No me llame usted poeta

 

 NO ME LLAME

USTED POETA 

 

 

 

PUCHADES FERRER Jose

 

 

 

Neopátria

Opera Prima

DIRECTORS DE LA COL-LECCIÓ:

Manel Alonso i Catalá i Antoni M. Bonet

C del text: José Puchades Ferrer, 2020 C de la present edició:

Editorial Neopatris, S.L.

Plaça del Sufragi, 6 – 46600 Alzira (Valéncia) www.neopatria.esinfo@neopatris.es

Imprés a la Unió Europea ISBN: 978-84-XXXX-XX-X

Depósit legal: V-XXX-2020

No está permitido la reproducción total o parcial de este libro, ni la grabación ni difusión en un sistema informático, ni la trasmisión en cualquier forma o cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia o por alocución, por registro o por otros medios, ni el préstamo de su integridad o cualquier forma de cesión de uso del ejemplar, sin el permiso previo y por escrito del propietario del copyright.

Este ejemplar ha sido compuesto en Junio del año 2.020, en su totalidad de texto, portada e imágenes por José Puchades Ferrer, y es el propietario de todos sus derechos de autor que le pudieran corresponder.

 
 
 

NO ME LLAME USTED POETA

– PECADOS SIN CIUDADES

– POEMAS A “MA MARE”.

– Y… ENTONCES.

                                                   

               

  “Al pasado de mis padres

                                                                         y al futuro de mis hijos”

PROLOGO

El primer poemario publicado por la editorial NEOPATRIA, “NO ME LLAME USTED POETA”, título del último poema de su trabajo “Y… ENTONCES” de Puchades Ferrer José está formado por tres poemarios: ‘Pecados sin Ciudades’, ‘Poemas a ma mare’ e ‘Y… ENTONCES’. Una dificilísima selección de, solamente, tres muestras de una extensa obra inédita recopilada y denominada “PERRO LOBO”, que el autor ha guardado, bajo el manto de un tímido silencio, durante toda su vida.

Si decimos, como expresa el propio autor, que estamos ante un poeta que no es poeta, deberíamos estar ante un oxímoron, pero igual no es así. En la espectacular fuerza del título, puede haber trampa. Posiblemente nos encontremos ante un poeta tímido cuya humildad no le permite considerarse como tal. Aunque bien es verdad que, como el hombre (y la mujer) es un animal social, la cualificación de poeta no depende, no puede depender, de forma exclusiva, del propio ente escribiente. Algo podemos decir el resto de humanos que formamos parte del entorno de nuestro personaje. Y decimos. En primer lugar, hemos de decir que la persona lectora que quiera transitar por el mundo de este autor llegará, finalmente, a la definición de poeta que nos ofrece él mismo, en contraposición a su no condición de tal: lean el poema con atención y saquen sus propias conclusiones.

Puchades Ferrer es un hombre entrando en la madurez, del cual nunca se había sabido que fuera escritor. Y mucho menos, poeta. Hijo de valencianos, nacido en Valencia y criado en Málaga, donde vive, es la imagen perfecta de la luminosidad valenciano-mediterránea, que lo acunó, más todos los dones que recibió en su querida Málaga: andaluz simpático, generoso, alegre, divertido… Las personas de su entorno podían pensar cualquier cosa del personaje, excepto que tuviera tan gran capacidad de remover sentimientos, de profundizar en los conceptos, de crear metáforas bellísimas, de producir, en fin, esos poemas que ha ido escribiendo a lo largo de su vida de forma callada, humilde y solitaria, nadando en los entresijos del sentimiento humano con tanta sensibilidad, tanta profundidad y, al mismo tiempo, con tanta elevación estética.

Los poemas de Puchades Ferrer se presentan desnudos. El autor, aunque es un gran lector, y ha leído y estudiado, bebido con ansia, la poesía clásica y contemporánea, no necesita citas eruditas para mostrar al público un bagaje cultural que avale su obra y que palíe su miedo a sentirse poeta, como nos anuncia en un gran titular introductorio. En el fondo mienten, el titular y su autor, porque él se siente poeta; se siente dolorosamente poeta; se sabe. Y necesita que lo sepamos, que lo sepan, también y sobre todo, los poetas del Parnaso, que se sepa… Especialmente que se entere su admirado Pablo Neruda, una cita del cual es la única nota erudita que encontraremos.

Si, desnudos, sus poemas se han creado, y han nacido, desnudos, y así han visto la luz, y así viven en el mundo, o los mundos, del sentimiento, o de los sentimientos, de su autor desnudo: Desnudos. Y encontramos el poema clavo que se hunde en lo más profundo del sentimiento; y, el poema relato que narra –aparentemente desenfadado- emociones que necesariamente habían de salir, desnudas, a la calle; Y el poema que vuela, porque quiere volar; y el poema que reivindica verdad y justicia; y el poema de amor; Y el que defiende a los que necesitan defensa; y el poema que calla, porque el silencio, desnudo, también forma parte de la palabra.

Puchades Ferrer maneja la metáfora y sus hermanas retóricas no para crear mundos cerrados e inasequibles –actitud tan cara a muchos poetas, especialmente mediocres- sino para acercar sus profundos sentimientos y emociones al público lector, al cual le sirve la palabra en una clara, nítida y vibrante bandeja de oro.

Entre la evanescente trivialidad mundana y la profundidad poética Puchades Ferrer ha encontrado su lugar en el mundo. Y entre ambos espacios bucea, nada, vuela, vive… Y de allá nos trae hoy su primer poemario, el primero que ve la luz, pero podría, y debería, no ser el último. Por ello, y por todo lo que pueda venir, no podemos más que felicitarle, y felicitarnos, porque: ha nacido un poeta.

Lluís Fornés.

 

 

 

 

PECADOS SIN CIUDADES.

“Dios me perdonará:

es su oficio”

Heinrich Heine.

 
 
PECADOS sin CIUDADES.

.- Soberbia.

.- Avaricia I y II.

.- Lujuria.

.- Ira.

.- Gula.

.- Envidia.

.- Pereza.

 

                                 

                           

                        SOBERBIA.

 

De forma sigilosa, casi inapreciable,

avanza como una telaraña sobre ti,

despreciando a todo lo demás.

 

Entra en tu interior y te va adobando sin notarse.

Su aroma entre Chanel y letrina en la oscuridad del bar

te embriaga igual que el hachís.

 

Maldita realidad agrandada que no sabes ocultar.

Todos transportan tú cruz y tus espinas.

 

Ya no entiendes la altura de los edificios,

ni el brillo del sol por la mañana que busca

el reflejo en sus cristales sujetos de aluminio.

 

Ni admites el elevado vuelo de las aves,

ni la antigua estatura de la montaña,

que te supere, te haga sombra.

 

Tú desde el valle no hay sur

debajo de tu sur,

ni nada más al norte de tu norte.

 

Has llegado tan alto en la ingrávida vanidad,

que está por encima de los aviones.

 

Y no tanto, bajo los satélites del espacio:

¡no es tan necesario!

 

Subiste al caballo para verlos con desdén

a todos desde arriba.

Pisoteando, golpeando, mordiendo.

 

Perdiendo el paladar de humildad,

si alguna vez tuviste,

y nunca ambicionaste.

 

Has llegado para algo,

queriendo que se note tu arrogancia,

como la brocha que pinta tu sendero.

 

El espejo no te dice la verdad por temer

que lo quiebres en un golpe, prefiriendo

más su plana luz sin grietas que tu mala suerte.

 

El barro bajo tus pies no te resbala,

ni te ensucia los zapatos.

 

Excesos desplegados de insegura confianza

repartiendo las miradas de reojo

con el pestañeo cargado de amenaza.

 

Cejas de almena en la torre que vigila.

Pésimo agricultor sembrando los temblores

en toda la aureola de huerta en su contorno.

 

Sucia fruta subyugada fuera de la temporada

abonada, engordada, regada de temores.

Recolectada con canastos rotos.

 

Esqueleto de árbol americano que no contiene hojas.

Laureada corona de orgullo mal usada

en el abundante adorno sobre tu cabeza

de marmoleo Dios pagano.

 

Enfermedad amarga que no te duele,

pero tampoco tiene medicina,

ni antiinflamatorio.

 

La paciencia de los demás es la que te padece.

Ten cuidado, si no te necesitan,

te quedarás solo.

 

Sin notarlo, en el crematorio arde tú vida.

Extraña tempestad que te devora

sin hambre, sin sed, pero con ansia.

 

La ley no es justa si tú la dictas.

Baja cuando puedas de tu excelso pedestal,

de tu promontorio gigante sin dormitorio.

 

Usa las raras palabras para ti:

“perdón”, “gracias”, “lo siento”.

Abandona el atropello y el abuso.

 

Deja el molde de tu estatua de sal,

mirando hacia adelante y hacia atrás.

 

Camina sin pisar a nadie,

ni empujar despacio hacia… la piedad.

 

 

 

AVARICIA

I

Las manos abiertas no soportan su vacío.

 

Quieren atrapar más de lo que alcanza la vista,

intentan rellenar los bolsillos

con la avidez de poseer lo que esconde:

la línea desigual del horizonte.

 

Todo ya en los puños cerrados es apenas nada.

Los dedos cuentan repetidos una

y otra vez los arrugados billetitos

y las lunas llenas de monedas plateadas.

 

Se apunta la cifra en una libretita de piel,

con secas hojas vencidas por cien otoños.

Asomará tímida una sonrisa y alguna gota de saliva

por la comisura de sus labios, si la suma es muy alta.

 

Nunca todo es lo suficiente.

 

Maldita ambición mal entendida.

Codicia no disimulada en los trajes de mil rallas.

No conoce los escrúpulos de los leopardos,

ni pizca de justicia.

 

Anda encorvado como una loma y no recuerda

su edad, ni cuando comenzó su avaricia.

Hombre descalzo que colecciona zapatos brillantes,

marfil prohibido de elefantes amontonado sin reparo.

 

Tierras extensas de algodón y girasol

que añoran la sonrisa,

valores de corporaciones y posesiones gigantes.

 

Acumula cadenas de oro sujetando cruces

y medallas cansadas de colgar

en el mismo cuello su mísera verdad.

 

Jabón y agua frotados, una vez tras otra,

para buscar las manos limpias…

sin conseguirlo.

 

Ojos turbios detrás de la niebla

de las gafas que no ven la humanidad.

 

Recoge sus haberes como el que recolecta

almendras, se encarama a por ellas a las ramas

más lejanas del árbol, y se esfuerza arrodillado

en las piezas caídas rebuscando en la tierra.

Se afana en no dejar ninguna.

 

Dolencia que no busca amigos,

con la tristeza más ampliada que la de los abuelos

condenados al tenebroso asilo.

 

Preámbulo anunciado de cementerio,

donde todo es nada de nada.

 

 

II

También hay avaricia que carece de posesiones.

Pretende apoderarse de almas y su envoltorio,

con sus azarosos destinos.

 

La existencia de los otros les pertenece,

con sus pasos por las aceras y las escaleras,

con sus palabras elegidas…

 

sus nobles sufrimientos,

sus obligaciones cotidianas, sus omisiones,

su tiempo desgranado, su impoluta libertad.

 

Su latido, su respiración y su exhalación.

Todo es soberanamente suyo.

Delincuente apropiación ajena.

 

Son avaricias sentimentales de arcilla

de personas con bellezas superiores.

 

Majestades que exigen pleitesía del vasallo enamorado

a lo largo de los siglos continuados, amen.

 

Son los pequeños dioses

que se idolatran a sí mismos.

 

Dueños imperiales de cuando estuvimos juntos,

y también de lo que hicimos cuando

nos abandonaron con su poder.

 

Como superamos la soledad de un continente

entero… de amargura.

 

Con quién íbamos, con quién nos cogimos

de la mano, nos besamos y donde.

 

Como, milagrosamente, continuamos nuestras vidas.

Hay que aprender a vaciar nuestro armario,

hacer la maleta y con parsimonia

cerrar sus humildes hebillas.

 

Dejar las llaves, el teléfono con el que tanto

nos hablamos, dejar las monedas sueltas…

y el reloj que nos media los momentos

encima de la mesa, y llevarse todos los recuerdos.

 

Juntar las ventanas y abandonar ese paisaje.

Salir despacio de la habitación, cerrar, sin rencor,

de un golpe la puerta y salir corriendo hacia la estación

para aprender a comenzar otro viaje.

 

Mal sentimiento el que se apodera

de lo que nos es suyo.

 

Que necesita pastillas para el dolor de cabeza,

para los nervios, y hasta para dormir.

Analgésicos para el dolorido orgullo.

 

Salud insana de malestar descifrando

que sucedió, que hubiera pasado sin certeza,

removiendo la cuchara en la sopa helada.

 

Compañía incomoda en vagones solitarios,

de que pudo haber sido de seguir bajo su yugo

en la domesticada monotonía cotidiana de cervezas.

 

De continuar en el fragor del barullo,

entre la verdad, el silencio y lo contrario.

 

Jarabe amargo que no sirve

si no olvidas las deudas y las cuentas pendientes, remordimientos inútiles del pasado.

 

Si no eres, ni dejas, ni permites ser más libre…

¡seres más libres!

 

 

 

LUJURIA.

 

No tengo nada.

Nada es mío.

Ni el cuarto, ni su ventana donde habito,

ni la casa, ni los ojos amarillos de mis enemigos,

ni la grisácea acera cubierta de pequeñas hojas muertas

y plumas solidas de la diaria calle que tránsito.

 

Ni el barrio humeante que me lleva al almacén,

ni el antiguo puente de hierro que cruza el río…

ni su aire que cambia de color a través del día,

ni el viento que te mueve la bufanda y el flequillo.

 

Solo poseo la sombra de alguien desapercibido.

La tenue voz que expresa mi garganta,

las letras sueltas de los libros que he leído.

Nadie me pertenece.

 

No soy dueño de nadie.

Apenas de los lentos pasos que rápido camino,

acaso de la temperatura hirviente de mi sangre

cuando veo acercarse tus ojos felinos.

 

Tu botón desabrochado presenta una oferta

de sincera piel inesperada,

 

cuando la pícara iluminación pestañeando

no esconde los deseos, hasta las ganas,

de todo lo que se asemeje a fiesta.

 

Orden desordenado de misterio

que carga la ilusa conciencia de culpa,

la lava y de nuevo la inaugura.

 

Deja que nos pongamos de acuerdo

para que el tiempo busque excusas aunque sea,

por una vez, para indultarnos del infierno.

 

Permite que los dedos suaves rellenos de libélulas

se atrevan a revolotear por tu interior, ya, sin miedo,

preparando escalofríos que despiertan.

 

Todo invita a desgastar en lo eterno

la superficie curva de nuestra suave corteza.

 

Todo se desliza sobre nuestra epidermis de pequeño océano,

recorrido por la malva curiosidad de huellas ciegas

que quieren alcanzar, al fin, la oscura luz del universo.

Dejadnos perdidos en nuestra intimidad.

 

Dejadnos disfrutar en la fogata de nuestro delito,

aparcados en el malecón sobre el asiento de atrás,

sobre la azotea del prado y entre la arboleda

del solitario descampado relleno de eucaliptos.

 

En el rellano sin agua que nos esconde

entre la acequia y las cañas.

 

Dejadnos recostados entre las barcas

de la sucia arena de conchas rotas y gotas del alquitrán

en la playa que con el temblor de la luna

escapando entre las nubes… seduce al mar.

 

Apoyados bajo el farol apedreado de la tapia,

bajo la lámpara tímida del portal.

En la estancia secreta con aroma a paraíso.

 

No hay más ambición que la perenne primavera

florecida de la exquisita elegancia de los amantes parisinos,

que todo se permiten, todo se perdonan.

Que nada se reclaman.

 

No tengo nada,

nada es mío.

 

Solo el dulce candor de este pecado,

que no acaba cuando inesperadamente súbita

cicatriza la cremallera tu vestido,

o cierras en tu camisa lentamente el botón desabrochado.

 

Sino cuando con los años sacuda de la memoria

de mis manos… tu ceniza.

 

Y ahí termine tu regalo a mi alma estremecida.

 

 

 

IRA.

 

Me declaro culpable, señor juez.

Yo no he sido…

pero lo hubiese podido ser.

 

Yo quise disparar a quema ropa a la serpenteante

boa constrictor que recorre las calles con sigilo

 

subiendo los recibos del agua,

la luz y el gas a los tristes viejos empobrecidos,

tras una vida dedicada al trabajo.

 

Yo quise asesinar a los voraces tiburones

sentados en la cómoda butaca de la oficina

de los bancos…

 

con su sonrisa de colmillo blanqueado

generando confianza para atacar a los clientes.

 

Yo quise encerrar en el mismo cuarto

al violento agresor con las inocentes,

al político indecente y al gánster de guante blanco

para que dejen de golpear, atracar.

 

Lanzar atada a un adoquín la llave al mar.

 

La insoportable injusticia urde tempestades,

con el anhelo de la mano levantada del perro

abandonado en la carretera solitaria…

 

queriendo arañar, morder, por primera vez,

toda la cara, a su insensible amo.

 

Rabia en el tiempo con salivas de gin-tonic contenidas,

desván con duros puñetazos en la pared,

piel enrojecida de impotencia almacenada.

 

El sentimiento inconsciente traicionando

la necesaria esperanza desmenuzada.

 

Furia de dientes apretados, encías que los tambalean.

Paladar de violencia deseada.

 

Desagües embotados por donde ya no corre el agua.

Mal camino que siempre se empeora, daña, hiere,

y el dolor la herida te devuelve.

 

Cuando la ira se desata, las desgracias

más deprisa que despacio se aproximan.

 

Pésimos amigos de viaje has elegido;

la rabia, el odio, la violencia, la venganza, el ardor,

la furia que esconde lágrimas azules de escarchas

disecadas debajo de los arboles sin flor.

 

Caerá la resina pegajosa tras el corte

en la corteza de los ordenados pinos,

como la sangre ordeñada por las jeringuillas

para transbordarla a las necesarias bolsas de tristeza.

 

Sangre limpia que arde furiosa en su llama amarilla

por volver entre las venas a sus carreras,

de frágil circuito cerrado sin salida.

 

La deslealtad rompe los vasos de cristal

tallado de la confianza y su discontinua

primavera, rabiosamente viva.

 

No querrás tener la escasa fuerza del tambaleante

boxeador sonado que dando golpes en el aire

no elude la pelea, a la que le empuja jadeante

su bravo corazón, sabiendo su derrota ya agotado.

 

Mide bien a quien te enfrentas,

antes de que la ira te transporte a un lugar peor.

 

Hay mucho enemigo entrenado.

Aun pensando que tienes toda la razón,

siempre eres la primera víctima… ingenua.

 

Otros sufrirán tus consecuencias,

siendo tú también la última víctima.

Señor juez, dícteme ya la sentencia.

 

 

 

GULA – LO CONTRARIO Y SU CONTRARIEDAD.

 

No hace tanto tiempo que el hambre

corría por las calles cogida de tu mano.

 

El hambre era tan grande que nos comíamos

los perros como si sus costillas fueran de cordero.

 

Los cocodrilos tendrían dientes pequeños

para los desesperados ojos de nuestros puentes.

 

No hace tanto que ni en el adoquín de las aceras

ni en las azoteas revoloteaban juguetones los gatos.

 

Los guisábamos a falta de conejos.

 

En los estanques desaparecieron las nerviosas

colas de demonio de las carpas,

y el adorno colorido de los felices patos.

 

¡Que no parezca crueldad!

Solo era falta de comida.

 

Volviendo a casa con el estómago tan vacío

como el del labrador sin cosecha,

 

degustábamos las campanillas amarillas de la vereda,

lamiendo sus tallos con sabor a cascara de limón

y el paladar a comer hierva.

 

Siendo como un pelicano en medio de una era

con su bolsa triste y seca.

 

Fumábamos el periódico retorcido

para llenarnos la barriga y los pulmones

del humo de las fogatas de los indios con su pipa de la paz.

 

No hace tanto tiempo. ¡Es verdad!

Hoy también está pasando.

 

Hay palomas que no llegan a sus nidos

tras el vuelo cotidiano buscando

el alimento a sus polluelos.

 

Hay cazadores que las cocinan para la cena.

 

Aún hoy hay continentes que no saben qué hacer

con los picos abiertos hacia el cielo esperando su maná.

 

¿Qué llevarle a las bocas de sus niños?

 

¿Quién fue el primero en comerse un erizo de mar,

el pedernal por abrir de una ostra, unas delgadas angulas,

un alga flotando en una orilla,

una ortiga, el plantón o una trufa?

 

¿Qué clase de aguacero sin escrúpulos

tenía dentro que no se saciaba con un insecto

escabulléndose en el aire,

un caracol o la espuma de una oruga?

 

No hace tanto tiempo, ni siquiera minutos,

en el Gallagher de la 52nd St, de Manhattan

los platos se retiran con medio filete.

 

¡La otra mitad de carne era suficiente con su patata!.

Toda la comida que se tira a la basura

basta para matar de golpe mucha hambre.

 

 

 

ENVIDIA.

 

Oteando de puntillas por encima de los hombros

y las tapias.

 

Como la curiosidad de la vieja tras el visillo

pendiente a todo lo que se mueve,

lo que se detiene, y quien lo hace.

 

Midiendo a los demás para salir perdiendo.

 

Siempre hay algo que recaliente el puré de su veneno

que poco a poco va alimentando la rabia.

 

Recuerdas cuando jugabas, aún,

con muñecas que no eran tuyas.

 

Aquellas hermosas muñecas rubias, tan delgadas,

con trajecitos de tul, zapatitos de agua.

 

Que eran de tus amigas, de tus primas, hasta de tu hermana.

 

Quienes las cuidaban, las vestían y peinaban,

les ponían florecillas en sus manos de nata,

les cantaban nanas antiguas,

las dormían apagando sus largas pestañas.

 

Antes de que cuidadosamente las guardaran

les pedias que te dejasen jugar con ellas,

para cuando no te miraban, arrancarles los ojos,

y las piernas, ser posible hasta la cabeza.

 

Para terminar diciendo: ¡Se han roto, pobrecitas!

para que todas lloraran.

 

Travesuras que hoy te dan tanta risa,

desde tu espesa soledad callada.

 

Fuiste perdiendo la compañía de tus amigas,

tus primas, se alejaron, ya no te llaman.

 

Y desde que le quitaste el novio a tu hermana,

¡no te habla!

 

La envidia es una hidra invertebrada

que crece en las paredes del alma.

 

Si vive en la descongelada agua dulce…

ansía la cálida agua salada.

 

Apacible por fuera en el cartel,

por dentro brasa que no descansa.

 

Vive las azarosas vidas ajenas con desdén,

el mismo desprecio impío que le impide la calma.

 

La felicidad ganada de otros no le agrada,

no le alegra… la irrita.

 

Si su casa es el océano Indico o el Pacifico,

quiere mudarse al agua fresquita sin sal

que mana saltando entre los riscos.

 

Nunca está conforme, ¡la pobrecita!

 

 

 

PEREZA.

 

Deja que pase un rato de una mano sobre otra,

con la mirada perdida en el fondo del océano

buscando en ciegos peces abisales los colores de su ropa.

Que el tiempo te contemple en esa dejadez de no arriesgar en el amor todo lo ganado, y no importarte perder todo de una vez.

Deja que los trenes de la vida

abandonen la estación como si fueran los últimos que no van a ningún lado.

Perdida jornada abandonada en su punto muerto que solo aspira a tu perdón.

La hamaca bajo la parra de sol suave prepara la tarde de tesoro a no hacer nada.

Admirar la luz aterciopelada sobre los árboles,

a las hormigas persiguiéndose en su incansable senda, los insectos sobrevolando la planicie del estanque,

a las nubes caminando despacio por el cielo.

La continua levedad de dejar las horas caminar, esperando que las obligaciones cotidianas

se resuelvan por si solas sin mover el ala de tú sombrero.

Que la problemática existencia

se disuelva en la quietud, ya, madurada.

También nos atropella la densa languidez de los días, hasta antes de amanecer, donde nada nos proponen de interés,

más allá de la exacta postura horizontal de un turista bajo el sol.

Salvo mantenerse amarrado en la conciencia por el hilo de agua que deja su deshielo,

por la cuerda floja temblando del equilibrista.

Ingrávidas horas sin ganas de algo que hacer.

Minutos de oro convertidos en aciagos, registrándose el cuerpo por encontrar una dolencia que esté más allá del necesario ánimo

que necesita para levantarse el murciélago colgado boca abajo.

¡Aprovecha el tiempo! Me repetía mi padre:

¡Aprovecha el tiempo! Permíteme que no piense.

Permite que la indolencia sirva su propia copa. La beba y la apure hasta que me canse.

POEMAS a “MA MARE”

Poemas a “ma Mare”

  • .- Si, ya lo sé.
  • .- Tres y media de la
  • .- Hoy es el día.
  • .- Sesenta años, un mes y nueve días.
  • .- “La edad me cubre como una llovizna”.
  • .- Después de los días ciegos sin
  • .- Tu vida ya apenas es una
  • .- Hoy es
  • .- Entre tantas páginas del diario
  • .- Las hortensias de
  • .-
  • .-“THE WAY WE WERE”
  • .- Déjame acomodarme al

“Cae la sombra porque tuyo es el reino. Esta es la forma en que acaba el mundo, no con un estallido, sino con un murmullo”

T.S. ELIOT.

I

Si, ya lo sé,

hace más de dos años que no hablamos. No, claro que no. No estoy enfadado.

Yo, como siempre, a mi trabajo, viajante solitario por las carreteras,

catálogos para vender, kilómetros, horas de radio.

Madrugadas con laderas de olivos, ya, iluminados. Niños en casa por crecer, cachorros por salvar… solo en la multitud de las calles.

Tú, desde tu ventana frente al mar, acompañada de vientos y gaviotas suspendidas tras los cristales,

de soles y de barcos que cada día salen y luego se esconden… desde tu piso once.

Con la complicidad de nubes y olas coses puntillas a toallas y manteles, hablas por teléfono con tus hermanas.

Lees con tus gafas viejas.

Abres las cartas, ordenas tus papeles.

Acudes al rezo nocturno los viernes de libretos en los que no crees.

Vas a la peluquería los sábados, a misa los domingos,

y el lunes al supermercado.

Añorando a toda tu familia que se ha ido al infinito.

Estremecida con el beso de tus hijos,

a los que recibes con la ilusión en los ojos de un niño que espera ver pasar

la cabalgata de los reyes magos.

Hoy veo tu serenidad en los estanques, tu inocencia en la fruta madurada

por años de fotos en negro, sepias y blanco.

Noto tu fragilidad en las estrellas diurnas que temen que anochezca.

Hoy siento tu clara bondad en los que saben perdonar. Tu condescendencia con el tamaño del océano.

Tú sabiduría domesticada en el que observa, respeta y… reflexiona.

Encuentro tu cara en las policromadas Vírgenes sin pedestales, sin mantos ni coronas

y en las clásicas actrices italianas.

Hay muchas cosas que aún no te he dicho, con tanto que hablábamos y nos reíamos,

de las noticias que pasan y de nosotros mismos.

Que me gusta tu arroz, tu tortilla y tu tomate frito.

¡Que te quiero mucho!

Que eres mi madre, amor lucido, nítido cristal de roca,

mi madriguera, mi refugio.

Eres toda mi importancia, mi escudo y mi dosis de valor.

Mi faro, mi seguro, mi bastón de ciego.

Mis preguntas te pregunto

y en tu historia encuentro la respuesta. Hoy ya solo sabor de ausencia.

Y que yo no soy tan bueno como siempre has pensado. Garbanzo negro, mala suerte.

Buscador de amor eterno,

viajante, también, de amores largos y breves.

Que alguna vez, para no hacerte daño, para que no me fabricases enemigos:

¡te he mentido! como tú ya sabes.

Horas a solas, hablando o callados. Limpiándonos con esmero las yagas del pasado.

¡Juntos!

Ese es mi paraíso roto y sumergido bajo el agua. Mi gran tesoro naufragado.

Hace ya más de dos años que no hablamos, y te repito, no estoy enfadado.

Los meses pasan tan rápido, como la vida, sin darnos cuenta, como a un reloj parado.

Tú lo supiste antes que nosotros:

a nuestra edad, ya no queda nadie sin heridas, ni mapas de piel sin cicatrices.

Nadie guarda ya intacta la cajita verde de esperanzas. Tan solo somos espaldas apuñaladas a plena luz del día, o en refriegas nocturnas.

Tú lo sabias: un alma que ama

se rompe cuando el amor se derrama.

De toda la sangre que lo hizo latir,

el corazón solo añora la que aún necesita.

La memoria es un libro impreso con el humo de la niebla, mojado por la lluvia

de tantas ocultas lágrimas y desconsoladas.

Donde el recuerdo pierde las páginas más frágiles y húmedas.

Todos los renglones no son rectos, como cuando se huye en un incendio.

El fuerte cierzo y el olvido

solo se llevan todo lo que pueden cargar.

También nos creímos lo que nos contaron.

Y de lo vivido, varias letras empapadas se han desvanecido.

Como algunos de los santos que no lo eran tanto, y de otros, sin ruido, mucho más.

Y de los malos, algunos, mucho menos.

Miles de palabras sin decir,

buscando en la garganta su momento,

mariposas enjauladas, agazapadas tras el silencio esperando abrir sus alas.

No pienses que es cierto todo lo que se dice de mí.

Es más verdad lo que se callan.

Esperaba a que se oscureciese la tarde para pasar a verte y cuidarte.

Prepararte la cena… apagar la estufa.

Que tomases tus pastillas.

Tus huesos doloridos solo hablan de la crueldad de los años, el verdadero frío que el invierno guarda dentro.

La soledad ingrata de la noche dando vueltas en la cama vacía sin nadie más que el miedo.

A veces, sin que lo espere, cuando la luna

lleva en su escenario negro más de media guardia, en mitad del sueño aparece un suspiro.

Que no sé si es tuyo… o es mío. Y nos abrazamos y hablamos.

Volvemos a hablar después de más de dos años.

Si, te puedo decir,

que no sé si será cierto.

Después de más de dos años creo que soy yo el que está muerto.

II

Tres y media de la madrugada.

Hora de tinieblas, de la lechuza, las luciérnagas y de las hadas.

Tiempo de cerrar las ventanas. Ya solo queda despedir la fiesta, decir adiós a todos.

Apagar las luces,

quitar todas las guirnaldas y marcharse.

Y tú lo has hecho… hacia el gran infinito, o a la nada.

Malas noticias tras los teléfonos,

como en los periódicos la primera página.

El lobo sobre la colina aúlla a la luna toda su desgracia.

Las ambulancias aparcadas, bajo las farolas del hospital,

son en la arena de la playa barcas varadas,

no encienden las sirenas, por temor a despertarte.

No se mueven.

Solo aparecerá el coche…. fúnebre.

Huiste del laberinto de sensores,

del scalextric de las vías y sus agujas.

Escapaste del dolor oculto, incalculable,

que te retorcía sin fatiga los músculos, los huesos.

Que te golpeaba igual que el pistón a la biela todo el cuerpo sin piedad.

¡Todo el cuerpo!

Que te apretaba toda entera como la mano que se cierra fuerte sobre la flor…. deshojándola.

Tres y media de la madrugada.

Hora de observar estrellas de plata

andando de puntillas por el terciopelo negro. Acercarse y poder cogerlas uno mismo.

La hora exacta del silencio y ya cerrar los ojos.

La partida ha terminado.

La última carta está sobre la mesa. La suerte ya está echada.

Y se han perdido todas las ganancias. La mala suerte se agranda.

Tú, que nunca pediste nada para ti,

solo nos guardaremos el mejor de tus recuerdos. Una memoria santa, inmaculada.

Hora última de bajar bien las persianas.

¡Buenas noches!

Dormirse para siempre. Despedirse sin mañana.

Mal empieza el día, sin despertarnos del pasado que aún no hemos dormido.

Conformes con la muerte que enseña la fría luz del túnel final.

Nos cambia el sufrimiento por la pena.

El dolor con tu dolor cuadruplicado

a cambio del almacén nuevo de nostalgia. Tres y media de la madrugada.

Junto a mis hermanos. Definitivamente huérfanos.

III

Hoy es el día

de bajar de golpe el Aconcagua.

De abandonar el privilegio de tu atalaya, donde todo lo observas

con la tranquilidad del cóndor, suspendida en el aire de tu piso once.

Te encantaba el mar con los pies en la tierra.

Tú que has escrito palabras en las piedras con los dientes de la rabia.

Que has dicho frases enteras mordiéndote la lengua.

Hoy es el día de volver,

como antes, por un segundo, al campo del Regacho a merendar monas de Pascua,

a las playas del Salér y de Pinedo.

De subir, otra vez, al tranvía del siete.

Que regreses sonriente a Mislata con mis yayos y mis tíos

de las cerezas, de las uvas de año nuevo.

De pasear por, un momento, los jardines botánicos bajo las gitanillas, junto a las hortensias.

De caminar entre naranjos, geranios y sus grillos. De viajar, como nunca hiciste.

Cruzar el charco, con tu hermana hacia Manhatan,

en Tribeca comer en el restaurante de Robert de Niro, por si te conoce de verte en el cine y te saluda.

Subir en un coche de caballos por el Central Park.

Hoy es el día, por un instante, de repetir todo lo que tan feliz… te hizo.

De hacer todo lo que soñaste con vivir.

Hoy será el día… de conocer al padre del que multiplicó los panes y los peces. El Alá de los cristianos.

Llegó el momento de saber la verdad definitiva.

De atravesar la puerta de la muralla hacia lo más secreto de la vida.

Hoy es el día de comprobar la parcela de cielo que te vendieron a cambio de limosnas.

De recoger la realidad

que te prometieron con los rezos. Hoy lo sabrás.

IV

Sesenta años, un mes y nueve días.

Todo ese tiempo compartiendo aire y agua, voces, noticias, músicas.

Dándome tú bote salvavidas, siendo mi chaleco antibalas,

mi botella de oxígeno bajo el agua.

Ya no quedan tiempos muertos, ni conversaciones, ni silencios.

Sin impases a la espera para continuar la etapa, donde nadie, ya, se escapa

hacia la vida.

El tiempo, que nos obsesionamos por medir, que tanto controla nuestros asuntos.

Y que aún no sabemos aprovechar, se ha agotado.

Recuerdo, contigo y un vaso de leche con vino, mientras que hayan canciones hermosas,

¿por qué ver películas de tiros?

Todo era correcto y comedido. Prohibidas las palabrotas, los insultos y las miradas asesinas.

¡Hay que leer más!

Fabricabas libertad en el cuarto de estar, para romperla en el salón de las visitas por el miedo al “que dirán”.

Días raros para muchachos de catorce años. Preciosa timidez de un universo por descubrir.

Aprendimos todas las banderas del mundo desplegadas con más reglas que colores,

que con el tiempo, la rebeldía y un mechero incendiamos cuando nadie nos miraba.

Ojos curiosos, abiertos como lunas redondas, miradas de camaleones hacia todos lados, luciérnagas iluminando las veredas peligrosas. Las esquinas de calles venenosas y malditas.

Temores a la noche, a los guardias, miedo a los curas y sus pecados veniales, aún peores que los mortales.

A los corderos disfrazados de lobos, pavor a los gritos y la rabia

que no entiendo estando solo.

El pasado cada día se agranda más.

El presente apenas tiembla como un recién nacido en mis manos agotadas,

preparando un nuevo futuro del que ya no espero nada.

Ni honradez, ni verdad, ni islas con tesoro en sus cuevas.

Apenas estaciones calientes esperando trenes con puntualidad.

Pianos con teclas mudas, violines sin cuerdas. Valientes huyendo descalzos por la nieve.

Borrachos cobardes andando descalzos por las ascuas. Fogatas apagadas, hielo derretido.

Aeropuertos, carreteras, ciudades,

llenas de letreros, carteles, luces luminosas vendiendo toda la publicidad.

Argucias de banqueros y políticos. Paraísos perdidos, cotos vedados. Promesas incumplidas.

Placeres prohibidos por los médicos.

Apretones de manos que no se comprometen. Juventud estrenada en cuerpos recién operados. Mentes obedientes y educadas.

Te has ido y me has dejado en un mundo revuelto. No añoro el tiempo pasado.

Añoro todo el tiempo que pase contigo,

y me faltó tiempo.

Estoy aprendiendo a cocinar

preparo el segundo plato del resto de mi vida, y lo pienso degustar.

Ahora sé que todo continuará, aun cuando el tiempo haya dicho ya sus últimas palabras.

Continuaran mis hijos, los amaneceres, las esperanzas, las sonrisas,

el queso, los albaricoques.

Las ambiciones, las mentiras, las injusticias, las tristezas… continuaran.

Sé que continuaran.

V

“La edad me cubre como una llovizna. Interminable y árido es el tiempo…”

 

Es que me faltas; nada te sustituye.

“…La vida tuya fue la vida mía.”

Pablo Neruda

La vida que me diste,

para poder continuar añorándote, quiero que se llene de años,

como un racimo de uvas que esperaba tu boca.

Como yo espero cerrar mis ojos junto a tus ojos cerrados.

Ya estamos más cerca,

solo nos separa la eternidad.

VI

Después de los días ciegos sin consuelo,

aun cargando con la incredulidad en los hombros, de tu imprescindible huida del dolor.

Cruzando la frontera,

hacia el mundo más desconocido.

Y todavía las lágrimas de rio no hacen más

que humedecer la tristeza, como ensancha el pan mojado.

La pena se ahonda y hace valle de huertas desoladas.

Aun hay que enfrentarse a la verdad absoluta de poder entender tu definitiva ausencia.

Nos queda la desesperación herida

de haberte dejado sola por primera vez, sin remedio.

Abandonarte frente al abismo de la nada, al naranjo sin naranjas.

Junto al temor sin miedo. Tenemos la certeza de tu adiós.

Pero también sabemos que continúas mirándonos a la cara frente a nuestras vidas,

con tu mejor sonrisa, con tu aroma de sensata sabiduría, con tu necesario ánimo.

Las calles volverán a encender sus farolas.

Las nubes continuaran su paseo de lenta indiferencia por el cielo.

En la tiendas permanecerán las sonrisas falsas de los maniquíes y las dependientas.

El neón del escaparate no se apagará ni por un solo minuto.

El león de los anuncios no da tregua.

Los silencios se han roto con música, palabras y ruidos despreocupados.

Seguirán las lenguas afiladas cortando el aire y la tarta.

La gente camina como si tal cosa,

como cuando se pierde a una desconocida; que es como no perder a nadie.

El horizonte se mantiene en el mismo sitio, aunque para nosotros te has ido,

y te lo has llevado.

Desde donde estés:

no nos dejes de la mano.

VII

Tu vida, ya apenas, es una brisa

que solo a nosotros nos acompañará.

Mi vida y mi historia me la diste desnuda. Exacto, como la de un recién nacido.

Con pausa la fuiste vistiendo, primero de ropa y desvelos, vigilante, condescendiente, solo… amor cierto.

Teníamos de todo lo que tienen los pobres. Las calles estrechas del pueblo,

los días enteros con sus tardes y noches.

Naranjas de los árboles del huerto del vecino, los fríos completos del invierno,

la camisa de domingo con los limpios zapatos viejos.

Los tíos, en la carpintería y en la fábrica. Las tías, en el mercado, en la plancha, cosiendo en la casa y su cocina.

Los primos, hasta los abuelos.

Todos unidos en la serenidad del tiempo.

Después llegaron tierras nuevas, montañas, nieves, Montchanin-des-Mines, lenguas francesas que no entendí.

Viajes aventurados buscando el futuro,

hasta llegar a la ciudad que vive recostada junto al mar, con barcas descansando en sus playas

bajo el pleno sol ardiente.

Vestiste mi infancia de colegios y de libros.

Malas cuentas sin nada que contar, buenas letras me cubrieron.

Extranjero en todas partes, y de todas partes me siento.

Me enseñaste humildad y pocos amigos buenos. Junto al rio, limoneros, eucaliptos.

Las hojas de mi vida se fueron escribiendo, Entre la curiosidad y los descubrimientos.

Lunas nuevas coincidiendo en mi trayecto, ojos bellos acercándose al acecho,

labios tiernos que suponen amor. Y lo proponen.

Estuviste siempre atenta y preocupada queriendo apagarme la bombilla en plena noche, buscándome la mejor suerte de los búhos, esperando con la toalla a que saliera del agua.

Tu brisa me acompañará

hasta que se abran todas las puertas de los muros, mientras siga el misterio de todas las estrellas.

Tu brisa seguirá… conmigo.

VIII

Hoy es hoy,

con el peso de todo el tiempo que se ha ido,

con las alas abiertas hacia todo lo que será mañana.

Hoy es el momento de ahora,

y ya no sirven ni la edad, ni las estrellas,

ni la luz que el negro mar del norte esconde.

Ya no sirve tu boca en la luz o a la luna cubierta de pétalos del día,

la vida ya perdida.

El ayer se fue trotando por su calle oscura para que solo recuerde tu rostro tan sereno.

En tu corazón el tiempo inventó la primavera, molió el trigo y amasó pan tierno para mi alma.

Hoy es hoy,

y tu ausencia es una certeza,

tanto como que tú aroma me acompaña. Para intentar borrar la ausencia.

IX

“mater amantissima”

Entre tantas páginas del diario devenir desiertas de esperanza.

Entre la densa arboleda que acoge cálida la fría sangre del reptil.

Entre la espesa humareda que nos ciega el horizonte de anhelos y el pulmón.

Entre el oscuro techo azabache de tormentas que nos cubren.

Surge alguna vez, extraña, inesperada y frágil sin tu aliento la luz clara de una bella flor.

Como un rumor, una flor ofrecida a los mares más pacíficos,

tu ausencia tímida, perfumará en la ternura, nuestro corazón.

X

Las hortensias de seda ya no sonríen.

Desesperanzadas de luna y de fresa

inertes contemplan… tu ausencia.

Su concierto de amor,

el violín del marino viejo silencia.

El corazón abierto,

ya sin la luz de la vela, deambula perdido, abrazado al recuerdo.

Convivo en tu sombra. Tu falta me ciega.

Me acompaño de pena. Me envuelve el dolor. La tristeza me viste.

Han dicho que has muerto… amor. Tu amor vive.

XI

MAMA.

No sé si fue una exalación o una exibición efimera

todo aquello que pasó entre nosotros.

Como un pensamiento fugaz continua

el efervescente sentimiento sumergido en mi, con el que aún elevo el vuelo.

Desde apenas ser un embrión hasta llegar a la edad del anciano

me guias, ahora desde el nublado cielo.

Me cuidaste como no lo hizo nadie. Me mimaste demasiado.

Tan solo como una buena madre.

Convivo con tu aroma suave

de flor nacar de azahar prendida del arbol donde mañana habrá una naranja.

Siempre contestaste la pregunta:

¿Qué hago?

.- Seguir…

XII

“THE WAY WE WERE”.

Nuestra vida era una planta… pisando, hurgando con sus uñas la tierra,

a veces reseca, a veces húmeda.

Mojados de agua escasa, apenas en gotas sueltas. Sin demasiadas aspiraciones,

aspirando el polen flotante de la atmosfera envueltos en el celofán del aire.

Niños creciendo despacio, alimentados de leche nueva y contra los piojos en los cabellos el vinagre.

Vahos de hervidas hojas de eucalipto para remediar los catarros del frio.

Agua helada en la toalla tapando la frente refrescando la sangre

que nos fabrica la fiebre y el escalofrío.

Vivíamos en la isla del tesoro,

sin cofre, sin cueva oscura, ni el brillo del oro.

Una isla sin mar, ni barcos libres, ni tristes puertos después de la tempestad.

Solo una isla al fin y al cabo. Solo una isla sin más muertos, ni ambiciones, ni prisas.

Isla de primer piso, tercera escalera con geranios en la terraza abierta

a una caliente ciudad de obreros, enfurecida en obras.

Entre el rio seco, la carretera general y los limoneros,

calles de árido escombro, ruido y polvo denso.

Piedras usadas como armas en los juegos, maderas afiladas combatiendo como espadas en la fantasía infantil que simula a los piratas.

Primeros borrones con letras anhelando versos… sin heridas.

Cimientos robustos con libros de ciencia, gastadas libretas aturdidas de números.

Estructura de edificio anhelante para continuar la vida. Laboriosos escultores de recuerdos,

hoy solo basta recordar, mamá,

el milagro de tu sonrisa,

para deslizar el dibujo de la alegría sobre el muro.

Seguiré las huellas de tu mirada como la única senda hacia el futuro.

Languidecidas tardes con su dulce penitencia de orgullos e imprecisiones

detrás de la paciencia.

Tumbados junto a la alberca de piscina prestada, con sus renacuajos y arañas de agua.

Bajo el quemante sol que desmorona brumas,

y la cristalera de almacén de cuatro alturas con mil ojos que reflejan el abierto sosiego de la gaviota

en su vuelo sin esquinas.

Debajo otea las quietas tejas encarnadas desde el cielo, y desde encima las silenciosas chimeneas apagadas dando paz en la tregua de la publicidad,

la luz de sus destellos, los engaños sin piedad, y el desvelo.

La vista cansada se ha cansado de mentiras, el tiempo perdido nos fue quitando tiempo.

El puente con sus candelabros blancos esta cruzado. Solo esperar que la marea,

que nos alcanza hasta las rodillas,

no nos hunda en su fango.

Ellos sabían que el mayor de los contagios es el de las ideas.

Que los dogmas de la vida, las monedas de cobre y las religiones rellenas de promesas

suplirían nuestra ignorancia a sangre fría.

¡Así éramos de pobres!

Abandonamos la nada cerrándola

con cuatro vueltas a la oxidada llave de hierro, y entramos en todo lo que nos conmueve.

Nos perdona, chapotea, nos realiza el sueño,

nos acaricia, nos enseña a volar con los pies en el suelo. Serán nuestra sangre, serán los nuestros.

Los que cuidan para que continúe, como una esperanza,

la rosácea flor en los cerezos.

XIII

Déjame acomodarme al final junto a tus huesos ya amarillentos.

Déjame descansar mi infinito sueño último junto a tu silencio.

Quiero agazaparme en tu regazo como al principio de mis tiempos, donde se inauguró todo para mí.

Que vuelva todo a empezar de nuevo en la oscuridad de tu cripta.

Quiero desprenderme de tu ausencia

de una vez por todas, y agarrarme a tu brazo para siempre al cruzar la calle y el puente, mientras el viento, entre los arboles grita.

Que vuelvas a cuidarme con mimo, que me riñas y me enseñes

a andar por los caminos sombríos en verano y soleados en invierno.

A anudarme al cuello bien la bufanda.

A vadear los riachuelos por las piedras que no resbalan.

A decir solo la verdad si es obligatorio… o no.

¡Que siempre intente sonreír!.

Que me digas otra vez

el nombre de los lugares, de los lagos de las ciudades que he olvidado.

El significado de todas las palabras.

Que me enseñes a correr con cuidado, a tener cuidado con las cosas…

y las personas.

A pensar mucho lo que digo, a elegir bien cada frase, pensar más lo que me callo.

Quiero que me lleves

por estos nuevos sitios de la mano.

Quiero dormir junto a tu sueño, soñar junto a ti y lo eterno.

Desaparecer donde tú estás

y caminar mi último paso hacia tu lado.

Hacer todo junto a ti donde no hay nada que hacer. No prepararte ya la pastilla del dolor de cabeza,

ni el jarabe para la tos. Encender una luz innecesaria.

Regar las flores de plástico para que no mueran de tristeza.

A no tener que guarecernos de la tormenta. Pasear nuestro perro imaginario.

Hablar del futuro imposible y sus proyectos. Reírnos a carcajada limpia.

Si, reírnos sin que nos vea nadie.

Partirnos de la risa, y seguir riéndonos.

A eso hemos venido al cementerio.

Y… entonces.

“ El arte nos invita a conocer la belleza y a solicitarla incluso en las circunstancias más trágicas. El arte nos recuerda que pertenecemos aquí.

Y si servimos, duramos.”

Toni Morrison.

 

Y… entonces.

  • .- Me haré, sin que tú lo
  • .- Confesión a
  • .- Cada vez veo más de
  • .- Nunca estuvimos tan
  • .- Perdimos de golpe la
  • .- Todo el día dando vueltas a la
  • .- Hablamos que mi vida deambula entre dos
  • .- Solo acaricio a mi perro Barry
  • .- Con un libro abierto entre las
  • .- Escapo del abrigo de las
  • .- Nunca estuvimos
  • .-
  • .- Hasta la

I

Me haré, sin que tú lo sepas, por fin, hombre invisible.

Para abandonar esta distancia de llanura árida, piedra estéril, vid y olivo de agua escasa.

Sierra, montañas que nos separan.

Acudiré vestido de la noche

al tic-tac, junto a tu almohada.

Iré, como las hojas grises del otoño

se desprenden de los mil dedos delgados del árbol buscando solo el centro de la tierra,

sigiloso hacia tu estancia.

En la oscuridad tranquila, para evitar sombras horribles,

llegaré con cautela a tu interior por el aire que respiras, a destejer

todos los miedos que inspiran las mentiras.

Rezaré la oración que has olvidado. Me abrazaré a tu corazón,

cuidaré de sus latidos

para que nada ni nadie los detenga.

En tu inconsciente quietud,

anónimo intangible, te besaré la frente clara

para defenderla siempre desierta de la más negra maldad, de la caricia que traiciona y desgarra.

Estaré junto a ti, callado, asustando a tu temor, ahuyentando a tu dolor.

Sujetaré bien los visillos,

para que no enfríe tus mejillas ningún soplo atrevido.

Ni por la ventana descuidada el viento alcance tu garganta.

En el haz leve de una estrella, esperaré sin prisa que amanezca

para volver a estar visible, lejano y perdido en el cielo frío que terrible

vuelve azul.

¡Ojalá, yo esté en tus sueños, como tú estás en los míos!

Ana, hija. Mi luz.

II

CONFESIÓN A VICENTE.

Déjame que te cuente, Vicente:

juntos antes en la nada… siempre juntos.

Hasta antes de conocernos, antes de abrir los ojos nunca nos sentimos solos.

Reflejo casi diferente el uno del otro.

Me has traído el trabajo de “CLITEMNESTRA” de hace más de 3000 años,

sobre los griegos que nos enseñaron a pensar. (A mí, algo menos)

Yo te traigo este poema.

Déjame que te hable, mi hermano, te voy a contar, otra vez, mi vida que ya conoces: un alma acribillada sobre la misma pared donde yo he disparado.

Sombras inocentes que persiguen sombras culpables.

Conciencia despiadada a la medida… cosida por el sastre de trajes con arrugas menos elegantes.

Recogí los trozos de mi despedazado Corazón con los dedos crueles

que han hecho tanto daño.

Toda la sangre de alegría, tan necesaria, que perdí es la misma exacta

cantidad que he robado.

Una piedra de tristeza que lancé al mar de pie en el espigón,

el mar me ha devuelto una montaña.

Camino, miento, continúo, encuentro alguien que me ama.

El pasado se adormece

como un recién nacido sin memoria, sin reproches, ni preguntas

Comienzo, rectifico, sigo andando.

Me han leído las palmas de las manos y solo han visto los ojos de mis hijos.

Han leído la ruta de mis cicatrices

y han encontrado la salida del laberinto hacia… mis hijos.

Nos fabricamos ideas, pensamientos diferentes para tener los mismos sentimientos.

Me estoy haciendo viejo, como tú.

Hemos visto a las ciudades extenderse sobre la tierra trabajada como una mancha de aceite.

Recuerdo cuando todo nos interesaba en aquella desorientada adolescencia: el significado que guardan las palabras,

la historia, todo el cosmos, el conocimiento.

Después solo nos interesó la certeza en el trabajo, el amor y nuestra casa.

Ahora ya, tan solo me interesa la familia,

la salud de los afectos y algunas dosis de justicia.

No voy a engañarte como otras veces;

la mentira solo sirve para amores pasajeros.

La verdad es la única respuesta que no necesitamos pensar.

Incondicional, leal “germanet”.

Ya no busco altos pedestales donde erguirme, ni cómodos altares hermosos donde recostarme,

ni ojos verdes que me enseñen a contemplar el universo, mientras solo sabía mirar esos ojos.

Perdóname haberte traído solo mis escombros, y el contenedor de mis cenizas,

cuando solo necesitabas apagar tu frio en mi rescoldo.

La infancia pocas veces es un juego de niños… donde nadie nos enseña como escapar

a los miedos del día de Reyes sin juguetes, a los insectos sin alas, a las serpientes

y sus cascabeles,

a los sinceros colmillos retorcidos.

Pánico a perder la caricia amable de la madre, que es como perder todo lo que tienes.

Huir del trémulo susto que luego nos va a buscar para impedirnos seguir sonriendo.

Juntos nos repartimos el temor,

y el temblor… se hizo más pequeño, hasta volver a dibujarnos en las mejillas nuestras, aún, tímidas sonrisas.

Nunca he sabido lo que iba a suceder,

pero si sabía que los actos tienen consecuencias.

La existencia solo sirve para aprender.

Y la importancia de la intención se pierde en el resultado.

El éxito, ese desconocido, suele agrandar las envidias. Fabricar desconfianzas.

Pasaban los días, las semanas, los meses, hasta los años como un tacto suave sobre una alambrada

o una flor de cactus: con muchísimo cuidado.

Con la distinción del humilde que continúa

su vuelta al mundo sin alardes, sin salir de su propia calle, queriendo parecerse a lo invisible

con la necesaria condescendencia, sin excesos innecesarios.

Solo nos quedan los álbumes, amontonando el pasado, de la familia que tanto nos quiso.

Recuerdos, añoranzas, lágrimas contenidas como si todas las lluvias se guardasen

en un solo estanque.

Lugares y paisajes, con fragancia a mandarina, que han perdido el brillo en sus fotos amarillas.

Blanca inocencia ya desmoronada.

Moneda de plata sin valor, ni precio, ni nada.

Ya no huyo, ni hago estragos a los clientes con pedidos, ni atraco al tiempo de los míos y mis amigos.

Si ellos están conmigo, es porque quieren. Ajustemos la hora de nuestros relojes.

Ya no rompo las farolas buscando oscuridad.

Ni me escondo entre los túneles, los trenes y sus vías que me faciliten la huida.

Tú me conoces, aun así, no tengo arreglo. Quiero que sepas, dueño de mi orgullo:

que solo seré cómplice tuyo todos los días venideros,

mientras sigas siendo mi hermano por el resto de nuestras vidas.

III

Cada vez veo más de cerca

que tengo todo el tiempo por detrás.

La vida, que tanto jugó a mi favor, ya solo juega en contra mía.

Está empezando a darme la espalda.

El mismo Dios que todo me lo dio, está ahora arrebatándomelo.

No se lo reprocho.

Tengo facturas que pagarle, y él quiere cobrármelas.

Nada quiere perdonarme. Y lo entiendo.

¡Ese era el trato!

Hoy, ya casi soy prácticamente pasado.

Por delante, apenas me queda un puñado de días, que intentaré aprovechar con afecto,

y el respeto hacia un cuerpo gastado.

Malos tiempos anteriores, nada augura que mejoren. Los buenos tiempos nunca supimos que lo eran.

Había vino, juventud para equivocarse, poder rectificar.

Había casi dinero, carcajadas.

Vivíamos a la velocidad de la inconsciencia, Sin perspectiva, ni orden, ni medida.

La cara más oculta de la luna nunca alcanzará la luz aunque siga dando vueltas.

Nacimos asustados de nosotros mismos, rodeados de setas y flores venenosas.

En la calle nos esperaba el hombre del saco. En el frio solo encontraríamos a la pulmonía.

El calor nos aguardaba para darnos su golpe de calor.

Todo era malo, todo pecado. Mirar: “¿Tu que miras?” Hablar: “¿Tu que dices?” Hacer: “¿Qué estás haciendo?”

Juzgado, condenado. ¡Castigado!

Colegios con cruces y silencio.

Enseñándonos como debían ser todos nuestros mares: pacíficos.

Ser aguas mansas, calma chicha.

Los montes unidos, cordilleras que hacen fronteras. Y los campos, las ciudades separadas por los ríos.

Leímos las letras que escriben los poemas prohibidos. Las palabras repetidas mil veces,

que dan nombre a los miedos, a los peces voraces, y a los animales salvajes.

Aprendimos los números que no saben contar a los presos, ni a los caídos… ni a los muertos.

Que cuenta el dinero que sobra a los ricos, a los listos,

el exacto que le falta a los pobres, a los torpes.

¡Algunos solo buscan la verdad para engañarse a sí mismos!

Nos inculcaron la Historia mentirosa

escrita nada más por los condescendientes vencedores. Glorias vanas, conquistas imperiales,

héroes sanguinarios.

Relatos de hambre, de crueles batallas, pueblos arrasados, generales criminales.

¡Que se muera la guerra!

¡Que se muera para siempre!

Infancia, adolescencia, juventud ya terminada. Preparados para el todo… y la nada.

Igual que salen las estrellas en plena noche preguntándose qué harán por la mañana.

¿Quién las mirará sin su brillo?

¿Dónde estarán al día siguiente?

¿Qué quedará de ellas cuando amanezca?

Todo fueron escaleras con preguntas de punta, todo fueron dudas:

¿me irá bien?, ¿me irá mal?.

Todo son refugios en cuevas de montaña sin saber que fieras aguardan dentro.

Como evitar siendo pequeños corderos las garras afiladas de las águilas.

Los mayores nos hablaban de la crueldad del universo que nosotros solo veíamos en las noticias.

Pronto nos llegaría frente a la mirada.

Solo preguntas imposibles con respuestas inventadas.

Con las manos blancas como banderas de paz… y vacías, sin imaginar que serían manos negras sin piedad.

Sucias zarpas que arañan los pueblos de la tierra… y su riqueza.

Visitábamos el gran bazar de los pensamientos

como el que va al centro del océano, o al centro comercial, esperando encontrar alguna idea gratis que no hay.

Todo lleno de peces de colores. Discursos, libros, utopías, ilusiones.

Rondaba por allí la orca asesina, hambriento el enorme tiburón blanco , pequeñas pirañas, boquerones de la bahía, estrellas de mar y caracolas.

Cada uno con su apariencia de mundo nuevo intentando ganar adeptos.

Cambiamos las desilusiones por nuevas ambiciones.

Los años fueron pasando con benevolencia envueltos en obligaciones,

promesas por cumplir, intereses, hijos, trabajos, amigos y cervezas.

Juramentos incumplidos.

Adultos repartiendo los mismos errores que se cometieron con nosotros.

A veces, sin darnos cuenta, cuando menos lo esperamos

el tiempo empieza a hacernos falta

para terminar todo lo que aún no hemos empezado.

Nada nos tomábamos en serio, solo la alegría,

eso era suficiente.

IV

Nunca estuvimos tan seguros,

ni tan equivocados al mismo tiempo.

Cuando crees que todo lo sabes, sin brumas, ni neblinas,

que todo lo dominas es cuando más perdido estás.

Mundo plano, osa menor, estrella polar. Nenúfar bajo el agua.

Brújula dorada con aguja sin imán,

tarde de lluvia esperando que escampara.

Nadie nos preguntó lo que sabíamos, porque no sabíamos nada.

Quizás que las orquídeas son blancas y no sobreviven una semana.

Que los cien pies no tienen tantos pies. No te puedes abrigar con una telaraña.

Que por mucho madrugar, queriendo estirar el día, no anochecerá después.

¿Qué fue de aquella plaza, de la fuente? donde nos fumábamos la risa y el futuro.

Mordíamos la tarde agonizante y la tristeza,

entre amigos envidiosos del más alto y el más dorado.

Buscábamos músicas, ideas, flores, algo nuevo que nos ayudase a alcanzar el horizonte.

Escapábamos de las redes que buscan un banco de peces… plateados.

Vestíamos la moda de los que no tienen dinero.

Con toda la imprudencia no hacíamos algo malo,

pero hay que tener suerte con los jueces.

Mano de hierro, pies de plomo.

¿Tienes fuego?

Nada nos hacía suponer

que seriamos uno más de la gran tropa. Solo sombras alargadas sin rostro.

Una hoja caída más en los otoños de todos los robles, las encinas y las hayas del bosque.

Anónimos, inapreciables, transparentes.

El millón de fantasmas en la casa deshabitada.

Cuando solo queríamos ser especiales, únicos, inconfundibles,

distintos, mágicos.

¡Ilusa agrandada vanidad!

Corríamos sin miedo por las calles, las carreteras.

Bebimos con toda la sed del dromedario después de haberse enfrentado al desierto.

Amamos como cuando se hace por primera vez, aun siendo la tercera,

queriendo olvidar las dos primeras.

Saltábamos al mar desde el acantilado, probando el riesgo de las cosas

hasta arañar dentro de la guarida de la muerte.

Las serpientes venenosas miraron a otro lado, la tarántula negra solo paseó por nuestra mano sin mordernos.

Nos sonrió la mirada curiosa y verde del fiero leopardo.

La pantera negra nos perdonó la vida.

Soledad cruel y soledades estrictas

rodeados de toda la multitud que abandona el estadio.

Solos junto a todo el hielo antártico en un vaso que quise endulzar con algún licor.

Huíamos de la noche buscando oscuridad, no queríamos luces, no focos, no farolas, ni neones de colores.

Ni libro de instrucciones, ni consejos. Quisimos todo pardo, gris marengo. Todo por descubrir.

A pulmón al fondo del océano,

al turbio lago, a la calle apagada y amarga.

La escalera llena de intenciones y escalones. Cada peldaño, un ocho mil,

una pedalada ciega, un suspiro.

Besos robados. Sueños perdidos.

Corazón experimental.

El portal oscuro, prometedor y mentiroso, para poner candil, linterna, vela, fuego azul.

Sin más luz que unos ojos. Por Dios, que luz!

Nunca estuvimos tan seguros de no saber nada. Y nunca tan equivocados.

V

Perdimos de golpe la inocencia la tarde que supimos que el dinero agitaría

más banderas que toda la muchedumbre.

Sentíamos alivio al caminar descalzos después de quitarnos los zapatos,

las fronteras vigiladas y las sonrisas forzadas.

Pasamos de vitorear el “No nos moverán” a ser otro peón mudo, ciego del ajedrez, perfectos ladrillos en el muro.

Apenas, con la vida de solo un número.

Desde el fondo de las minas a las frías cumbres fuimos corriendo por todos lados,

como el que se esconde de la tormenta

que te moja la espalda, el alma y la cabeza.

Como el que escapa de una mandíbula afilada y hambrienta.

Cada lágrima, en los parpados sujeta con los dientes apretados,

llenaría un lago, un aguacero, todo un océano. Cada una es un trozo de infancia que se pierde.

Nos cambiaran los robles, el castaño, el eucalipto, el valle y la verde pradera,

por las farolas, los colores del semáforo y los grises aparcamientos.

La plana sabana africana, la jungla de la selva, la jirafa, el hipopótamo del pantano,

el animal libre y salvaje, el tigre de Sumatra la garza, el águila, el pelicano.

El rio que trepa hacia arriba

lo canjearan por el estanque de azulejos,

los peces colorados dando vueltas en su vaso, el animal domesticado, el gato,

y los pasos de la cebra pintados en los suelos.

Las balandras azules con velas en la ría a la suerte del soplo del viento,

por la velocidad en las autopistas.

Las cerezas encarnadas aún sujetas en los árboles, como estrellas clavadas en la noche verde,

las fresas agarradas a su tierra

las veremos solo en los canastos del mercado, colocadas como un mosaico.

Nos arrebatarán las amapolas encendidas de sangre, que observaban pasar las bicicletas por la vereda, las margaritas espontaneas y amables,

los girasoles con sus pinceladas colgadas en la pared intentando alegrar una triste casa.

Los caballos marineros de Brabante

no seguirán pescando a las orillas de Oostduinkerke en las mareas bajas del mar del Norte.

El futuro viene avasallando,

está empujando fuerte como la juventud

por venir insolvente, insolente y sin respeto.

¡Como debe ser!.

No lo hará con nuestro gusto ni permiso.

Debemos adaptarnos al aire nuevo de levante que remueve los papeles

en la terraza y nos despeina.

También habrá que acostumbrarse al cálido soplo nuevo de poniente moviendo el visillo en la ventana.

Que enrojece las nubes, las mejillas al atardecer. Que nos seca la ropa, la boca y la mirada.

Quisiéramos olvidar todo lo aprendido,

menos los poemas que nos sacudieron por dentro.

La verdad que nos han dicho es el perro

que corre ladrando para juntar a las ovejas del rebaño.

Banderas desplegadas para abrigarnos en ellas huyendo del frio exterior.

Nada puede evitar nuestras culturas: creemos en lo que crecimos,

en lo que nos enseñaron, en lo que nos adiestraron aun siendo rebeldes con causas perdidas.

Marcados a fuego lento, a hierro candente, escritas las viejas enseñanzas,

lo perfecto, lo correcto de siempre bien inculcado para que todo continúe.

Los libros y sus renglones,

el significado de las palabras sin malas intenciones, mirarse a los ojos y creer reconocer la verdad.

Reconocerse.

Perdimos la inocencia y ese hueco no lo llenó nada. Ni la maldad, ni la experiencia, ni el desánimo.

Solo la ilusión de seguir descubriendo y descubriéndose.

VI

Todo el día dando vueltas a la cabeza buscando la palabra exacta para un poema entre millones de palabras.

Cuando la encuentro, comienzo la búsqueda de nuevo con la siguiente.

Letras sueltas sin contenido dando saltos en el abecedario

como las burbujas en el agua hirviendo.

Letras solas como los trozos de la tierra dividida, seca, árida con sus propias llagas,

con sus peces muertos y sus caracolas rotas que siguen esperando el mar para reunirlas.

Darles la vida.

Letras juntas son las palabras enteras, verdad con sus significados,

como luces sinceras

intentando explicar el universo,

los sentimientos, los errores, a las personas.

Melocotones, magnolias, amapolas, brumas, claridad, certeza, cerezas, llovizna, acantilado, gaviota, palomas.

Ladera que silenciosa vive el lento crecimiento de la hierba,

que ve levantarse a la violeta entre toda la maleza que avanza.

Loma que observa abrazarse a los amantes que nunca antes han amado.

Busco la palabra que todo lo que cuente sea amor, y sea… cierto,

el amor eterno y el fugaz.

Amor que dura una sola tarde. O un solo momento,

y en ese instante cabe entera toda una vida.

También amor suficiente para toda la existencia de promesa interminable.

Busco en las palabras gotas de verdad aunque no solo sea amor.

Que no solo cuenten la tristeza del día.

Sombra de tristeza como nubes entre el cielo. Tristeza entre las manos sucias.

Dudosos limpios pasos de alegría.

Busco la palabra y no quiero que sea “amargura”, “nostalgia”, ni “tristeza”.

VII

Hablamos que mi vida deambula entre dos frases: “ojala, qué más quisiera yo!”

y “que Dios me libre!”

La distancia entre lo que espero,

un almacén de tiempo apilando ilusión, y lo que deseo que se aleje.

Una zanja en la tierra con piedras que me aguardan.

Reproches, gritos, garras arañándome, deudas con todo lo intangible,

puñales certeros, frías decepciones.

Siempre entre el acantilado y el embarcadero. Entre lo que quiero y lo que temo.

El fino alambre del equilibrista, el asfalto firme o el riesgo.

El temple del domador de tigres jugándose cada día su suerte, entre el látigo y la reja.

O la butaca tranquila frente a la cristalera, la hamaca tumbada bajo la palmera.

Debatiéndome entre la vida y la buena vida.

La lancha que cruza rápida el mar de ahogados después del hambre y la fiera de la miseria

y de la guerra.

La diferencia entre pobreza y dinero,

es la distancia de dos universos del mismo mundo.

Siempre decidiendo entre lo que me interesa y lo que creo.

Viviendo con tardes que aproximan su anocheceres definitivos,

cañas de pesca frente al mar y soles de poniente, buscando peces incautos paseando confiados por la bahía.

Olas y gatos saltando

sobre las piedras y el amanecer.

Noches cansadas que ansían el día nuevo,

como todos los que buscan cambios en sus vidas.

Días agotados que quieren apagar su luz. Sueños que despiertan frente al presupuesto.

La ciudad ingenua envuelta siempre en primavera, sus habitantes vestidos de domingo y sonrisas, disimulando el conformismo.

Aspiraciones dejadas en el bidón de las basuras de la calle estrecha y oscura

para qué nadie las encuentre.

Leves carreras en las calles hacia el abrazo.

Vamos a dar oportunidad a la esperanza en los cruces de caminos.

VIII

BARRY WHITE.

Solo acaricio a mi perro Barry White de vez en cuando.

Es para que sepa el auténtico valor de una caricia.

Hablo con él, despacio, para que comprenda

que en la abundancia se pierde el valor del gesto, la correcta medida de lo que no es un esfuerzo.

La cantidad confunde el sentimiento del aprecio.

Que el verdadero sentido de los actos no está en la dudosa realidad…

si no en la distancia entre la intención y el éxito.

Algunos dicen que el perro

es el mejor amigo del hombre, pero se callan que el hombre es el peor amigo del hombre.

Que el hombre es el peor amigo del perro, de todos los animales, de la naturaleza.

Hasta el peor amigo de la mujer.

Volvamos al individuo. Salgamos del género.

Amigo Barry, vivimos juntos en la casa poniéndonos de acuerdo:

Yo no piso los muebles, tú no bailas sobre las mesas. Andamos los dos a ras de suelo.

Nos escondemos de las mismas tinieblas, nos asustamos de los mismos truenos.

Cuando yo te ladro fuerte sabes que algo malo pasa.

Cuando agacho las orejas notas mi tristeza. Si muevo el rabo sabes de mi alegría.

Cuando tú me hablas bajito sé que todo va bien.

Solo mirándome con tus ojos chocolate,

miel de caña y sabiduría… nos entendemos.

Tú eres mi secretario, y yo soy tu mayordomo. Me dices cuando tenemos que irnos a la calle.

Cuando estoy en mis quehaceres, cuando yo escribo, tú adviertes las visitas desde el piso.

Sigues atento mi agenda, vigilas mis pasos. Yo te pongo la comida y la bebida.

Me lees los pensamientos.

Te acompaño en los paseos. caminamos el parque y la orilla. Te recojo el excremento,

como si fuésemos compañeros inválidos.

Compartimos los atardeceres,

soles decadentes sin palabras, sin reproches, ni enfados, ni cifras en el horizonte.

Los mismos vientos insolentes acercándonos la noche.

Paseo sobre tus diminutas huellas, andas sobre mi estirada sombra.

Tú mandas sobre mí, consentido Barry,

¡Caprichoso!

Acepto tu capricho, mientras sigas disimulando que eres mi amo.

IX

Con un libro abierto entre las manos,

quizás dividiéndose por alguna flor silvestre.

Los recuerdos, por las lágrimas del tiempo ya emborronados,

se cruzan constantes e insolentes,

ante la vista de paisajes pasados que se pierden.

Antes de abandonar esta forma humana, de verso inútil que nada altera, adentrándome en el fin.

Quiero un ser amado, siempre extraño, cercano junto a mí.

Para llegar al remanso

de las piedras más redondas que divisan las anchuras inevitables de la muerte.

Y en la lentitud arenosa, frente al mar…

¡detenerme!

X

Escapo del abrigo de las palabras cuando paso mi tiempo entre amigos.

Las noticias de los periódicos, los políticos, los deportes. Discusiones calientes y cerveza fría.

Hablamos de casi lo que nos interesa, para cambiar, en algunas ocasiones, de opinión al siguiente día.

Huyo, a veces, para no hablar contigo.

Temo, hija, tú racimo envenenado de reproches, con la elegancia cruel de la pantera negra,

la belleza sanguinaria del tigre de Bengala.

Sabes arañar mi alma, y cortar mi conciencia con la misma guadaña que siega las espigas, de cuajo, desde abajo.

Me hiciste mezclar el champán

y las lágrimas en aquel fin de año del 2.016, mientras, aún, sonaban alegres los músicos.

Aquella inolvidable conversación fue masticar púas de erizos.

Sentir en el paladar los alfileres de la caja de costura.

Sé que estregarte todo no fue lo suficiente. Solo el principio de lo siguiente.

Después de tu niñez saltarina hacia el conmovedor abrazo, llegó tu impaciente adolescencia.

En ella la condescendencia de mirada cómplice, tu viajera juventud aventurera

de novios y aviones.

Postales a tu abuela,

proyectos, secretos, presupuestos.

Las uvas suaves puestas sobre la mesa, fuera de sus canastas,

antes de ser pisoteadas.

Te daré más de lo que me pidas,

menos los últimos trozos que aún me quedan de mi vieja libertad.

Me escondo de ti, hija mía.

Busco el rincón más oscuro de la casa.

Me hundo en mi pecera sin luz

buscando el abrigo de las palabras que decirte.

XI

Nunca estuvimos conformes, solo lo disimulábamos.

Muecas de máscaras que fingen sonrisas forzadas.

Solo aparecen fieros los cocodrilos cuando muerden.

El resto de su tiempo, mueven su larga cola, cerrando sus endemoniados ojos amarillos parece que duermen.

Sus estrictas mandíbulas con sus dientes severos, solo mastican lo que pueden tragar.

No son ambiciosos, ni almacenan bienes, ni tesoros de monedas de oro bajo el barro.

Tienen el pantano, el manglar, el fango líquido y el rio por donde deambular.

Ellos están conformes entre garzas descuidadas y alegres carpas.

Estamos disconformes con la justicia medieval de la espada de Damocles,

de jueces comprados y banqueros.

Rebeldes con la desolación de las manos

y las bocas vacías, con las palabras que prometen y… engañan.

Con el discurso del púlpito y el atril que se repite para no decir nada.

Que te atrae, te entretiene, te usa y te traiciona.

Caricias que se convierten en golpes. Sonrisas que fabricarán lágrimas.

Alas que te ayudan a volar

y cuando más alto estás te abandonan.

Inconformistas sin parecerlo,

invisibles, inútiles, disfrazados de inapreciables, como el dialogo del sordo mudo.

Domesticados por el miedo a perderlo casi todo.

Enfadados, casi sin saberlo, con la noble miseria del pobre.

Con la indecente miseria del rico.

Con la miserable avaricia

de los cocodrilos que habitan los dorados edificios.

XII

LUISSETE.

Fue a finales del aquel invierno

donde el excesivo frio empezaba a estar avergonzado.

Era al principio del esperanzado Marzo cuando las flores empezaban a abrir los ojos de sus pétalos, igual que tú, recién nacidos entre los tallos aún sobrecogidos desperezándose del sueño.

La naturaleza se renueva con el certificado… de tu insolencia respirando.

Alma extensa de inesperado continente nuevo, descubierto por sorpresa y cercano

en la cálida franja del norte ecuatorial.

Convencido te apropiaste, al abordaje, con la iluminación de la alegría

como un vital relámpago constante.

Interior de lago dulce con aguas de turquesa y peces de color brillante

que iluminan la noche abisal.

Cristal templado de mirada azul y verde.

Ángel rosado de pacifica sonrisa por el cielo de la casa, por tus fotografías en los muebles

con tu incendiado cabello rubio castaño ensortijado.

Esbelto capitán de la paciencia,

dibujando aviones, caballos, gatos, dinosaurios.

Confortable temperatura junto a ti, aún, a bajo cero, en el robusto afecto perpetuo de caliente astro diario. Amable caricia blanca de deshielo.

Agua de rosas frescas en la herida, noble con la nobleza del acero

en las ascuas quemantes de tu tiempo. Luissette, milagro comprobado de la vida.

Mermado embrión temblando y decidido por llegar, vencer y crecer

quebrando las tinieblas oscuras del augurio.

Antídoto feroz contra el impedimento queriendo dejar con tus pies, aún, descalzos

pequeñas huellas de insólitas gaviotas en la arena.

Inaugurando el pálpito de nuevo corazón

que insististe en aparecer rompiendo los presagios. Anuncio de la nueva primavera.

Infancia en libros de francés, jeroglíficos de idiomas y secretos.

Los días de fiesta, mañanas de futbol,

en el espigón del puerto, tardes de pesca. Noches de cine.

Hoy, ya, hecho un hombre, más británico que mío,

en tu espesa bruma londinense.

Combates la distancia y la humedad, con trabajo, novias sin compromiso, voleibol y amigos.

Sigue escuchando las canciones de las sirenas que buscan amor y tranquilidad en las cuevas

escondidas de todos los países… de otros planetas.

Pero no cargues las espaldas de nadie

con el mojado peso humilde de tus lágrimas.

Ni te conviertas en pañuelo, ni paraguas de quien solo sabe vivir bajo la lluvia.

Cuando en las calles, los arboles enciendan sus luces… y te sonrían,

te veré, otra vez, esta Navidad.

Esa será mi premiada lotería, mi anhelada canasta de regalos.

Para estar contigo y beber juntos contra el frío.

Entre el aroma a incienso mezclado de azahar, con la Semana Santa te esperaré por abril,

en un bosque de cirios encendidos.

Estarás el miércoles bajo el pesado trono

sobre tus hombros del crucificado Cristo de Benlliure,

que transporta en silencio los honrados restos de tu abuelo.

Yo iré de penitencia tras de ti, a rostro descubierto.

Como siempre, mal rezando por la salud de todos, que no arreglan los buenos médicos,

por un mundo más justo y más honesto.

Lamentando, aún, el mal día que te deje tirado.

Desamparado.

Todavía dolido, devastado, arrepentido, pisando sin zapatos

los cristales rotos del remordimiento. Dependemos del teléfono.

Te llamo esta semana, mejor mañana, para contarnos las tareas, las vacaciones,

la última chica que has conocido y te emociona.

Las cosas raras de tu hermana, los viajes, los catarros, lo que comes, los problemas, los esfuerzos, la vida cotidiana…

Las nuevas ilusiones. Luis, hijo mío.

Siempre quise tener un hijo así…

como tú.

Tú quieres parecerte a mí.

Yo quiero ser… como tú eres.

XIII

HASTA LA PALABRA.

Solo me quedan de todo lo que tuve estas humildes palabras escritas.

Las que podrás leer ahora, mañana, y el año que viene,

en silencio para ti, o en voz baja para alguien, como una plegaria, una voz callada,

o el gemido de una caricia.

Podrás gritarlas en el centro exacto de tu soledad como un aria, el clamor de un lamento,

o una justa demanda.

Pero no sé qué valor tienen.

Si son apreciadas monedas doradas de chocolate. No conozco si son brillantes como un diamante con su dureza que todo lo raya, todo lo abre

y que perdurará siempre.

O son opacas como la ancha piedra plana de la playa que con su dureza todo lo aguanta

entre el vaivén y el roce de la arena con el agua.

No sé cuánto valen mis palabras,

no sé si como el cristal más deslumbrante

que se esconde en el corazón de la tierra sudafricana.

Nace como una rota botella de vidrio mal formada sin nada que contener, un cuarzo ingrato.

Es arrancado de su madre mina con esclavitud, sangre y es tallado hasta encontrar su perfecta belleza, haciéndolo dueña de la luz.

Tesoro que fluctúa, se roba, se estima,

y se desea como un claro signo de riqueza.

Pero eso… eso no serán mis palabras. No quiero que lo sean.

No haré el acostumbrado malabarismo entre la verdad y el interés.

Mis palabras serán más esas piedras golpeadas una y otra vez por el mar pacifico, por el mar rabioso ante el dolor, la injusticia;

mil veces atizando con sus pequeñas olas blancas de pureza, por el enfurecido océano con su azul marino y su sal.

Abrazadas por las verdosas algas oscuras, redondeadas lascas del granito mineral, contempladas por los inquietos peces de la orilla que anhelan escucharlas, aprenderlas, repetirlas como la memoria de canciones antiguas.

Palabras revolcadas, menguadas, ensuciadas de alquitrán.

Esos pedruscos indefensos llevados y traídos por innumerables viajes de sol, de luna, lluvia, viento suave y de huracán.

Piedras que se juntan para construir una casa llena de sonrisas, de asombro, de lágrimas, de desdichas, de curiosidades, de alegrías.

Palabras que no saben comprar amor, pero lo busca…

en el nublado, lluvioso o el despejado día, en la anhelante, o tenebrosa noche.

Palabras que no saben cuánto valen. Solo lo sabe quién las lee, quién las oye.

XIV

¡No me llame usted poeta, por favor! Yo solo escribo versos,

desaliñados, desrimados, destrozados.

Apenas sumo las palabras y sus intervalos intentando decir algo.

Un torpe sastre que apenas puede hilvanar un dobladillo, coser un botón en su exacto sitio.

Un poeta es otra cosa, es esto todo junto:

Es un artífice de fuegos naturales en el cielo.

Un médico cirujano que arregla corazones sin cortes, ni anestesias, ni camillas, ni hospitales,

desde la cotidianidad de tu silencio.

Un labrador que conoce la tierra y el agua que precisa, la siembra, la siega, la guadaña.

Una astronauta que coge las estrellas con los dedos, fuera de la capsula, en su escafandra.

Un pescador de madrugadas solitarias sin redes ni cebo.

Una guarda forestal que cuida los arboles del bosque, que conoce los refugios que esconde la montaña.

Un camarero atento que te sirve las bebidas trasnochando a golpe de sonrisa.

Una dibujante de edificios transparentes desde el suelo, que se elevan sin vergüenzas ni miedos

rompiendo el horizonte.

Un tahúr que pierde todas las partidas con las cartas marcadas.

Un marinero en alta mar silbando un bolero al oleaje del océano, un mecánico que ensambla exactas las palabras de acero.

Un vendedor que engaña a su producto nuevo.

Un ingeniero que diseña un puente elevado entre dos acantilados.

El domador rodeado de las fieras de los verbos. Un romántico, un científico, un obrero,

un contable de palabras sin impuestos, un malabarista,

una comandante de las nubes y los vientos.

Un electricista, un carpintero de la madera del aire, una trapecista sobre el alambre de la pista.

Una madre, un padre y su desvelo. Es todo esto junto,

y mucho más…

También ha de ser:

Las brisas del poniente al atardecer, una llovizna que deja ver… el sol.

La primera mariposa que anuncia abril,

la sonrisa y la lágrima de una reunión familiar.

La niña que juega en el columpio,

la hoguera que se enciende en la arena.

El paseo tranquilo de la tarde por el espigón, La mirada que dice más que la palabra.

La luna menguante, al mismo tiempo que la luna llena, la barca varada esperando agua.

La ciudad desnuda de alimañas viejas… y nuevas,

la bocina de la fábrica que anuncia el fin de la jornada.

El afecto que tiembla en un abrazo,

el olor por la mañana a café y a naranja.

La luz en unos ojos de agua, la emoción en la conciencia, la honradez, la vergüenza, la verdad,

y mucho más…

¡No me llame usted poeta!

¡Por favor, no los ofenda!

NO ME LLAME USTED POETA.

Índice:

.- Prologo……………………………………………………………….                          5

PECADOS sin CIUDADES.

.- Soberbia………………………………………………………………..                         9

.- Avaricia I y II…………………………………………………………..                                                                                                                                         12

.- Lujuria…………………………………………………………………..                                                                                                                                         16

.- Ira……………………………………………………………………….                                                                                                                                         19

.- Gula……………………………………………………………………..                                                                                                                                         22

.- Envidia…………………………………………………………………..                                                                                                                                         24

.- Pereza…………………………………………………………………….                                                                                                                                         26

POEMAS A “MA MARE”

I.- Si, ya lo sé…………………………………………………………                                                                                                                                31

II.- Tres y media de la madrugada…………………………………….                                                                                                                                 36

III.- Hoy es el día……………………………………………………….                                                                                                                                  39

IV.- Sesenta años, un mes y nueve días…………………………………                                                                                                                                   41

V.- Es que me faltas……………………….……………………………                                                                                                                                  44

VI.- Después de los días ciegos sin consuelo……………………………                                                                                                                                  45

VII.- Tu vida, ya apenas, es una brisa…………………………………….                                                                                                                                   47

VIII.- Hoy es hoy…………………………………………………………..                                                                                                                                    49

IX.- Entre tantas páginas del diario devenir………………………………                                                                                                                                 50

X.- Las hortensias de seda……………………………………………….                                                                                                                                51

XI.- Mama………………………………………………………………..                                                                                                                                 52

XII.- “The way we were”…………………………………………………                                                                                                                                  53

XIII.- Déjame acomodarme al final………………………………………..                                                                                                                                  56

Y… ENTONCES.

I.- Me haré, sin que tú lo sepas………………………………                                                                                                                                61

II.- Confesión a Vicente………………………………………                                                                                                                                  63

III.- Cada vez veo más de cerca………………………………..                                                                                                                                   68

IV.- Nunca estuvimos tan seguros……………………………..                                                                                                                                  73

V.- Perdimos de golpe la inocencia………………..…………..                            77

VI.- Todo el día dando vueltas a la cabeza……………………..                             80

VII.- Hablamos que mi vida deambula entre dos frases…………                           82

VIII.- Solo acaricio a mi perro Barry White………………………                           84

IX.- Con un libro abierto ente las manos………………………..                        86

X.- Escapo del abrigo de las palabras……………………………                       87

XI.- Nunca estuvimos conformes………………………………..                        89

XII.- Luissette…………………………………………………….                        91

XIII.- Hasta la palabra……………………………………………..                       95

XIV.- No me llame usted poeta……………………………………                       97

Este libro se terminó de maquetar en la sede de la editorial Neopátria, en la plaça

del Sufragi de Alzira, el dia 25 de abril de 2.020.

Scroll al inicio