquitrán incrustado

para calcular cuanta ternura derramada.

 

 Fue, a veces lo pienso, tan solo ojos cerrados

sobre una misma superficie que trémula tiembla

a la espera de la misma eternidad de las hadas.

 

Las cuentas ya no salen, ya no cuentan

en este pequeño universo desmemoriado

sin arco iris, ni albaricoques, ni grillos que cantan.

 

Amar, quizás solo sea aprender a ser feliz

cotidianamente sin que a lo que llamamos “amor”

nos lo estropee.

 

Quiero volver a la fuente de camelias

donde dejé por cada amor una moneda,

recogerlas, hacer caja y gastármelas contigo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XXV

 

LOS CONFINES DE LA PALABRA.

 

Me aproximé de forma sigilosa, lo más posible

a los confines de la palabra, como de la vida,

con la cautela necesaria que utiliza un animal salvaje,

o hasta un cazador con su mira telescópica ante una presa.

 

Desconfiaba hallar alguna recóndita novedad valiosa

donde está ya todo dicho, en esa postrimería de periferia

marginal, alejada del centro burbujeante y el bullicio

donde las palabras manidas, como la vida, se golpean entre ellas.

 

Buscaba una verdad que no estuviese tergiversada,

ni retorcida, sacada de contexto ni usada en la pelea

con un significado opuesto a su nacimiento;

a su intención pura del sentido que trasciende en su bondad.

 

Partí dispuesto a zambullirme en el recóndito escondite

buscando donde reposa el último marfil amarillento,

entre las difíciles montañas que salvaguardan el lugar secreto

donde se halla el cementerio de los elefantes quietos.

 

Los buitres y los cuervos que nos traen y nos llevan las noticias,

esos pájaros desesperados, tan hambrientos como los demás,

ya habían cambiado los signos de exclamación

por los de interrogación, los puntos suspensivos por los finales.

 

Ya habían mordido con sus picos afilados las silabas,

ablandando con un guiño la intención de la palabra,

convirtiéndola en esponja que todo lo absorbe;

la suciedad, el desafío, la farsa descarada y el puño.

 

La palabra, como el hueso principal que sujeta un cuerpo,

se endereza, se asocia con sus hermanas para armar la frase,

la expresión de una sinceridad como un baluarte, una piedra

semipreciosa que trasciende, el tesoro válido de lo cierto.

 

Busco en esa zona peligrosa de extrarradio vecinal,

donde se acumulan las basuras y las botellas rotas,

donde se exhibe la ropa exterior de las sábanas en los balcones,

hay desconchones en las paredes y en las calles coches viejos.

Parece un país oculto, donde las palabras son abruptas,

chillan con la misma frustración, la misma violencia

de los callejeros gatos enjaulados, abejas enojadas sin panal. 

 

Un Paris avergonzado que no precisa la lluvia para el barro.

 

Continúa la aventura de la palabra, como de la vida…

Seguiré buscando una pequeña joya tallada,

escondida más allá del sonajero de los días. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XXVI

 

EL PINTOR, EL ESCRITOR, EL FOTOGRAFO…

 

Plantado como un árbol frente a una montaña nevada

que precisa un bastidor que la sujete.

 

Inmóvil, hurgando en la mente como un barrenero,

urdiendo los colores en un pincel que mira al lienzo.

 

Empieza con el rigor de un trazo decidido de pedrada

que avanza entre la realidad y el paisaje incierto

 

de la catarata de imaginación que se desborda

deshaciendo las nubes del recelo de un comienzo.

 

Las pinturas se entrelazan en abrazos persistentes

formando el asombro de figuras que hablan, que sonríen,

 

en cuencos inconcretos frutas y flores que palpitan,

que aman, gritan, sufren en un torrente de aluvión.

 

Otro sentado frente a un coro de teclas, como las de un piano

que fabrica palabras con letras que taconean;

 

redes de pesca finas y gruesas que recogen frases

impetuosas, serpenteantes, que muerden como un tiburón.

 

Se conforman los diálogos entre conciencias e intereses.

Se describen precisos escenarios adoquinados en multicolor

 

por donde deambular en pasos con riesgos ajenos

con sendas inseguras, tambaleantes de emoción.

 

La tragedia, el drama, la comedia, el sentimiento

con que un recién nacido camina buscando vida propia

 

en una poesía que enseña a andar, a correr, a jugar

con intenciones que se dibujan entre líneas.

 

También con la cámara preparada y el teleobjetivo definido,

cierra un ojo para precisar exacta la visión,

 

permanece atento a una contraluz que le sorprenda,

una belleza o una tristeza que se asome inédita.

 

Confía captar el venturoso nacimiento de una brizna

esperanzada, el salvaje trino matutino de la alondra,

 

la delgada niña aterrada que huye descalza de la destrucción,

el zumbido de la abeja, la mano que se enlaza… el beso.

 

Haciendo el mismo gesto para lo contrario que el francotirador

con la enquistada vida reluciente a la que apunta y dispara.

 

Uno la presenta, la denuncia, la expande, la festeja,

el otro la fulmina.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XXVII

 

INMORTAL.

 

No quería morir; no le convencía viajar

sin billete de regreso.

Tenía familia.

 

No estaba hecho para abandonar lo que pensaba más preciado,

el único sentido que había dado a toda su existencia;

continuar.

 

No quería perder el regalo más valioso que recibió de sus padres:

esa voluntad de respirar, de palpitar, de compartir,

de ser útil, de ayudar.

 

Esa afición a sonreír, a emocionarse…

a aprender.

No se conformaba con terminar.

 

Tenía, aún mermado por los años, tambaleante,

mucho por hacer; aceptando el dolor, el desengaño,

la hermosa derrota de estar vivo,

la erosión de la vejez.

 

Había vivido la muerte, en otros, como una cruel ley vital,

en una tan dramática, como deliciosa, intrincada, azarosa,

tragicómica obra de teatro donde el papel

de algunos personajes que sufrían… o no, tocaba a su final.

 

Quería vivir en esa función infinita

que no supiese concluir.

 

Contando, sobre el escenario, con detalle

su propia vida… la vida de todos,

sus experiencias interminables.

 

Con la consciencia que al otro lado del suelo

caen los aplausos,

las miradas mudas sin remedio.

 

No conocía cómo hacerlo:

¡Quería vivir…!

Aun sabiéndose condenado a su fin.

 

Estuvo un tiempo pensando:

¿qué hay más inmortal…?

 

Estaba decidido a no morir;

y comenzó a escribir. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XXVIII

 

LA ÚLTIMA VEZ.

 

Morir, sí, morir de una vez por todas,

sobre una sola vida agrietada,

sin remedio, de furtivas formas silenciosas.

 

Miles de gotas, de aguas se unieron formando mi cuerpo.

Descendiendo desde un cielo grisáceo para helarse

como un carámbano sujeto a una rama, a una cornisa del tejado.

 

La ruleta rusa, fría y en voz baja de la noche o con el dulce sol

chispeante del meloso mediodía de invierno decidirá mi destino;

aferrarme al goteo vital de sangre transparente o precipitarme.

 

No continuar, ni ebrio, ni con el alma en desconsuelo,

encaramando la pendiente de los días como losas,

cuando las piernas que sujetan las cinturas, ya, se agotan.

 

Cerrar los ojos al fecundo misterio de la adivinanza.

Dejarse llevar con el callado traje oscuro a la libertad

de las gaviotas invisibles en un puerto tierra adentro.

 

Desapercibido, huir de las heridas que nos buscan,

los perros que nos ladran, las calles que se derrumban

bajo nuestros pies, como si todo fuese algo inseguro.

 

Andar por un andamio mal sujeto apoyado al edificio en ruinas,

por un puente de remaches oxidados sobre un desfiladero,

o, a todo trapo, correr por un camino de peralte mal trazado.

 

Sin la memoria ajena, nuestros pasos se perderán

como la bruma matutina que desciende de la montaña

y se desmorona a las primeras caricias solares.  

 

Rescoldo de una época antaña que se anuda

como un presumido pañuelo estampado,

o como una soga justiciera sobre el cuello del caracol.

 

Será entonces, con una mueca, la última vez que te sonría,

bajo los cipreses que sobrepasan los tejados,

y tras las tapias que contemplan un cielo hecho añicos.

Como la ceniza del cigarro caeré sobre la tierra,

aún caliente, con toda su fragilidad, su desmenuce,

con las manos vaciadas de aspiraciones y de anillos.

 

Será caer para no levantarse, caer para mezclarse con ella,

con su poco de piedra, de arena, de arcilla, ya sin miedo

entre pequeñas raíces, alguna brizna verdecida.

 

Polvo intrascendente entre el polvo al viento

de la tierra roja, tierra blanca, tierra rota.

Solería solida donde juegan a la vida los niños sin memoria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XXIX

EL DESENLACE.

 

“Y a veces, cuando la noche es lenta,

los desdichados y los mansos recogemos

nuestros corazones y nos vamos

a mil besos de profundidad”

Leonard Cohen

 

Toda renuncia esconde alguna duda.

Una decisión intrincada… también.

 

Vivir entre tus brazos se convirtió

en escándalo feliz, en voces susurrantes,

disimulo con miradas de reojo.

 

Escapar de la nada omnipresente del pasado,

y su tristeza; algodones de rutina

ocultando días nublados.

 

¡Cuánto amamos en esa pereza

de esperar el desenlace!

 

Estatuas barnizadas comienzan su danza de sombras,

con la repentina luz rupestre de los engaños entreabierta,

en medio de las sucias cristaleras ojivales de la tarde.

 

Para cuando los parpados decidan levantarse despeinados,

entre nosotros habrá crecido una huerta de tímidos tomates

redondos, dulces, arrugas de sabanas secas del levante.

 

Cuanto hayamos aprendido del amor

ya estaba escrito en las lápidas ajenas,

en los antiguos papiros amarillos.

 

Lecciones de un tesoro disperso menos maldito que brillante.

 

Los que supieron del amor lo han gritado

en las ásperas voces insolentes de los cantes.

 

Sones junto a la fogata nocturna de la tribu,

como una oración desplegada frente…

a un horizonte invisible.

De remordimiento y pecado amoldamos

nuestras horas, como un mosaico inverosímil.

 

Laberinto de azulejos cuarteados

con una conciencia temerosa

a su fachada y al qué dirán.

 

Los portales nos critican, cuando apagamos

su luz de salvaguardia.

 

Nos adentramos en una intimidad de peripecia,

subidos en un bajel tambaleante de caricias.

 

Las envidiosas aceras descaradas murmuran

al ver como los besos se desatan.

 

Los trémulos visillos se descorren curiosos

al campanilleo de nuestra risa.

 

La piel de compartido cuero imprevisto

comienza sus pesquisas.

 

Sottovoce entre silencios prevalecen.

 

Condenas al oleaje asustado ante la rudeza

de las piedras del espigón que se adentra al mar.

 

Nadie acepta, sin remilgos, tan hermosa tempestad

en un amor de borbotón.

 

Ante toda esta mugrienta actualidad de envoltorio

han pintado un letrero en la pared de un almacén

de juguetes rotos: “solo el amor nos salvará”.

 

¡Sí, es posible que el amor nos salve!

También habrá que poner de nuestra parte.

 

Algún merecimiento… al menos.

Algún detalle.

 

 

 

 

XXX

 

DOMICILIO DEFINITIVO.

 

Cuando el médico no me dé la absolución,

ni el cirujano acuda en mi auxilio.

 

Las enfermeras me sacien de calmantes,

y el dolor persista en mi armazón.

 

Solo entonces, pondré de pie, como un aullido

mis postreros deseos de destino.

 

Solo entonces y no antes, compraré

el billete del viaje rutilante sin regreso.

 

El animal casi salvaje se habrá cansado de fierezas,

de deambular como perdido por los bosques.

 

Por selvas, por praderas sin el trazo de caminos.

Dejar de asustarse, de una vez, con sus rudezas.

 

Parar, sí… parar descalzo junto al rio abierto

que desemboca al mar del regazo de la tarde.

 

En la mirada curiosa del inquieto niño,

en la sonrisa de un amor que se esparce.

    

Querré volver a los inicios nebulosos del cariño,

al esbozo de los días que inauguraron mi universo.

 

A los recios brazos cuidadosos de mis padres.

Querré volver a mezclarme en su esqueleto.

 

Ya está todo preparado en esa gruta oscura

de nicho acompañado de soledad y silencio.

 

Domicilio definitivo de morada de ultratumba,

felicidad de bienvenida, de obligado reencuentro.

 

Acudiré sin mis medallas, ni logros, ni derrotas,

manos limpias de existencia sin más méritos.

 

Tan solo una callada voz vencida que aún retumba.

Nada nuevo sobre tierra vencedora; otro muerto.

 

Iré a la pradera irreprochable de la nada,

como el perfecto lugar para empezar de nuevo.

 

Donde se aprovecha todo lo vetusto, lo viejo,

lo inservible, lo ajado de una vida acabada. 

 

Volveré al día inicial de mi inexistencia,

con la ilusión del primer día de colegio.

 

Con mi planchado uniforme de cadáver

y los relucientes zapatos nuevos… al bailoteo.

 

Permaneceré estático todo lo posible,

ajeno al sopor de la ofrenda floral y al duelo.

 

A una despedida entre lágrimas y abrazos

que confunden la risa con el llanto.

 

Aspirando, al menos por un rato, a perdurar…

a merecer ser un buen recuerdo.

 

Quiero volver a la compañía de mis padres,

a ese tiempo sin horas del domingo.

 

A sus cuidados de siesta, su consuelo y sus afectos.

Ahí, y solo ahí quiero pararme.

 

Los que vengan detrás,

sabrán donde encontrarme:

 

entre mis huesos, mis versos,

… y mi sangre quieta disecándose.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     “Agradecimiento infinito al servicio de Otorrinolaringología del Hospital Universitario Regional “Carlos Haya” de Málaga, a sus doctores, cirujanos, anestesistas, enfermería, celadores; a todos los profesionales que hicieron mi estancia con sus atenciones, destrezas y cuidados algo pasajero.

 

     Y en especial al Doctor Miguel Ángel Pertierra Quesada (Melilla), por su rápida y certera intervención en aquella noche de agonía, a quién ni yo ni mi familia podremos recompensar nunca su habilidad e ímpetu en sálvame la vida”  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PATOLOGÍAS PREVIAS

(del animal salvaje)

 

Índice:

 

Prólogo…………………………………………………………………                           5

Introducción……………………………………………………………                           9

       I.- PRIMERA PREGUNTA……………………………………….                        13

      II.- DOLOR DE CORAZÓN………………………………………                         15

     III.- PROPOSITO DE ERMIENDA…………………………………….                         17

     IV.- ARREPENTIMIENTO………………………………………..                         18

      V.- PENITENCIA…………………………………………………                         19

     VI.- CONTINUACIÓN: VUELTA A LAS ANDADAS…………..                         20

    VII.- CANCER………………………………………………………                         21

   VIII.- LA ALBERCA………………………………………………..                         23

      IX.- HOSPITAL……………………………………………………                        25

       X.- SONAMBULO………………………………………………..                         27

      XI.- AGUA VARADA…………………………………………….                         28

     XII.- POEMA A LA MONTAÑA………………………………….                         29

    XIII.- EQUIPAJE……………………………………………………                        31                 

    XIV.- DESEMBARCO. …………………………………………….                        32

     XV.- DESCAMPADO………………………………………………                        34

    XVI.- DESESPERANZA………………………………….…………                       36

   XVII.- MAS PERRO QUE LOBO.……………………………………                      38

  XVIII.- TEMPERATURAS ANTAGONICAS………………………..                      40

     XIX.- EL TRASTO VIEJO…………………………………………..                      42

     XX.- ALGUNAS LÁGRIMAS………………………………………                      45

    XXI.- LA NOCHE INSOMNE…………………………………………………                      47

   XXII.- LA FLOR SISVESTRE………………………………………..                      49

  XXIII.- UNA BUENA MANO…………………..……………………..                     50

  XXIV.- INVENTARIO…………………………………………………                      52

   XXV.- LOS CONFINES DE LA PALABRA………………………….                     54

  XXVI.- EL PINTOR, EL ESCRITOR, EL FOTOGRADO…………………                     56

 XXVII.- INMORTAL ………………………………………. ………….                    58

XXVIII.- LA ÚLTIMA VEZ …………………………………………….                     60

   XXIX.- EL DESENLACE …………………………………………………….                     62

    XXX.- DOMICILIO DEFINITIVO …………………………………..                     64

 

 REFERENCIAS:

 

William Carlos William………………………………………………………………                11

Raquel Lanceros………………………………………………………………………               11

Ángeles Mora…………………………………………………………………………               17

Alfonso Canales Pérez-Bryan…………………………………………………. ……..       25 y 36 José Antonio Muñoz Rojas……………………………………………………………               28

Sylvia Plath……………………………………………………………………………               32

Langton Hughes……………………………………………………………………….               42

Karmelo C. Iribarren…………………………………………………………………..              50

Joan Margarit………………………………………………………………………….               52

Leonard Cohen…………………………………………………………………………              62

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CONTRAPORTADA

 

PATOLOGIAS PREVIAS

 

 

 

     Son estas páginas, a su vez, un abrazo cálido en la soledad y una luz en la negrura de la incertidumbre. No estamos pues ante un simple libro; es más bien un grito que invita a explorar el latido del alma en la intimidad de la experiencia humana.

 

“El mar se hizo juntando lagrimas eternas.

La tierra se fabricó cerrando puños

con perfume a arena de tristezas.

Caminamos descalzos huyendo de la tiniebla”

 

     Que cada poema resuene en ti, estimado lector, y encuentres en ellos aquello que ayude a tu corazón a descubrir que, incluso en la lucha más difícil, existe belleza y significado.


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