Estrofas a Nuria
(Antología sentimental)
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©Puchades Ferrer José
Autor: Puchades Ferrer José
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Este ejemplar ha sido compuesto en Junio del año 2.020, en su totalidad de texto, portada con imagen de Concepción Rodríguez Duro demás imágenes por José Puchades Ferrer, y es el propietario de todos sus derechos de autor que le pudieran corresponder.
I.- RECIEN NACIDO.
II.- EL MILAGRO DE LAS HORAS.
III.- LOS EUCALIPTOS.
IV.- LA TIERRA SABIA. *
V.- PERRO LOBO.
VI.- NURIA.
VII.- SEPTIEMBRE.
VIII.- MALENTENDIDO.
IX.- TEMPESTAD. *
X.- BELIGERANCIA.
XI.- BELLEZA.
XII.- ROTONDA.
XIII.- HORIZONTE.
XIV.- PRADERA LUNAR.
XV.- RADIOGRAFIA.
XVI.- DOS CENTIMETROS CUADRADO.
XVII.- FUEGO LENTO.
XVIII.- EL FUTURO SE FABRICA.
XIX.- COBERTIZO.
XX.- LAS TAREAS DEL VIENTO.
XXI.- LA TERRAZA.
XXII.- LA ALBERCA. *
XXIII.- EL DESENLACE.
XXIV.- UNA BUENA MANO.
XXV.- ETERNA CIUDAD PARAISO.
*Poemas publicados en “Los mejores poemas del XVII y XIX Premios de Poesía Luz” de Tarifa (Cádiz) de 2.021 y 2.023, respectivamente.
Dedicado a:
Nuria Beatriz Gonzalez-Viana Sánchez.
PROLOGO a “ESTROFAS A NURIA”
Empezaré por hacer una somera semblanza del autor, PUCHADES FERRER JOSE (para mi Pepe, a secas). Le conocí, casual, intrascendente, en la grada alta de Tribuna del estadio de la Rosaleda de Málaga. No recuerdo la fecha, pero sí sé, que hace mucho tiempo, pues el Málaga F.C. militaba en la primera división de futbol. Me pareció amable, sonriente e incluso poco comunicativo. Me dio la sorpresa, la primera, de qué como yo, era seguidor del Málaga, pero en realidad el latido más rotundo de su corazón deportivo pertenecía a colores más albinos, como el mío. Me habló de su origen valenciano y de sus 10 años vividos en Madrid, no suponiendo esto ninguna infidelidad a un equipo por ser estos corazones un órgano de ordenados compartimentos que riegan sin distinción todos los elementos imprescindibles, o no, del cuerpo, y en esta temática amorosa ser fiel es un valor a tener en cuenta.
A continuación, nos empezamos a relacionar en partidos de pádel, ese dorado retiro de los que habían aspirado a jugar de forma razonable al tenis, en las cervezas tras el deporte y en comidas de amigos que desembocaban en tertulias posteriores. Así pude conocer otras cualidades que atesoraba, como su carácter extrovertido, cultura y conversación. Me sentí sorprendido por segunda vez. Con el transcurso del tiempo nuestra relación amistosa se convirtió en amistad consolidada.
Pasaron los años contemplando, no sin inquietud, desde la butaca los avatares políticos, los deportivos, el azote de la pandemia y su oscuridad, otras peligrosas enfermedades amenazantes; pérdidas severas y supervivientes logros, triunfos y derrotas en definitiva con el hábito acostumbrado, destacando el gozoso incremento familiar con la pretensión de extendernos y sucedernos en un futuro venidero.
Entonces, mi amigo Pepe me dio la gran sorpresa: su afición a escribir poemas. Yo creía que sabía todo de él, habíamos conversado de muchísimos temas, unos intranscendentes y otros de cierta trascendencia, pero desconocía su ocupación literaria.
¿Te gustaría leer lo que escribo? Me dijo. Y he leído todo lo que me ha proporcionado con mucho agrado. El último libro que me ha regalado es este, titulado “ESTROFAS A NURIA”.
Cuando digo “regalado” no lo digo en el estricto sentido de no haber tenido que pagar para poder leerlo, sino que me ha sido regalado el poder sumergirme en los sentimientos del autor, con sus alegrías, sus amarguras, ilusiones y también decepciones, siendo todo esto dirigido a expresar el amor que siente a una persona, su mujer Nuria. Su lectura te ofrece profundizar en la intimidad y sentimentalidad del amor sereno que aquí se expresa.
Es una bebida que, aunque dulce, hay que tomarla en sorbos cortos. La descripción que hace poéticamente el escritor de su afectividad emocional, te hace reconocer los sentimientos amorosos propios y te acuden a la imaginación pasajes y momentos semejantes vividos por ti mismo en primera persona.
Alguien dijo, que escribir poemas es elaborar piezas individuales con formas poéticas generales. Aquí se describe un paisaje universal concreto en el escenario preciso del amor como la entrega voluntaria de un sentimiento calibrado que pretende un presente dichoso y un porvenir esperanzado hacia la alegría.
¡Gracias Pepe! Porque leyéndote, ayudas al lector, a conocer lo que él siente, y sobre todo lo que has experimentado.
Yo, en mi modestia, tan solo puedo atestiguar con la precisión fehaciente de un notario “in pectore”, la validez brillante de tu vitalidad “aprisionada con la única herramienta de sentir”.
Disfrútala, amigo, como tus lectores disfrutarán de esta obra.
Carlos Bianchi Ruiz del Portal.
“El amor consiste en que dos soledades
se defiendan mutuamente,
se delimiten y se rindan homenaje.”
Rainer María Rilke.
ESTROFAS a NURIA.
Introducción:
Sí, como cantaba Raphael: “Hablemos del amor, una vez más, que es toda la verdad de nuestra vida”. El amor, esa apreciación convulsa de sentimientos ancestrales, con alguna viabilidad se originó en una recóndita cueva en su rincón más íntimo, quizás a la serena sombra de un frondoso árbol del cuaternario, o en el recodo de supervivencia junto a un cauce, allá por los albores primitivos de la existencia humana. En ciertos casos copiado de los instintos animales (la protección de la madre a sus cachorros, la labor protectora y proveedora de los próceres en la manada, las pasiones entre sus congéneres).
Su importancia comienza a realzarse al ser un elemento esencial de conciencias éticas y religiosas que pretendieron ordenarlo, implantando ritos, promesas, compromisos, pecados y todo lo que gozosamente debería limitarlo.
Se podría decir, que casi todas las historias de amor las entreteje el azar; las forzadas no suelen prosperar como tal.
En ese fortuito porcentaje abultado que hace inclinar las balanzas que eligen los destinos caprichosos, donde desconocidos, o no tan extraños en un momento dado, deciden cruzar sus miradas con agrado, sorprendentemente con interés, al menos por un lado solo, y el resto ya lo fomentan esos pequeños fragmentos que diferencian las atracciones físicas.
El amor, esa palabra, igual sujeto que predicado que pasea el trayecto vital cambiando el adjetivo de bendito a maldito, del “buen amor” de Juan Ruiz, Arcipreste de Hita a amor toxico, de amor eterno a fugaz en un chasquido de dedos, que endulza hasta empalagar o amarga hasta atrapar en adicción ineludible, que transforma una caricia afable en una iracunda y el deseo en repulsión. También tiene edades, trayectos inéditos de inauguraciones esplendidas, bienvenidas festivas e ilusionadas que se desgastan, cansan y deterioradas culminan en ruidosos fracasos. En definitiva, el amor, ese motor existencial imprescindible con el que transitar recolectando miga a miga la salida del frondoso bosque de la soledad hacia los avatares de la subsistencia hallándose acompañado.
Ese fue el principio que prendió obstinadamente en mí, tal vez, la más deseada aspiración emocional denominada “amor”. La casualidad trabajó a nuestro favor, y al mío en particular; dos personas que ya lo habían experimentado con la ingenua ilusión juvenil, y también la posterior edad más sensata con todas sus responsabilidades, a la vez, qué habiendo sentido la decepción, el desengaño, y una posible suspicacia hacia todo lo que se abriese en ese enjambre de afectos.
De la forma más sencilla, por pura que sea, el amor tan solo, probablemente, se reduzca a entregarse con la capacidad y la inteligencia suficiente, para conseguir el regalo de unas porciones de felicidad suficientes a lo largo del tiempo, y a veces con unos destellos que consiguen maravillarnos. Eso mismo construye complicidad, algo tan relevante en la forma de materializarse, y es el auténtico valor del sentimiento.
La presente obra “ESTROFAS A NURIA” se expone como un álbum que colecciona veinticinco instantáneas poéticas, algunas apaisadas y extendidas, otras escuetas de primer plano, en la geografía afectiva del autor, sobre el sentimiento de amor hacia Nuria. Expongo un amor concreto, como probablemente lo sean casi todos, a falta de detalles que los aúnen, los agrupen, cataloguen y etiqueten.
Este poemario amoroso está dedicado a Nuria Beatriz González-Viana Sánchez, con quien comparto vida y sentimientos desde 2.003 hasta el presente, ya cumpliendo los 22 años de vivencias acumuladas que incluyen todas las alegrías y las tristezas que proporciona la existencia en la cotidianidad, siempre recibiendo su ánimo y aliento.
Yo, el autor, en unos antiguos versos, manifesté: “Ya está todo escrito… pero yo ¡amor! mi amor he de escribir”. Aquí aparecen los tonos de un amor ya maduro, salvador firme y redentor de experiencias dolorosas, tan entregado como reflexivo, intencionado a sabiendas y arriesgado que no parte de la necesidad, si no de la voluntad. Y en esta ocasión describo un amor de renacimiento en la confianza, la aceptación y el sosiego, libertad comprometida al sentimiento, que huye de la posesión como propiedad privada, documentada o no, ajeno a la imposición, a la exigencia nada más que exigirse a sí mismo la presencia de la serenidad en la defensa firme del credo al respeto de ofrecerse, ceder, darse como el amor efectivo y útil destinado a la alegría.
Existen inagotables referencias de admirables y reconocidas personalidades sobre la poesía, como tal, con su finalidad y su obligación con el amor en el intento de lograr la proximidad a una acertada definición de la malgama sentimental y sensorial que se produce; aquí se recogen algunas menciones:
Leonardo Da Vinci.
“La poesía es pintura ciega. La pintura es la poesía muda.”
Alejandro Jodorowsky.
“La poesía es solo amor, transgrede prohibiciones
y se atreve a mirar de frente a lo invisible.”
Carl Sandburg.
“La poesía es el diario de un animal marino
que vive en la tierra y espera volar por el aire.”
Erich Fromm.
“Se nos enseña antes a odiar y a ser indiferentes que a amar”
Pablo Neruda.
“Ay, amar es un viaje con agua y con estrellas…//…
Amar es un combate de relámpagos
y dos cuerpos por una sola miel derrotados”
Frida Kahlo.
“Enamórate de ti, de la vida y luego de quién tú quieras.
Donde no puedas amar, no te demores”
Jorge Luis Borges.
“Comprendí que el trabajo del poeta no estriba en la poesía.
Estriba en la invención de razones para que la poesía sea admirable.”
Federico García Lorca.
“La poesía no quiere adeptos, quiere amantes.”
Honoré de Balzac.
“El amor es la poesía de los sentidos”
El amor en toda la variedad de sus pigmentos, desde los más luminosos a los más oscuros y tenebrosos, mantiene con la poesía una complicidad alimenticia de nutrición constante.
El amor se vive, se siente. La poesía lo cuenta, lo canta.
“Hay un sordo dolor ante el frio oscuro
que se aloja más allá de las horas de la vida,
y busco un rostro que refleje luz.
Alguien que, como yo, teniendo muerte solo,
tenga también, como tuviera yo,
venciéndola, la vida.”
Francisco Brines.
I
RECIEN NACIDO.
Cuando llegué a tu orilla
traía un cúmulo de sueños,
años de insomnio,
un barco entero lleno de desvelos,
y lo reconozco, algo de miedo.
Era alguien arrugado, sucio,
mal vestido con mi traje interior.
Nací una vez más.
Junto a ti, todo se me curó.
Dormí a tu lado.
Los miedos se escaparon, me planché,
me limpié al calor de tus manos
y los sueños se cumplieron.
No eran tan complicados.
O quizás sí.
Eres la forma más dulce que conozco
de acercarse a mí deshojándome,
con más cautela que inquietud.
Te aseguro algo que tú ya sabes…
¡Tengo una debilidad hacia ti!
No sé aún donde me llevará.
Quiero que a la vida.
II
EL MILAGRO DE LAS HORAS.
Somos, apenas,
algo más de lo que fuimos:
seres fugaces andando
silenciosos de puntillas
sobre el tiempo de las cosas.
Aspirando a los afectos
gestados en el ovillo
del sólido hilo de seda que convierte
a los gusanos en mariposas.
Seremos gaviotas que anhelaron
posarse entre las nubes caprichosas,
encima del viento de levante
que azuza la memoria
hasta con tiroteadas alas voladoras.
Tendremos la pretensión de perdurar
en el recuerdo milagroso de las horas.
Volver a renacer, vivir…
Eso será bastante.
III
LOS EUCALIPTOS.
“Y el amor, con manos pequeñitas,
viene a tocarte con miles de recuerdos
y te plantea preguntas bellas
que no tienen respuesta”
Carl Sandburg.
Yo, sencillamente, vivía ensimismado
en apropiarme de aquel cuerpo
que no era el mío,
como tampoco son todos los demás.
No entendía la grandiosa fortuna de ser
el tenedor del privilegio
de estar contigo agazapado
entre aquel bosque de eucaliptos,
de promesas cumplidas.
En aquella penumbra posé los pies en la luna,
acaricié su superficie.
Te llené la piel de tus ojos… de estrellas.
Me sentí alguien importante,
sin caerme cuando todo se derrumba.
¡Yo no merecía tanto!
No era tan valioso, si acaso, lo fui
al terminar tarde aquella noche…
solo para ti.
Yo no me conocía.
Los tesoros de las secretas islas perdidas
están reservados a los audaces.
IV
LA TIERRA SABIA
La tierra sabia no puede detestar al agua,
que la enriquece, la lava, la enternece
y le arrebata su cenicienta sequedad.
Ni a la piedra que la acompaña,
la sujeta, la endurece.
Ni al adorno de color y vida
que le regala la planta en flor,
robándole de un golpe la grisácea soledad
y su amarronado amargor.
Ni a la raíz del árbol que hurgando despacio
se agarra a ella
y se yergue ganando espacio al aire,
abriendo lenta la sombra,
que tanto necesita el mediodía.
Yo soy la tierra torpe.
Aunque me haga falta,
ni siquiera en defensa propia,
usaré todas las propias armas
que tanto me amenazan.
No dejes nunca que haya puertas
que te ladren,
ni conciencia que te arañe.
Podré perder todas las partidas,
no darle las tres vueltas a la llave,
perder los apellidos, los teléfonos,
nuestros nombres, la memoria…,
los anillos.
Lo que está pendiente por hacer.
Todo lo que tengo, nuestro tiempo.
Podre perder mi reino,
mi castillo, mi caballo.
Hasta… la vergüenza,
los zapatos.
Seguir descalzo.
Pero no podré echarme a perder…
a mí mismo.
Porqué entonces ya no tendrás motivos…
para quererme… para amarme.
Para desear que estemos juntos.
Cuando quiero ver mi cara miro tus ojos…
¡siempre tus ojos!
para saber exactamente dónde estoy:
en medio, frente a la tierra sabia.
V
PERRO LOBO.
Tú continúas repartiendo el resplandor a las estrellas
en el oscuro campo extenso,
sin arar, de cielo en la noche.
Yo sin tu lumbre, como ellas,
me siento un astro solitario.
Hablemos claro, yo únicamente solitario.
Absolutamente solo;
un perro lobo abandonado en la autopista.
Como el labrador esparce su mies
sobre la tierra hambrienta… y sedienta,
derramas la dirección del viento
para que los barcos desaten sus velas despiertas,
y recorran los caminos no escritos en el agua,
o busquen una guarida para su atraque.
Tú ordenas el sentido de los oleajes.
Sea como sea, hagamos las paces.
Baja cuanto antes de tu tormenta trepidante,
su trueno, su rayo.
Baja de tu relámpago brillante,
y no me dejes en ese rincón amargo del temor,
o bajo la enredada roca haciéndose losa de dolor
al no saber si continuará mi corazón
su rumbo errante,
o volveré al secreto de tu dulzor.
Tú y yo, golpeadas historias que divididas se funden.
Labios de besos trashumantes
ya detenidos en un solo beso.
Cuatro brazos saliendo del río
denso de mil abrazos. Bienvenidas
que con el tiempo fueron despedidas.
Ojos rotos recogiendo el destello
de nuestros propios ojos.
Olvidemos el vinagre en la llaga abierta,
el llanto lento de los mares.
Dos almas calcinadas de pasado… que aún caminan.
Ahora caminan juntas.
Hagamos otra vez las paces.
Aún escoges los trozos de sol sobre los pétalos.
La bruma espesa del amanecer se deshace
cuando empiezas a deslizar tus pies sobre el frío suelo.
Ya no quedan preguntas delante de los años.
Nos vamos conociendo.
Ni heridas frescas, ni mentiras, ni amor con desvelo.
Solo esperar que los días nos den el desenlace
de sí mismos.
Lucharemos, sangraremos, morderemos
las vías férreas de los trenes para defendernos
juntos frente al mundo.
Hagamos, siempre, las paces…
para siempre.
Aunque no las haga el mundo.
VI
NURIA.
En un mar anaranjado por el viento y las nubes,
sigilosa se aproxima la noche desnudando
las estrellas que nos cuidaron, hasta ahora.
Escritas en renglones torcidos
caricias inciertas, miradas imprecisas.
Te busqué en la tierra de nadie,
bajo la luz de siempre.
La belleza sólo aspira a un objetivo:
ser el más rotundo de todos los deseos.
Nosotros vestidos de tiempo… sin malicia,
encontramos juntos la cabaña de refugio
en la montaña cuando más extraviados estábamos.
Tus dedos recorriendo mi espalda
hacen la huella descalza de tu nombre
sobre mi alma.
A veces lumbre, otras cenizas de madrugada.
Los besos no quieren apagarse
al trasluz del futuro que se abre
fotografiando recuerdos por venir.
Mis manos que anhelan tu piel inacabada
se han sentado sobre ti,
vencidas por el miedo a que sea la última vez
que te pasean… que te entrelazan.
Créeme que el sueño de mañana
sea pasar la noche mirándome en el espejo
de tus dormidos ojos cerrados.
Sabiéndome aquí, sin buscar mi reflejo.
Quiero pasar las horas así,
aprisionado con la única herramienta…
de sentir.
VII
SEPTIEMBRE.
Amaré el mar templado de septiembre…
y tu boca todo el año.
Necesitaré sentirme inocente
esperando paciente mí turno
en el monte calvario
sentado junto al tenebroso árbol del ahorcado,
en un mundo injusto que no acepta hijos
de acogida que desprecien sus dictados.
Amaré la primavera cada invierno…
y tus ojos toda la vida.
Con toda la conforme libertad
del mendigo resignado…
a la alegría sin límite contigo.
VIII
MALENTENDIDO.
Se dicen cosas,
que por sí solas se escriben…
en las piedras graníticas de la memoria.
Solo podrán borrarse con el azote de las olas.
Si, tú, sabes que a veces se dicen cosas
en un momento efervescente
donde las burbujas suben…
y las promesas se embriagan.
No conocen el futuro,
ni su repiqueteo al día siguiente,
ni el tiempo que lo encierra entre las manos
con las uñas afiladas de las fieras.
Se dicen cosas…
con la inconciencia de un adolescente,
la ingenuidad del primer baile
donde tropiezan los zapatos nuevos.
Palabras que se juntan cosidas
con el veneno de cien aguijones de abeja,
y la picadura de diez mil escorpiones.
Es mejor que no se cumplan
mordiéndose la lengua,
como una condena de rejas abiertas.
Si, se dicen cosas que son
como caerse en plena curva…
de la motocicleta.
IX
TEMPESTAD.
(pandemia 2.020)
El temporal, que se avecina,
no nos puede coger desprevenidos.
Las negras nubes galopan hacia nosotros sin descanso
con lluvia que anega sin aguacero, viento que calcina.
Habrá que acelerar a fondo.
Nos queda poco tiempo para resolver la indecisión
de la ingenuidad con prisas.
La ciudad ha tomado sus medidas frente al miedo.
El refugio seguro para la lagartija
es el más profundo agujero de la casa.
El coche en el garaje aprisionado
como el mejor jaguar americano en su jaula.
Los alegres pájaros cantarines del parque
han cambiado de hemisferio, ya se han ido.
Los peces de la bahía se sumergen asustados
esquivando las esquinas del espigón.
El semáforo hace tiempo que apagó el amarillo,
solo enciende luz en rojo.
La luna no se ve, el sol ha cambiado de trabajo.
Ahora, dejamos de ser tripas para ser… solo corazón.
Habrá que cerrar la puerta con tres vueltas de llave,
echar los seguros a todos los pestillos,
sujetar las ventanas como avisan las vecinas,
con la urgencia de las ambulancias chillando por las calles.
Habrá que amarrar fuerte, con doble nudo
el balanceo de la barca en el atraque.
Sujetar la enrollada vela junto al mástil,
y confiar en su resistencia demostrada.
Nos refugiaremos de todos los augurios,
de todos los demás en el medio exacto de nosotros,
con la rota soledad mutua que nos ata.
Ya sin preguntas, cuando se sabe todo.
Sin sorpresas, ni mentiras, las miradas se reúnen
sin querer poner nombre a lo que pasa.
Solo querer que cuando pase: nos quede aire
en nuestra superficie, en la de los que amamos,
en la biosfera de los otros.
Nos despojamos de todo lo que sobra.
Nos abrazaremos desnudos
con las convencidas manos del agarre.
Volveremos a la página primera del atlas
de geografía, a la huerta de tu cuerpo,
a la curva irreverente de la edad.
A la insistencia de un solo pálpito que nos salve,
al tejido que sujeta la última lección de anatomía,
sin inconvenientes.
Nos desprenderemos de las cortinas,
los manteles, las sábanas que detestan el futuro.
¡Ya no las queremos!
Empezaremos repasando el manual de braille
con nuestras antiguas huellas dactilares,
para clavar las yemas de los dedos,
con sus uñas salvajes en las nalgas,
en los muslos superiores de las piernas.
Hacer ríos secos que dibujen escalofríos
por el mapa de piel de nuestra espalda.
Y nos quedaremos, así, ensamblados sin salida, sí,
casi en silencio, entre el suspiro y la respiración,
hasta que volvamos a soñar con Tarifa… con Paris.
Sin una sola palabra, mudos hasta que todo pase.
Sin miedo, enlazados a enfrentarse al oleaje.
Encerrar los labios en un beso constante
y esperar que el mundo amaine.
X
BELIGERANCIA.
Cuando acaben las guerras…
mundiales, ahora, ya, solo quedará
la batalla dentro de casa.
En la guarida de paredes
y ventanas que elegimos
para hondear altas banderas blancas.
Para firmar los armisticios,
los tratados sin las fronteras
de los portazos con mal humor.
Cesar las hostilidades,
deponer las armas.
Aun así, continúan las escaramuzas
de guerrillas domésticas, las ordenes,
las desilusiones, los encargos, los reproches.
Todavía no sé cuántas he perdido;
probablemente todas.
Cuando todos somos forajidos.
Tras la cara interior de la cancela
que sale a la escalera solo quedamos
seres derrotados de monotonía.
Vencidos de la atonía cotidiana,
cansados de inventar excusas que nos cubran.
Malheridos sin rasguños a la vista,
bajo la pomada del disimulo,
repletos de arañazos sin señal.
Hagamos que la vida no sea una disputa
por imponer nuestra razón beligerante.
Ya sabemos que las grandes cosas
no dependen de nosotros.
Pero las pequeñas son de una pequeñez
tan importante
que no deben permitir una lucha…
y su desgracia,
ninguna palabra abrupta,
ni una nota discordante.
Busquemos un destello que nos ciegue:
pongamos algo de música.
Aprovechemos para bailar.
Reconozcámonos, de una vez,
en el difícil cielo de la paz.
¡Disfrutémoslo!
XI
BELLEZA.
Tus ilusiones pasan inadvertidas
si tú no las señalas.
La belleza nunca sobra.
Intenta que no se note el botón deshilachado
de la blusa de tu piel que guarda el alma.
La falda ajustada presenta un movimiento
de cadera que invita al baile,
abriendo un almacén de trémulas aspiraciones.
Tu sigue acumulando adeptos… ¡adictos!
Yo seguiré contabilizando envidias.
XII
ROTONDA.
“Dos caminos se bifurcaban
en un bosque y yo,
tomé el menos transitado,
y eso supuso toda la diferencia”
Robert Frost.
Desde mi infancia, apresuradamente,
llegué a la rotonda donde desembocaban
o se iniciaban rutilantes las caprichosas
sendas insondables del destino.
Preso de la misma pregunta repetida:
¿de mayor qué quieres ser?
Contestaba: ahora no lo sé.
¡Lo tendré que ver!
Me detuve en el centro de aquel círculo
de orgullo incierto.
Como el ser más insignificante que un insecto,
alcé la vista esperando conocer el reto
del camino con su desenlace.
Era verdad; todos los senderos finalizaban
en el horizonte.
Desde lejos se veían parecidos sin el esfuerzo;
con sacrificio lucían tan diferentes.
De puntillas hasta ahí pude observar.
Pregunté por algunos, por otros merodeé.
Lo siguiente era una aventura.
Ignorante de sus lágrimas, sus espinas.
A sabiendas prevenido solo uno pude transitar.
Elegí el más solitario por temor a perderme
entre el gentío.
A no dejarme arrastrar entre la muchedumbre
Terminaba en una casa blanca
cerca del mar.
Sus gaviotas, sus alas y sus olas
junto a ti.
Del resto no sé más.
XIII
HORIZONTE.
Vuelve el mismo minuto de cada día
de luminosidad, ya, agotada.
Aquel cuando la tierra entera gira hacia la oscuridad
que anima al sueño y sus deseos.
Ese exacto momento donde los cuerpos
se vuelven horizonte.
Ya se han atravesado ese día todos los dinteles
necesarios para empezar a deambular en la tiniebla.
Ese momento cuando los espejos sin luz
pierden su brillo.
Pasan frente a ellos sombras temerosas
de su verdad plana y su reflejo.
Estamos juntos otra vez, en la estepa pálida
de la sábana, sin miedos ni vergüenzas.
Sin mentiras, y a medias los secretos.
El instante antes de cerrar los ojos,
mis brazos se hacen cuerdas atadas a tu cintura
de barco sumergido en la noche abisal.
Justo antes de despertar en el sueño.
Abandonarse…
y empezar otra inconsciencia.
XIV
PRADERA LUNAR.
Cotidianamente
se anuncia sin ruidos de cerca la mañana.
Me vas a dejar solo
en la pradera lunar blanca de la sábana.
Ya sabemos que el sol nunca canta a su llegada,
aún no pestañea en la ventana.
No te has ido… y ya te echo de menos.
Te sientas en tu lado de la cama
y miro tu espalda desnuda
saliendo de entre mis sueños.
Ya estoy solo, frente al extenso mapa
de arena pedregosa de un desierto.
Te has llevado los montes, los valles perfumados,
las laderas suaves, el riachuelo, las manzanas,
los árboles que con tus brazos me abrazan en la noche.
Los pájaros que me guardan cuando duermo.
Saltas al baño y después a la cocina.
Empieza el rumor del agua en los lavabos,
el olor a café, a naranja y pan tostado.
Comienza el día.
Me levanto…
queriendo escapar de un cuarto devastado.
De mi paraíso abandonado.
Seguimos con la música del claqué de tus zapatos,
del silencio de los botones que abrochan
tu blusa y la chaqueta.
La luz comienza a abrirse paso.
La prisa se hace grande arañando las cabezas.
Ya no hay tiempo para quedarse quieta.
Huir de la emboscada del carmín
y los espejos con cuidado.
Solo me queda tu beso acelerado,
y la carrera rápida de un “hasta luego”.
La puerta de la calle la abres a la brega.
Y se cierra tras de ti.
¡Todo termina!
Ya sólo toca el trabajo, la añoranza
de la fiesta cotidiana, del vino y de la risa.
La casa queda ahora como un campo
de batalla… perdida.
La librería de una sinagoga incendiada,
una aldea asolada con sus jardines yertos.
Sí. Los muebles están todos en su sitio
esperando el nuevo toque de queda.
Donde ya no queda nada.
Sólo mi esperanza en un viento
que me lleve de nuevo hasta tu cielo.
No has salido aun de la escalera
y no he dejado, ni un solo momento,
de echarte de menos.
Comienza la nueva luz opaca,
y es posible que las ciudades
por dentro se derrumben.
Puede ser que el aire grite
entre los árboles,
la lluvia no se seque ni se calle.
Que los ríos no aguanten
todo su caudal y a la altura
de los puentes se desborden.
Que los mares se enfurezcan
contra los inocentes barcos
y el abrigo de sus puertos.
Que las nieves endurecidas se abalancen
sobre los pueblos, sus geranios,
sus huertas y sus pastos.
Que el silencioso sol pirómano
abrase los montes,
seque los embalses.
Puede ser.
Y ahora empieza mi hora oscura
hasta que el crepúsculo se aproxime.
Cada día de cada mañana
escapa de la casa tu primavera.
Pasaré el cálido verano,
el otoño y el gélido invierno
de todo el día
como un hombre herido
que resbala por la grieta
entre la espera y el desastre.
Solo confío, como cada día,
que cuando acuda la noche
esté todo, otra vez…
reconstruido.
XV
RADIOGRAFÍA.
“Estoy sola, cansada y… triste.”
Me dijiste como un reproche,
como enseñándome sin pudor
la sincera radiografía de tu interior.
Una delgada lagrima plana
en blanco y negro
con dibujos arrugados a carbón.
Eras como un árbol talado fuera del bosque,
un gorrión abatido, una flor sin pétalos,
una barca hundida, un día muerto sin tiempo.
Te contesté lo que pude,
con la arañada voz seca,
y la humedad florecida en los ojos.
“Tienes la soledad acumulada
de las estrellas brillantes,
pero solas en su apagado universo.”
“Aguantas el cansancio de la tierra girando
y el agua de los siglos.”
“Guardas toda la tristeza intensa
de la oscuridad de un mundo injusto.”
Aun así, tienes tesoros que pocos tienen:
más aprecios e ilusiones que desconoces.
¡úsalos!
Si te sientes sola…
acompáñame por la alfombra,
a veces tortuosa, de la vida.
Intentaré que no tropieces.
Si estás cansada…
descansa junto a mí.
Apóyate sobre mi pecho de almohada
y mis labios de beso;
sabré cuidarte.
Si estás triste…
alégrate con todos los que te amamos.
Verte, así de triste es la desdicha fría
de continentes quemados,
malheridos, desahuciados…
para los océanos que no quieren más naufragios.
Es el manto del día dolorido
para los cielos
que aún aspiran a la alegría.
XVI
DOS CENTIMETROS CUADRADOS.
“En el amor necesario, el pez
de la alegría sobrevive en la arena.
En el amor necesario, el agua
que tú bebes también calma mi sed”
Pablo Guerrero.
Me bastó, apenas, dos centímetros
de universo acariciado por tu voz,
un par de centímetros cuadrados
escuchando tu mirada;
descubriéndome sin una sola palabra,
apenas con el rumor de tus suspiros.
Poco a poco, descubriéndote…
para saber que esa era la única música
que quería junto a mí durante el tiempo
que me quedaba de seguir pisando la biosfera.
Fuese cuanto fuese.
Por un solo centímetro cuadrado
de tu sonrisa hubiese construido
mil rascacielos en Manhattan,
ladrillo a ladrillo, remache a remache,
cristal a cristal donde se paseasen
reflejados por el parque los atardeceres
en carroza de unicornios lentos y brillantes.
Pero no fue necesario;
solo a mí me interesaba.
Y al verte por primera vez,
comprendí ya realizada tanta labor.
Hubiese necesitado, seguro,
toda la extensión de más
de veinte mil hectáreas… de naturaleza
para construir un país distinto.
Para plantar mis sentimientos en una sola hora.
Cosecharlos con todos los esclavos
del mundo… pagarles bien
su hora de esfuerzo y liberarlos.
Alimentar emociones con toda el agua
de los inmensos lagos norteamericanos
para que germinasen.
Pero no hizo falta, ni por un solo minuto.
Ya estabas de mi lado.
Desde que la descubrí, amé tu luz.
Algo parecido a lo que hace la madrugada
prendada por sorpresa, otra vez,
del sol de nuevo día.
Una amante deslumbrada,
empapada de resplandor.
Y ahí… continúo.
En esta felicidad intermitente,
entre el gozo de tenerte
y el temor a perderte.
De no ser lo suficiente.
Entre el fulgor del poco tiempo
que me sobra y el mucho que me falta
para darme a ti.
Entregarme.
XVII
FUEGO LENTO.
Recordaras; no debes olvidarlo,
cuando todo era incendio.
Si, aquella infinita llama no humeante.
Solo brasa lenta entre la piel buscándose.
Húmedos labios millonarios de besos.
Lazos amarrados con la fiereza
de los cuerpos candentes
presos del anhelo,
que saben dejar de contar tiempo.
Bajos los eucaliptos junto al mar
recordarás como ardían los coches
escribiendo nuestras huellas
en los vahos del cristal.
Como se abrasaron incesantes
las habitaciones de nuestras casas,
los cuartos, las terrazas,
las estancias en nuestros viajes.
Acuérdate como en la piscina
arabesca de la sierra de Alhamilla,
en Almería hirvió el agua.
Vivíamos paseando la alegría
en nuestro carro de fuego
sin dejarnos cenizas ni quemaduras.
El carro dejó de galopar lentamente
ante un paisaje de monte calcinado.
Seguiremos andando nuestros pasos juntos.
Sin necesidad que nos griten ataduras
en deseos de incendios provocados.
Hay que seguir sin que amainen las caricias.
Acuérdate, te prometí diez mil,
y eso era el limpio polvo de los besos
del amor.
XVIII
EL PRESENTE SE FABRICA.
Yo te hablaré, en silencio, que todo continúa.
Y tú, como si tal cosa, te quedaras mirándome,
pensando que algo se termina.
En los estanques seguirá la flor de nenúfares
flotantes, con la humildad de sus colores,
asomando entre las hojas agrandadas en la humedad.
Como las ilusiones,
se mantendrán sobre las aguas
hasta que el peso del tiempo las sumerja.
Hoy es todavía mañana,
y nosotros, sin saberlo, vivimos… en un lugar
de horas interrumpidas, donde todo permanece.
Antes de darnos cuenta,
hoy conseguirá ser la próxima semana,
y hasta el año que viene.
Sabiendo que todo se desgasta,
aunque asemeje que no lo hace.
Hasta las palabras cansadas del siempre,
no saben disimular el maquillaje;
solo mienten verdades que protegen.
La tarde ya nunca cae,
ni cae la noche, ni el día.
Solo sé que contigo se levantan,
los instantes, los eternos segundos
de luz apagada que solo tú enciendes.
Ahora recuerdo aquel momento
que quisimos probar a ser desobedientes,
para saber cómo serían nuestros hijos.
Cuánto hemos vivido;
la risa, la pasión, el llanto, la vergüenza,
y no te conozco del todo.
Dame algo más de tiempo todavía.
Dos seres igual de apuñalados…
como bendecidos
por la furia y la dulzura del amor.
Ajenos al reloj de la justicia injusta
que con violencia martillea sobre el yunque,
intentando moldear,
todo lo que incandescente y enrojecido
escapa de las ascuas de los días.
XIX
EL COBERTIZO.
“La gitana que yo quiero
tiene los ojos azules
de tanto mirar pal cielo”
Bulería: Camarón de la Isla con El Turronero.
Podría decir que bajo el magnolio
se guardan las sombras deliciosas de la tarde,
y tras cada una de tus miradas se esconde
un cúmulo perfecto de promesas.
Amo tus ojos como a la juventud completa,
a ese pequeño trozo de juventud eterna
que apenas dura un tiempo escaso
y que perdurará siempre.
Ese lugar exacto donde se resuelve
todo lo imposible, desde donde nacen los milagros.
El pasado te enseña a no hacer juramentos
frente a los días que enteros se desploman,
a buscar los cobertizos ante tanta lluvia,
a protegerse detrás de los silencios.
Te amo para llevarte conmigo
al lugar desconocido del resto de mi vida.
Coser con tus caricias el tejido abierto
desgarrado de mi piel.
Recorrer, sin regreso a los días del pasado,
el escenario venidero donde ya no quedan enemigos.
Ven, sí, ven…
a recoger mi último regalo.
Soy yo… para ti.
Solo si tú quieres.
XX
LAS TAREAS DEL VIENTO.
El viento hace su trabajo,
su oficio de barrer la calle,
empujar las nubes por el cielo.
Incendiar la tarde… agonizante.
En otoño, su soplo desnudará los árboles.
Llevará en volandas
a los pájaros emigrantes.
Acercará la lluvia ensuciando tus cristales.
Iremos abrazados a plena luz del cielo.
El viento hace que salten
los papeles de la mesa
cuando irrumpe desde la ventana.
Da portazos, hace…
que se te escape el sombrero
y que se doble del revés tu paraguas.
Guardará los barcos pequeños en su atraque.
Iremos abrazados fugitivos de lo gélido,
intentando que nada nos separe.
El terral del verano amarilleará la hierba,
alargará la sed de las supervivientes plantas
sembradas en la azotea.
Te secará la garganta marchitando
sus palabras y la ropa tendida
en el cordel del ojo patio.
Removerá tu cabello, revoloteará tu falda.
Apagará las velas y ondeará las banderas
igual que la vida que arde en las manos humeantes…
de los insectos entre las enredaderas.
Seguiremos abrazos, aún,
con las gotas caducas de sudor
que nuestra llama hornea.
Con todo el temblor del hielo
sobre la acera incierta de los días.
Continuamos intentando que nada nos separe,
contra el viento y la marea.
XXI
LA TERRAZA.
“Decimos: Dios y la imaginación son uno.
La fogata más alta, que alta ilumina lo oscuro…
Y fuera de esa luz, de esa mente central,
hacemos nuestra casa en el aire nocturno,
donde estar los dos juntos es lo suficiente.
Wallace Stevens.
Ante nosotros cada día, intencionadamente,
se presenta un escenario abierto
de terraza soleada.
Donde contemplar el espectáculo
de ver a la vida como pasa…
con nosotros dentro.
Protagonistas en el papel de campesinos,
sin saberlo, recogiendo los racimos
de uva de la vid imaginaria.
Seres cuidadosos de laboriosas
manos recias recolectando
los dones del esfuerzo.
Antes de acceder a las tablas del teatro
ocupamos las butacas de la primera fila
sin aprender más argumento que nuestra verdad.
Primeros actores del reparto sin sueldo,
más tarde espectadores de asiento ya pagado.
Al amanecer nos deslumbran nuevas luces ciegas.
Después, pausadamente, la luz
se difumina hacia la oscuridad
que realza a las estrellas.
A veces, nos acompaña la música
con la que bailan las palmeras
de enfrente con el viento.
Nos divierte el vino, la familia y los amigos.
Solo buenas compañías con brindis,
las sonrisas, gestos y palabras.
El cielo cotidiano nos presenta
un inestable decorado en el infinito techo
de pendientes esperanzas.
De nubes blancas como lazos de seda
que lentas pasean en calesa con caballos
por los celestes campos irisados.
Hay un sonido a mar y carretera
que nos recuerda lo que fuimos,
lo que somos:
un amor de todo el año
con las distintas calmas y oleajes tejiendo
bufandas de serena primavera.
La ruta de los nervios…, la paciencia
de los años delante del deseo que cumplo
sin renuncia y un destino trepidante que espera…
tan solo: ¡estar juntos!
Seguir en ese sereno destello
de compartir todo contigo.
XXII
LA ALBERCA.
Hace una hora. Si, exacta
y milimétricamente una hora de reloj de arena,
tenía una anónima hora más de vida.
Lo reconozco, no me queda más remedio,
me avergüenza hacerlo: no he hecho nada
de provecho en sus sesenta minutos perezosos.
Ensimismado, ha sido una hora perdida.
Al menos, eso parece, como si utilizar
sus segundos a cuenta gotas fuese algo obligatorio.
Quizás, también tenga derecho a ese derroche irresponsable.
No sé si puedo permitirme tanto despilfarro.
Dependerá del uso de los momentos que atesore.
Tan solo he estado contemplando la alberca
de esta pequeñísima parcela, que llevamos tiempo
rellenando de lluvia para regar la tierra de la sonrisa.
Ese vaso gigante de grisáceo cemento áspero
donde almacenamos la sangre trasparente
que alimenta los años de nuestra pequeña huerta.
Solo es una copa triste sobre la triste mesa
esperando derramarse como una catarata
en el geranio que alegra la ventana.
A pizcas y ápices la llenamos de agua cristalina
como una alcancía de plateadas monedas
liquidas que temen las sequias.
Poco a poco la hermosa esperanza la fue reverdeciendo.
Los otoños y sus estragos, la oscurecieron
con sus hojas desprendidas…
Recuerdo cuando refrescábamos nuestro amor
bañándonos entre los pétalos amarillos del estío,
y emergiendo… como silvestres flores de loto humanas.
Ya, ahora sí, irremediable, con una hora menos
en las pupilas, casi todo se aparece tan cercano…
a la rutina, a cualquier disfraz de la mentira.
Y tan reciente como las corolas vencidas
claudican en las orquídeas marchitas.
Con esta hora dislocada menos en mis manos,
perdiendo el tiempo los dedos sin acariciarte,
es como el tesoro que solemos malgastar.
En esa hora inútil, las ideas paseaban despreocupadas;
Y creo que lo único importante de mi existencia
ha sido intentar amar y… amarte.
No sé si aún lo recuerdas.
XXIII
EL DESENLACE.
“Y a veces, cuando la noche es lenta,
los desdichados y los mansos recogemos
nuestros corazones y nos vamos
a mil besos de profundidad”
Leonard Cohen
Toda renuncia esconde alguna duda.
Una decisión intrincada…
también.
Vivir entre tus brazos se convirtió
en escándalo feliz, en voces susurrantes,
disimulo con miradas de reojo.
Escapar de la nada omnipresente del pasado,
y su tristeza; algodones de rutina
ocultando días nublados.
¡Cuánto amamos en esa pereza
de esperar el desenlace!
Estatuas barnizadas comienzan su danza
de sombras, con la repentina luz rupestre
de los engaños entreabierta, en medio
de las sucias cristaleras ojivales de la tarde.
Para cuando los parpados decidan levantarse
despeinados, entre nosotros habrá crecido
una huerta de tímidos tomates redondos,
dulces y arrugas en sabanas secas del levante.
Cuanto hayamos aprendido del amor
ya estaba escrito en las lápidas ajenas,
en los antiguos papiros amarillos.
Lecciones de un tesoro disperso
menos maldito que brillante.
Los que supieron del amor
lo han gritado en las ásperas voces
insolentes de los cantes.
Sones junto a la fogata nocturna de la tribu,
como una oración desplegada frente…
a un horizonte invisible.
De remordimiento piadoso y pecado
venial amoldamos nuestras horas,
como un mosaico inverosímil.
Laberinto de azulejos cuarteados
con una conciencia temerosa
a su fachada y al qué dirán.
Los portales indiscretos nos critican,
cuando apagamos con sigilo
su luz de salvaguardia.
Nos adentramos en una intimidad
de peripecia, subidos en un bajel
tambaleante de tempestuosas caricias.
Los celos en aceras descaradas
murmuran procaces, sin remilgos,
al ver como los besos se desatan.
Los trémulos visillos se descorren
curiosos entre suspiros,
al campanilleo de nuestra risa.
La piel de compartido cuero imprevisto
comienza sus pesquisas.
Sottovoce entre silencios prevalecen.
Condenas al oleaje asustado en espumas
ante la rudeza de las piedras afiladas
del espigón que se adentra al mar.
Nadie acepta, con inútil delicadeza,
tan hermosa tempestad en un amor…
de borbotón.
Ante toda esta mugrienta actualidad de envoltorio,
han pintado un letrero en la pared de un almacén
de juguetes rotos: “solo el amor nos salvará”.
¡Sí, es posible que el amor nos salve!
También habrá que poner de nuestra parte.
Algún merecimiento… al menos.
Algún detalle.
XXIV
UNA BUENA MANO.
“Te veía hacer esas cosas sencillas que tú haces
para que el mundo entre en razón;
Y no sabía a quién darle las gracias.”
Karmelo C. Iribarren.
Deja tu mano encima de la mía,
aunque tan solo parezca que protege,
que hay algo, todavía, dispuesto entre nosotros
que avanza más allá de un gesto que acaricia.
Dejaré mi mano quieta bajo la tuya,
a punto de girarse y abrazártela en un soplo,
como una oferta certera que asombra al futuro
sembrado de verdades, huyendo de traiciones.
Dejaremos nuestras manos predispuestas a la lluvia
como una sola extremidad que culmina el silencio
sonoro de dos cuerpos que han pactado un nudo,
un amarre de maroma en el mismo bolardo del puerto.
¡Ya está! Ya era la hora exacta del toque de campana;
Ya hemos llegado descalzos al mismo huerto,
abrochados por los deseos que enroscan esta tuerca
que derriba muros, salta vallas y abre puertas.
Lo que un día fueron dos manos indecisas,
hasta temblorosas con su carga de temores desnudos,
como unos dedos que rasgan la guitarra sin cuerdas,
la panza de un tambor que resuena en su interior.
Hoy, juntas, reunidas suman, multiplican la ilusión.
No hay lugar para ocultarse, ni necesidad que tropieza
al tararear nuestra canción de madrugada al caer el sol.
Dejaré mis manos a tu alcance al llegar la tarde.
Venimos de las penumbras del desierto de los días
buscando, tan solo, la impensable redención.
Un lugar donde llegar al fin, donde pararnos
para empezar a creer… a crecer.
Una mano sobre otra, otra sobre una, quizás al fin,
podría intentar no significar nada, sin remedio,
tan solo una pretensión, tal vez, aventurada…
y nada más. Y a la vez solo esa nebulosa.
Las manos juntas, establecen promesas
tan claras, sin obligación de ser cumplidas,
como ese pequeño bosque de árboles libres
donde el aire trascurre sin límites ni deudas.
Dejaré mis manos a la vista, para que tu concluyas
el poema que supone llevar las manos juntas.
La luz que se desprende de un alma acompañada
que avanza decidida por la ruta sin penumbras.
Dejaré, con intención, mis manos a tu alcance,
cerca de ti, para que puedas hacerlas tuyas,
para que puedas posarlas a lo largo de tu vida,
en tu alegría, hasta en tus lágrimas y tu cintura.
XXV
ETERNA CUIDAD PARAISO.
Llegué a la ciudad de oro
en la mazorca, del dulzor de la caña
de azúcar en la boca.
Unas ordenadas calles que querían…
ver el mar. Desordenadas esquinas
desnudas esperando el sol.
Todo justifica haber llegado
al paraíso.
Nadie se perdonará haberlo
abandonado.
Solo caminé por ella y tu cintura…
sabiéndome a salvo.
Fuera de ellas deambulé perdido.
Terrazas y comercios jadeantes,
tumultos artificiales rompiendo
una calma inexistente en mí.
Solo, accidental, se parece al deseo…
más soñado.
Nada es como imaginaba…
tan perfecto.
A veces, se busca un lugar
definitivo para siempre que te amarre
como un navío que nunca naufraga.
Cuando el cielo se hunde hay una ciudad
que flota detrás de las montañas
con sus luces encendidas.
Con sus perros por las calles
y sus mendigos, sus personas modestas
y sus millonarias ilusiones.
Una fuente, una callejuela, un rincón
de aire entre los árboles
que sobrevive cuando todo se disuelve.
Era una gran ciudad majestuosa
en orgullo con una sola calle,
una sola casa con una sola ventana.
Donde se asoma una mujer
de nombre extraño…
tan hermoso qué coincide con el tuyo.
¡Nuria!
ESTROFAS a NURIA.
Índice:
Prologo……………………………………………………………………………………… 7
Introducción……………………………………………………………………………… 11
I.- RECIEN NACIDO……………………………………………………………… 17
II.- EL MILAGRO DE LAS HORAS……………………………………………. 18
III.- LOS EUCALIPTOS…………………………………………………………….. 19
IV.- LA TIERRA SABIA…………………………………………………………….. 20
V.- PERRO LOBO…………………………………………………………………… 22
VI.- NURIA…………………………………………………………………………….. 24
VII.- SEPTIEMBRE…………………………………………………………………… 26
VIII.- MALENTENDIDO…………………………………………………………….. 27
IX.- TEMPESTAD……………………………………………………………………. 28
X.- BELIGERANCIA………………………………………………………………… 31
XI.- BELLEZA………………………………………………………………………….. 33
XII.- ROTONDA………………………………………………………………………. 34
XIII.- HORIZONTE..………………………………………………………………….. 36
XIV.- PRADERA LUNAR……………………………………………………………. 37
XV.- RADIOGRAFIA………………………………………………………………… 40
XVI.- DOS CENTIMETROS CUADRADOS………………………………….. 42
XVII.- FUEGO LENTO………………………………………………………………. 44
XVIII.- EL FUTURO SE FABRICA………………………………………………… 46
XIX.- EL COBERTIZO………………………………………………………………. 48
XX.- LAS TAREAS DEL VIENTO………………………………………………. 49
XXI.- LA TERRAZA…………………………………………………………………. 51
XXII.- LA ALBERCA…………………………………………………………………. 53
XXIII.- DESENLACE…………………………………………………………………. 55
XXIV.- UNA BUENA MANO……………………………………………………. 58
XXV.- ETERNA CIUDAD PARAISO………………………………………….. 60
Referencias:
Rainer María Rilke………………………………………………………………….. 9
Leonardo da Vinci…………………………………………………………………… 13
Alejandro Jodorowsky…………………………………………………………….. 13
Carl Sandburg…………………………………………………………………………. 13 y 19
Pablo Neruda………………………………………………………………………….. 13
Jorge Luís Borges……………………………………………………………………. 13
Federico García Lorca…………………………………………………………….. 13
Honoré de Balzac…………………………………………………………………… 13
Francisco Brines……………………………………………………………………… 15
Robert Frost…………………………………………………………………………… 34
Pablo Guerrero………………………………………………………………………. 42
Bulería: Camarón de la Isla con El Turronero………………………….. 48
Wallace Stevens…………………………………………………………………….. 51
Leonard Cohen………………………………………………………………………. 55
Karmelo C. Iribarren………………………………………………………………. 58
ESTROFAS A NURIA.
CONTRAPORTADA
La obra “ESTROFAS A NURIA” se expone como un álbum que colecciona veinticinco instantáneas poéticas abriéndose sobre las varillas de un refrescante abanico pintado a mano. Algunas apaisadas y extendidas, otras escuetas de primer plano, en la geografía emocional del autor Puchades Ferrer José sobre el amor hacia Nuria.
Alguien dijo, que escribir poemas es elaborar piezas individuales con formas poéticas generales. Aquí se describe un paisaje universal en el escenario preciso del amor sustantivo, como la entrega voluntaria de un sentimiento calibrado que pretende un presente dichoso y un porvenir esperanzado hacia la alegría.
El autor, en unos antiguos versos, escribió: “Ya está todo escrito… pero yo ¡amor! mi amor he de escribir”. Y en esta ocasión describe un amor concreto, unipersonal, donde aparecen los tonos de un amor maduro con el único destino de permanecer, salvador firme y redentor de experiencias dolorosas, tan entregado como reflexivo, de renacimiento en la confianza, de aceptación y sosiego. De libertad comprometida al sentimiento, que huye de la posesión como propiedad privada, ajeno a la exigencia nada más que exigiéndose a sí mismo la presencia de la serenidad en la defensa firme del credo de ofrecerse, ceder, darse como el amor efectivo y útil.